martes, 12 de enero de 2016

SUENA BOWIE

<<<<<<<REW / Rebobino la noche y suena Bowie.

Rebobino la noche como si fuese un pasado desfragmentado del que no quedaran más que pavesas de una hoguera que ardió; restos inconexos sobre los que soy incapaz de llegar a sus significados. La noche me traga en un desagüe espiral donde hiervo como zumo de dinamita, tras explotar. Tras echarlo todo por los aires y vaciarme por completo, mientras la voz de Bowie me recuerda que he estado apagando el fuego con gasolina.



78rpm

viernes, 11 de septiembre de 2015

AULLANDO

Vivo creando realidades de sueños
que no terminan por cumplirse nunca,
pero conozco el sabor de la vida
y la plata roja de lo vivido.

Reconozco bien la luz de mi sombra
y el juego de luces de mis afanes
en la lente de este calidoscopio
donde atravieso la razón onírica
con el trazo del sueño de los días.

Y mis alas clavadas a la tierra
de la metáfora del sentimiento
se baten buscando arrancar el vuelo.

Como un lobo hambriento en el plenilunio
merodearé ilusiones y espejismos
afilando la mirada en la noche.

Cuando aúlle a la luna de los sueños,
buscaré despertarlos del letargo
y del sonambulismo del instinto.   

Cuando aúlle a la luna de los sueños,
si mis sueños se convierten en polvo,
echaré una esnifada a tu salud.


Poema y Dibujo: José G. Cordonié

miércoles, 29 de julio de 2015

CUIDEMOS A NUESTROS AMOS

Es esa ácida sensación perdurada del instinto cercado, de ser marionetas obsecuentes actuando sin saberlo en el teatro del Sistema. Es esa mordiente impresión prorrogada de que todos nuestros movimientos obedecen a una voz en off. Es ese pensamiento incesante de que somos vasallos en el mundo imaginario que han creado para nosotros.

Pero cuidemos a nuestros amos.

Besemos la mano que nos alimenta con las migajas rancias de las sobras de sus fastuosos banquetes. Admiremos sus magnánimas mentes y que descansen sus egregias cabezas en nuestro humilde regazo. Cuidemos sus manos extenuadas de construir el laberinto caótico de su Ciudad-Estado, sus uñas rotas de excavar los agujeros negros para ocultar el capital, sus muñecas agotadas de hacer girar la pesada manivela de la máquina de las guerras del poder, los músculos dolientes de sus caras por la eterna sonrisa abierta para la manipulación de los votantes, los pies deshechos de patear y pisotear la justicia social, la vista cansada por forzarla al mirar hacia otra realidad, la mente fatigada de crear el guión de nuestros días, sus penes reventados de tanto y tanto dar…

Cuidemos a nuestros amos.

Amemos su mezquindad, su avaricia, su ruindad, su bajeza moral, su hipocresía, su vileza, su depravación, su abuso, su iniquidad... Cuidemos a nuestros amos porque ellos mueven los hilos, y los títeres bailamos mientras transformamos los hilos en soga, con la que algún día terminarán ahorcados.

Cuidemos al amo
mientras convertimos
los hilos en soga.




Dibujo: José G. Cordonié

sábado, 16 de mayo de 2015

A VECES HABLO CON PÁJAROS

A veces hablo con pájaros. Les hablo de sus mentes escuálidas, de lo limitado de su inteligencia a pesar de la proporción del cerebro en sus cabezas, de su falta de raciocinio y de pensamiento deductivo, inductivo y abducido, de la ausencia de símbolos, de la carencia de subjetividad y de la nula existencia de conocimiento interpretativo y de un lenguaje para una comunicación estructurada...

A veces hablo con pájaros. Les hablo de su ignorancia y de su falta de capacidad para desarrollar una civilización, su incapacidad para llevar a cabo una evolución de los sistemas de vida, del desprovisto uso de la tecnología, de la ausencia de culto al Poder, de la carencia de una revolución de la imagen, y del establecimiento de valores y de leyes, y de una sociedad jerarquizada, de la no existencia de ejércitos en sus especies, ni de religiones ni de creencias ni de dogmas, de la falta absoluta de clases sociales, de papel moneda, de la inexistencia de la envidia corrosiva, del egoísmo descomunal, de la maldad y de la crueldad, de la vanidad desmedida, de la exagerada soberbia, de las punzantes  mentiras, de la falta de capacidad para destruir el mundo…

A veces hablo con pájaros. Y envidio su inteligencia. 

Nuestra inteligencia
pierde cuando vence
a su propio instinto.



Dibujo: José G. Cordonié 
Cuadernos de la Frustración

viernes, 8 de mayo de 2015

FRUSTRACIÓN

La Frustración fue sentirse abatido en la nostalgia de sueños de un mundo imaginado que pudo ser y nunca fue, al ver izarse en la Realidad la bandera negra del ultraje por manos que se sintieron vencedoras, puras e inocentes.

La Frustración fue conocer el engaño. Saberse títeres imbéciles y mudos actuando para divertir a las bestias, esperando su aplauso, su risa y su encomio.

La Frustración fue el sudor en la frente para ganar el pan que otros comieron hasta no dejar ni rastro de su sombra. Verles masticar papel moneda con sus dientes de oro y diamantes.

La Frustración fue esto; saberse el callejón oscuro donde rebota el eco de sus risas y se hace estridente y sólido, para golpear dos veces, siempre donde más nos duele.

