viernes, 11 de septiembre de 2015

AULLANDO

Vivo creando realidades de sueños
que no terminan por cumplirse nunca,
pero conozco el sabor de la vida
y la plata roja de lo vivido.

Reconozco bien la luz de mi sombra
y el juego de luces de mis afanes
en la lente de este calidoscopio
donde atravieso la razón onírica
con el trazo del sueño de los días.

Y mis alas clavadas a la tierra
de la metáfora del sentimiento
se baten buscando arrancar el vuelo.

Como un lobo hambriento en el plenilunio
merodearé ilusiones y espejismos
afilando la mirada en la noche.

Cuando aúlle a la luna de los sueños,
buscaré despertarlos del letargo
y del sonambulismo del instinto.   

Cuando aúlle a la luna de los sueños,
si mis sueños se convierten en polvo,
echaré una esnifada a tu salud.


Poema y Dibujo: José G. Cordonié

miércoles, 29 de julio de 2015

CUIDEMOS A NUESTROS AMOS

Es esa ácida sensación perdurada del instinto cercado, de ser marionetas obsecuentes actuando sin saberlo en el teatro del Sistema. Es esa mordiente impresión prorrogada de que todos nuestros movimientos obedecen a una voz en off. Es ese pensamiento incesante de que somos vasallos en el mundo imaginario que han creado para nosotros.

Pero cuidemos a nuestros amos.

Besemos la mano que nos alimenta con las migajas rancias de las sobras de sus fastuosos banquetes. Admiremos sus magnánimas mentes y que descansen sus egregias cabezas en nuestro humilde regazo. Cuidemos sus manos extenuadas de construir el laberinto caótico de su Ciudad-Estado, sus uñas rotas de excavar los agujeros negros para ocultar el capital, sus muñecas agotadas de hacer girar la pesada manivela de la máquina de las guerras del poder, los músculos dolientes de sus caras por la eterna sonrisa abierta para la manipulación de los votantes, los pies deshechos de patear y pisotear la justicia social, la vista cansada por forzarla al mirar hacia otra realidad, la mente fatigada de crear el guión de nuestros días, sus penes reventados de tanto y tanto dar…

Cuidemos a nuestros amos.

Amemos su mezquindad, su avaricia, su ruindad, su bajeza moral, su hipocresía, su vileza, su depravación, su abuso, su iniquidad... Cuidemos a nuestros amos porque ellos mueven los hilos, y los títeres bailamos mientras transformamos los hilos en soga, con la que algún día terminarán ahorcados.

Cuidemos al amo
mientras convertimos
los hilos en soga.




Dibujo: José G. Cordonié

sábado, 16 de mayo de 2015

A VECES HABLO CON PÁJAROS

A veces hablo con pájaros. Les hablo de sus mentes escuálidas, de lo limitado de su inteligencia a pesar de la proporción del cerebro en sus cabezas, de su falta de raciocinio y de pensamiento deductivo, inductivo y abducido, de la ausencia de símbolos, de la carencia de subjetividad y de la nula existencia de conocimiento interpretativo y de un lenguaje para una comunicación estructurada...

A veces hablo con pájaros. Les hablo de su ignorancia y de su falta de capacidad para desarrollar una civilización, su incapacidad para llevar a cabo una evolución de los sistemas de vida, del desprovisto uso de la tecnología, de la ausencia de culto al Poder, de la carencia de una revolución de la imagen, y del establecimiento de valores y de leyes, y de una sociedad jerarquizada, de la no existencia de ejércitos en sus especies, ni de religiones ni de creencias ni de dogmas, de la falta absoluta de clases sociales, de papel moneda, de la inexistencia de la envidia corrosiva, del egoísmo descomunal, de la maldad y de la crueldad, de la vanidad desmedida, de la exagerada soberbia, de las punzantes  mentiras, de la falta de capacidad para destruir el mundo…

A veces hablo con pájaros. Y envidio su inteligencia. 

Nuestra inteligencia
pierde cuando vence
a su propio instinto.



Dibujo: José G. Cordonié 
Cuadernos de la Frustración

viernes, 8 de mayo de 2015

FRUSTRACIÓN

La Frustración fue sentirse abatido en la nostalgia de sueños de un mundo imaginado que pudo ser y nunca fue, al ver izarse en la Realidad la bandera negra del ultraje por manos que se sintieron vencedoras, puras e inocentes.

La Frustración fue conocer el engaño. Saberse títeres imbéciles y mudos actuando para divertir a las bestias, esperando su aplauso, su risa y su encomio.

La Frustración fue el sudor en la frente para ganar el pan que otros comieron hasta no dejar ni rastro de su sombra. Verles masticar papel moneda con sus dientes de oro y diamantes.

La Frustración fue esto; saberse el callejón oscuro donde rebota el eco de sus risas y se hace estridente y sólido, para golpear dos veces, siempre donde más nos duele.

La Frustración fue seguir observando su bandera negra ondeando al viento, sin atrevernos a rociarla de gasolina y prenderla con la cerilla que encendemos para caminar en la oscuridad que nos cubre.

La Frustración fue sabernos muñecos de guiñol actuando con la boca callada y las manos quietas para que el ventrílocuo haga los gestos y ponga la voz.

Frente a sus ultrajes,
las bocas calladas
y las manos quietas.


De Cuadernos de la Frustración
Dibujo: José G. Cordonié

viernes, 10 de abril de 2015

CONSCIENCIA

Quizá todo esté en buscar la razón de las cosas. De las cosas propias de uno mismo, experimentar con el propio cerebro hasta llegar a la membrana del núcleo, al motor de su cosmos, ponerse al mando de la sala de máquinas y observar el funcionamiento interno, lo que de otra manera es imposible intuir, y encontrar al fin el nagual (o nahual o náhuatl), lo escondido, lo que allí está oculto y que es, sin embargo, la raíz del Todo, el punto de conexión del espíritu con el universo, con el animal interior que nos une a través de la percepción de la Conscientĭa en estado puro.

Fumé la hierba del diablo en las páginas de Castaneda en la juventud y atravesé los desiertos psicodélicos de la realidad primaria, donde cada gramo de arena contenía en sí mismo un universo, dentro del cual siempre podía hallar mi reflejo en un estado de consciencia aumentada.

Busqué la razón de las cosas, al igual que otros buscan la sensación del hielo derritiéndose en el licor de su copa.

Cruzando universos
con la mente abierta,
sin batir las alas.


Dibujo: José G. Cordonié

CUADERNOS DE LA FRUSTRACIÓN / JOSÉ G. CORDONIÉ

domingo, 22 de marzo de 2015

FRAGMENTOS INACABADOS DE ENTREVISTAS INSÓLITAS

[Interior: Bar librería Vergüenza Ajena]
Entrevistador: R.R. Malandanza (El Puto Lisiado Magazine)
Marzo/2015/ 
Entrevista en relación con la publicación de "El amor es un revólver cargado por el diablo" 
(Ediciones Lupercalia).

RRM: ¿Qué piensas del Infierno?

JGC: Déjame que te cuente algo. Una vez, una mujer me dijo: «Puedes quemarte en el infierno, ¿sabes?» Eso me dijo una chica mirándome extrañada mientras me bebía mi cuarta o quinta cerveza de una tarde que habíamos estrenado hacía muy poco. Ahora no recuerdo por qué dijo aquello, pero sí recuerdo bien que esa fue la frase exacta que soltó. Aunque no recuerdo en absoluto de qué estábamos hablando, sentados en la escalinata de la iglesia de la calle Fuencarral esquina con Divino Pastor, tengo la seguridad de que en ningún momento se referiría a ningún rollo religioso, del tipo de “te vas a condenar en el infierno” o algo así.

Esto debió de ocurrir allá por el año 1984. Entonces, éramos jóvenes de almas blancas y de ropas negras, de botas sucias como la lengua; sucia de acariciar palabras indecorosas y de hurgar de cuando en cuando en busca del sabor del Cielo. Nuestra vida sucedía a ritmo de hardcore, la música batía cada uno de nuestros pasos, y en nuestras manos siempre caía algún vinilo, algún libro o algún cómic, que nos íbamos pasando los unos a los otros. La Cultura rulaba como los canutos o como los tragos de litrona en la calle Velarde, después de habernos despachado alguna copa de alcohol etílico mezclado con media coca-cola en el Kwai.

En esa época, Constante, el dueño del Kwai, me llamaba “El Loco”. A cada uno de nosotros —a los habituales— nos había puesto un mote, con el que nos anunciaba solemnemente con su voz ronca y a golpe de campana cuando entrábamos en el bar, avisando de esta manera a la peña, que se agolpaba en una esquina de la abarrotada barra, de la llegada de cada uno.