La Frustración fue seguir observando su bandera negra ondeando al viento, sin atrevernos a rociarla de gasolina y prenderla con la cerilla que encendemos para caminar en la oscuridad que nos cubre.

La Frustración fue sabernos muñecos de guiñol actuando con la boca callada y las manos quietas para que el ventrílocuo haga los gestos y ponga la voz.

Frente a sus ultrajes,
las bocas calladas
y las manos quietas.


De Cuadernos de la Frustración
Dibujo: José G. Cordonié

viernes, 10 de abril de 2015

CONSCIENCIA

Quizá todo esté en buscar la razón de las cosas. De las cosas propias de uno mismo, experimentar con el propio cerebro hasta llegar a la membrana del núcleo, al motor de su cosmos, ponerse al mando de la sala de máquinas y observar el funcionamiento interno, lo que de otra manera es imposible intuir, y encontrar al fin el nagual (o nahual o náhuatl), lo escondido, lo que allí está oculto y que es, sin embargo, la raíz del Todo, el punto de conexión del espíritu con el universo, con el animal interior que nos une a través de la percepción de la Conscientĭa en estado puro.

Fumé la hierba del diablo en las páginas de Castaneda en la juventud y atravesé los desiertos psicodélicos de la realidad primaria, donde cada gramo de arena contenía en sí mismo un universo, dentro del cual siempre podía hallar mi reflejo en un estado de consciencia aumentada.

Busqué la razón de las cosas, al igual que otros buscan la sensación del hielo derritiéndose en el licor de su copa.

Cruzando universos
con la mente abierta,
sin batir las alas.


Dibujo: José G. Cordonié

CUADERNOS DE LA FRUSTRACIÓN / JOSÉ G. CORDONIÉ

domingo, 22 de marzo de 2015

FRAGMENTOS INACABADOS DE ENTREVISTAS INSÓLITAS

[Interior: Bar librería Vergüenza Ajena]
Entrevistador: R.R. Malandanza (El Puto Lisiado Magazine)
Marzo/2015/ 
Entrevista en relación con la publicación de "El amor es un revólver cargado por el diablo" 
(Ediciones Lupercalia).

RRM: ¿Qué piensas del Infierno?

JGC: Déjame que te cuente algo. Una vez, una mujer me dijo: «Puedes quemarte en el infierno, ¿sabes?» Eso me dijo una chica mirándome extrañada mientras me bebía mi cuarta o quinta cerveza de una tarde que habíamos estrenado hacía muy poco. Ahora no recuerdo por qué dijo aquello, pero sí recuerdo bien que esa fue la frase exacta que soltó. Aunque no recuerdo en absoluto de qué estábamos hablando, sentados en la escalinata de la iglesia de la calle Fuencarral esquina con Divino Pastor, tengo la seguridad de que en ningún momento se referiría a ningún rollo religioso, del tipo de “te vas a condenar en el infierno” o algo así.

Esto debió de ocurrir allá por el año 1984. Entonces, éramos jóvenes de almas blancas y de ropas negras, de botas sucias como la lengua; sucia de acariciar palabras indecorosas y de hurgar de cuando en cuando en busca del sabor del Cielo. Nuestra vida sucedía a ritmo de hardcore, la música batía cada uno de nuestros pasos, y en nuestras manos siempre caía algún vinilo, algún libro o algún cómic, que nos íbamos pasando los unos a los otros. La Cultura rulaba como los canutos o como los tragos de litrona en la calle Velarde, después de habernos despachado alguna copa de alcohol etílico mezclado con media coca-cola en el Kwai.

En esa época, Constante, el dueño del Kwai, me llamaba “El Loco”. A cada uno de nosotros —a los habituales— nos había puesto un mote, con el que nos anunciaba solemnemente con su voz ronca y a golpe de campana cuando entrábamos en el bar, avisando de esta manera a la peña, que se agolpaba en una esquina de la abarrotada barra, de la llegada de cada uno.

Aquella chica, que su nombre no recuerdo, nunca venía al Kwai. La solíamos encontrar más tarde, en la plaza del Dos de Mayo o en Velarde. Pero aquella tarde, se juntó con nosotros incluso antes de ir al Kwai, cuando empezamos la tarde con unas cervezas en la escalinata de aquella iglesia. Fue cuando dijo aquello: «Puedes quemarte en el infierno, ¿sabes?» Y yo le respondí, acabando antes de un trago largo lo que me quedaba de aquella botella ámbar: «Quizá el infierno sea un lugar más plácido que lo que puede resultar esta vida de aquí, y mucho más aún que el Cielo, a juzgar por las personas que intuyo que irán allí». Me miró aún más sorprendida, abriendo los ojos como si fueran dos enormes ventanales que dieran al mar, y con un gesto que, en ese momento, me pareció de desprecio, afirmó: «Pues yo iré al Cielo, sin duda, porque el Cielo, sea como sea, debe ser el mejor lugar imaginable» «¿Y cómo imaginas el Infierno?», volví a preguntarle. Y entonces ella respondió: «Pues algo ruidoso, achicharrante, lleno de gente gritando, con un estruendo de música y lleno de todo tipo de pecado». Y desde que aquella chica me dijera aquello, siempre pienso que el Infierno debe ser algo así, como era cualquier bareto de Malasaña por aquellas épocas de los ochenta cuando estaba bien entrada la noche.



Imagen: José G. Cordonié