Aquella chica, que su nombre no recuerdo, nunca venía al Kwai. La solíamos encontrar más tarde, en la plaza del Dos de Mayo o en Velarde. Pero aquella tarde, se juntó con nosotros incluso antes de ir al Kwai, cuando empezamos la tarde con unas cervezas en la escalinata de aquella iglesia. Fue cuando dijo aquello: «Puedes quemarte en el infierno, ¿sabes?» Y yo le respondí, acabando antes de un trago largo lo que me quedaba de aquella botella ámbar: «Quizá el infierno sea un lugar más plácido que lo que puede resultar esta vida de aquí, y mucho más aún que el Cielo, a juzgar por las personas que intuyo que irán allí». Me miró aún más sorprendida, abriendo los ojos como si fueran dos enormes ventanales que dieran al mar, y con un gesto que, en ese momento, me pareció de desprecio, afirmó: «Pues yo iré al Cielo, sin duda, porque el Cielo, sea como sea, debe ser el mejor lugar imaginable» «¿Y cómo imaginas el Infierno?», volví a preguntarle. Y entonces ella respondió: «Pues algo ruidoso, achicharrante, lleno de gente gritando, con un estruendo de música y lleno de todo tipo de pecado». Y desde que aquella chica me dijera aquello, siempre pienso que el Infierno debe ser algo así, como era cualquier bareto de Malasaña por aquellas épocas de los ochenta cuando estaba bien entrada la noche.



Imagen: José G. Cordonié


viernes, 20 de marzo de 2015

DIGRECIÓN # 5 "¿SUEÑAN LOS VENDEDORES DE CRECEPELO CON OVEJAS HINCHABLES?"

Bebo cerveza y fumo cigarrillos.

Paseo la noche de los tiempos fumando las semillas de la cólera. Veo muertos a mí alrededor. Por las calles caminan muchos muertos, aunque ellos aún no lo sepan. Me refiero a que viven sin saber que ya están muertos. La ciudad es una arteria obstruida de mierda. Una alcantarilla de donde ya se han escapado hasta las putas ratas; sólo seguimos en pie los que caminamos pensando que esto es vida. Que vivimos.

Yo no soy feliz porque la Felicidad no existe. Si existiera, sí lo sería. Alguien me dijo una vez que no es importante ser feliz, sino que el rumbo de los pasos señale en la brújula del sinsentido de la vida siempre hacia la Felicidad.

No soy feliz. Pero acumulo un buen puñado de momentos de dicha. Eso bien lo saben los que mejor me conocen. Igual que saben que si la Felicidad existiese yo sería feliz.

Atravieso el tiempo de la noche haciendo equilibrio en el bordillo del acantilado de la ira. La rabia encerrada en mis puños. Y el cigarrillo colgado en los labios, liado con las hebras de la locura.

Bebo cerveza y fumo cigarrillos.

Ahora pienso que nunca miro hacia atrás. Hacia los recuerdos. Que siempre llevo la mirada hacia adelante, hacia el instante que está a punto de empezar. Si mirara hacia atrás, estoy seguro de que pensaría que mejor hubiera sido ser vendedor de crecepelo. En esta sociedad hay mucho vendedor de crecepelo y mucho boy-scout. A veces confundo la realidad con toda la mierda que nos echan a través de la ventana de la televisión. Pienso que esa es la vida que estamos viviendo, que tenemos almas de plástico y mentes programadas para la frustración de los sentidos. Mundo artificial. Células sintéticas. Silicona. Látex. Química del pensamiento. Me han querido enseñar el camino. Xanax,  Tranxilium, Lexatin, Noctamid, Oxazepam, Haloperidol, Diazepan, Olanzapina. Pero mi camino esta trazado en los surcos de mi cerebro, como un mapa imposible hacia lo insólito. Ahora ya sé que, sin duda, hubiera sido mejor ser vendedor de crecepelo y soñar con ovejas hinchables, de esta manera pasaría más desapercibido.


Y llegar a las cincuenta cervezas y fundir los plomos del mundo de un eructo.


viernes, 27 de febrero de 2015

DIGRECIÓN # 4 (REGRESIONES)

La risa de la realidad a veces deja eco en el hueco de abismo de mi cabeza. Revolotea y se incendia. Llamas que deflagran y se evaporan en humo. Así los pensamientos cambian de estado. Siempre terminan por volatilizarse.

La realidad es una parte de pasado/presente/futuro en una mezcla equivocada de lo que realmente fue y de lo que es en la incertidumbre de lo que será.

Leo Regresiones, de Vicente Muñoz, y llega ese eco de los 80, que viví en calles de aceras imposibles, en caminos que siempre eran curvos a la hora de volver a casa, con el zumbido de la música todavía girando en la sombra de vinilo de la mente. Y la luz eléctrica manchando las páginas de los libros en los que me zambullía sin temor a que mis pulmones —de alquitrán psicotrópico— aguantaran la zambullida.

Leo Regresiones y ese eco hace que lata el recuerdo. Tan igual que, a veces pienso, hemos encerrado los mismos Mitos dentro del cajón donde se guardan las cosas importantes. Lecturas, películas, discos… sentimientos y vivencias…

Dejo que el eco se haga silencio en una resaca de mil rones y whiskys, de ácidos que te llevaban a nadar en tu propia efervescencia, de cervecismos eternos, de conciertos y de deseos enjaulados en pieles que mondamos en el amanecer. Carne de labios de tacto eléctrico. Noches reventadas hasta la última gota.
A veces la risa de la realidad confunde los hechos y te atrapa.
Y me siento atrapado.
Me siento atrapado en el silencio de las velas con la pérdida de la luz eléctrica en esta tormenta que vivimos, con la libertad humeante en el cenicero lleno de colillas, con imágenes atascadas en el obturador de los sentidos:

el sueño del sacristán borracho de vino consagrado,
el olor de la mistela que hizo los sueños celestiales,
la parte más espiritual del corcho de la garrafa,
el vidrio nacarado donde se enfrascan los fracasos,

el agua extraída del brillo de los ojos de un ángel ebrio,
la sensación de pérdida del equilibrio del que levita,
la noche que borra lo que dibujará el amanecer
con el carboncillo y los pasteles de la luz,
con el plano inclinado
que eleva al sol
a la parte fría del firmamento.
Y la música,
que sigue sonando
para hacer rotar a la realidad
y a los sueños…

Foto: José G. Cordonié

domingo, 15 de febrero de 2015

JESUCRISTO ESTÁ A LAS PUERTAS Y CABALGA UN CABALLO ELÉCTRICO

Acabo de terminar de leer «Jesucristo está a las puertas y cabalga un caballo eléctrico», de Ricardo Moreno, y os aseguro que ha sido un impacto brutal, glorioso y sumamente placentero.

Una fábula del fin de los tiempos en un atrevido delirio a través de casi  600 páginas, donde su autor se enfrenta al sistema, a la realidad que nos estalla entre las manos, a las instituciones, al capitalismo, a la religión y al mundo literario con cinismo irónico, reflexión certera y crítica feroz, como si escribiera con un cuchillo entre los dientes y con el sabor del metal de la hoja afilada en la lengua.

Pero «Jesucristo está a las puertas y cabalga un caballo eléctrico» es, al fin de todo, un canto reflexivo a la vida y sobre la vida, a la matemática de su caos, a los días y las noches que nos han tocado vivir, a la misantropía más absoluta, y todo ello escrito a ritmo hardcore y a voz en grito, donde la introspección del poeta se revela en una letanía —con reiteraciones continuadas a modo de mantra—, permitiéndonos, con su peculiar estilo, la observación de un mundo construido como un rompecabezas donde las piezas nunca terminan por encajar.

«La vida es un juego donde siempre pierdes», dice Ricardo Moreno. Y esa carencia de voz eS una descarga a un millón de voltios de tensión, repetida a lo largo de las páginas, que nos guía hacia un apocalipsis que ha sido guionizado por el propio Hombre. Porque lo que tenemos es, al fin y al cabo, fruto de nosotros mismos.

«Toda literatura se podría definir como un ajuste de cuentas con el mundo, con los demás y, sobre todo, con una mismo» Y, tal como dice, Ricardo Moreno hace aquí su particular ajuste de cuentas, en este libro híbrido y bien resuelto donde la palabra —en llamas— a veces en forma de poema y otras en texto narrativo, nos adentra en nosotros mismos a través de una realidad ficcionada por el pensamiento abstraído, reflexivo e infalible, con el eco de una sociedad que nos da vértigo y que ha sido trazada por nuestras huellas y por nuestros anhelos.

Este libro es un incendio.

Un puto incendio.

Un incendio incombustible. Una invocación o una plegaria escondida en un canto fiero, desde el realismo sucio al postpunk, pura Metaliteratura, Blues, vómitos de sintagmas, de sentimientos y agonía que nos golpea muy fuerte y muy muy dentro.


Un libro muy recomendable para quien no tema adentrarse en el pantano de la vida y verse a sí mismo en su reflejo. Un paso más de este autor, que ya nos asombró con sus libros anteriores: Carrefour es el anticristo, Incendiario, Antropogenia y ABRXIA 365.


puedes encontralo en: www.edicioneslupercalia.com