sábado, 29 de junio de 2013

PENETRACIÓN

Es un grito la voz en la palabra que callo.

Es como atravesar las puertas de la percepción

pidiendo clemencia

                  con la boca cosida

o proyectando las imágenes del sueño

que empapa la almohada de miedos.


Los sentidos me atrapan
como la sombra que me envuelve

con el sonido metálico del roer de la conciencia.


Sigo en LA NOCHE buscando encontrar algo

después de ser vaciada su OSCURIDAD

por el llanto de este abismo, al que he subido.


Sé que el vacío al que me enfrento
es igual o parecido al que me busco adentro,
hurgando entre la ceniza del INSTINTO,
recogiendo los juguetes rotos del alma
para envolverlos en papel de estraza.

Así entro en mis entrañas
aún buscando restos aprovechables  de mí mismo,
junto a las fotografías rotas y al papel manchado
por la tinta azul desenfocada por el TIEMPO
de cuando mi corazón era desierto de hierro y sal
y de pan mojado en veneno.

Palabras DE silencio,
como los versos que pinté en tu espalda
con el dedo que recorrió tu cuerpo buscando fuego
o encontrando nada.

En silencio quedaste como la palabra
que guardo;
para mejores oídos,
para mejores laberintos,
para mejores pecados.




De mi poemario inédito "Poemas enlatados"
Dibujo: José G. Cordonié

sábado, 22 de junio de 2013

NIEBLA

[La niebla oculta el mar entero. En cada ciclo de su circunferencia, la luz del faro pinta una luz ámbar en la densidad de la niebla, como si fuera la luz de un foco que iluminara una mesa de billar, desde arriba, en un bar de carretera lleno de humo. Al fondo se oye el mar batiendo contra el acantilado, azotando a las piedras con la espuma de la noche. El Viejo Farero silba en el frío una melodía mientras llena de briznas de tabaco aromatizado al whisky la cazoleta de su pipa. En días así es cuando la nostalgia se agarra al aire y deambula a su alrededor. Recuerda los días felices. En su cabeza la memoria imita la voz de su amada (muerta hace ya seis años), y al mirar al mar recuerda que cientos de veces fue surcado por sus hijos y que una vez no volvieron. Hay mucha niebla, y su mirada se pierde en ella y es tristeza cada vez que el faro ilumina la blanca gasa que cubre el mar más fiero que en ese momento recuerda.]


El mar resulta en ocasiones tan infinito
como una larga y sombría noche de ginebra
donde ahogar lo que a veces recordar quisiera,
aunque me duela.

El olor del mar desde sotavento me llega,
como la nostalgia que ha escogido el lamento,
como la alegría encogida por el recuerdo,
que ahora vuela.

La niebla hizo del faro una isla de soledad,
donde yo recojo en mi cuaderno un día más
las palabras de “Hoy te quiero más que nunca”.

Su rostro en mi cabeza sonríe dando vueltas,
digo: «Espera.
Ya que has sido quien ha llegado primero, espérame».

Escucho el rugir de las olas contra la piedra
y cuando rompen, dejan su nombre dicho en eco.

Es lo que parece su nombre, dicho en murmullo,
que repito otra vez, al ritmo de la marea.

Me asomo a la barandilla para gritar su nombre
y el mar me mira sabiendo que soy sólo un viejo.

Me mira y calla,
escondiéndose cuando le maldigo en la niebla.

Mira y calla receloso, sus olas batiendo
mientras busco el reflejo en el vaso de ginebra,
digo: «Espérame.

Ya que has sido quien ha llegado primero, espérame».




De mi poemario "Las Baladas de Morotropium" (Ediciones Oblicuas)

sábado, 15 de junio de 2013

UNA HISTORIA DE AMOR

Estaba Julia, mi mujer, pelando patatas para hacer una tortilla para la cena cuando sonó el teléfono. Sentí como el primer timbrazo le sobresaltó, e imaginé la patata, aún a medio pelar, que caía sobre la mesa rodando hasta la lechuga recién lavada. La supuse afinando el oído, acercándose a la puerta para tratar de oír el segundo timbrazo antes de cogerlo, pero no hubo ningún timbrazo más. Escuchó, por el contrario, mi voz respondiendo a aquella llamada en la noche. 

 Aún así, descolgó el teléfono de la cocina (yo hablaba desde el salón) y  escuchó, creyendo quizá que yo no sabía que ella estaba al otro lado, la voz de una mujer que se dirigía a mí con palabras claramente lascivas y obscenas. Al oír la respiración de mi mujer en la línea colgué el auricular y supe que ella lo haría pocos segundos después.

Hasta entonces, nunca había recibido una llamada de ese tipo, y debo decir que me agradó, o quizá, para ser más exacto, debería decir que me excitó. Hubiera deseado no haber colgado el teléfono y haber seguido escuchando aquella voz sensual y dulce (probablemente fingida) que me provocaba con aquellas obscenidades impúdicas e indecentes dichas desde el anonimato de una manera tan desvergonzada y natural que parecían, incluso, sinceras. Pero la presencia en la línea de mi mujer (oí descolgar el teléfono en la cocina y después la respiración en la escucha), hizo sentirme espiado en mi privacidad, sorprendido en una mala acción, como un niño al que se le sorprende en una travesura o a un sacerdote al que se le encuentra borracho en un club de carretera. Por eso colgué el teléfono; porque no podía admitir a mi mujer en esa privacidad y dejar que ella participara de un secreto de lascivia por el que podría pensar, como poco, que su marido era un degenerado, un obseso sexual o un maniaco represivo. Nunca podría admitir que aquella llamada, anónima y probablemente marcada al azar (un número marcado de manera aleatoria, quizá un número que, tras colgar, jamás vuelva a ser marcado por la misma mano, por no conocerlo, por no recordarlo), me había excitado, y menos aún, podría compartir ese hecho con Julia.

No sé si debería decir que ella es una inapetente sexual, porque posiblemente no sea del todo justo utilizar ese término y sea más acertado decir que en nuestras relaciones sexuales siempre soy yo quien ha de llevar la iniciativa, y que son muchas las ocasiones en que me siento rechazado por disculpas tan triviales y clásicas como un dolor de cabeza o un excesivo cansancio, o incluso un repentino ataque de sueño que no puede contener. Otras veces, sin embargo, noto como ella acepta, aún sin desearlo, y se deja llevar sin llegar a gozar lo más mínimo, sin siquiera conseguir centrarse en un acto que apenas llega a diez minutos, y que transcurre en la oscuridad de la habitación como si aquello no fuera con ella, casi como si no estuviera allí. No podría decir que es una inapetente, pero lo que sí que tengo claro, y por tanto puedo afirmar sin riego a equivocarme, es que Julia es una mujer poco lasciva y libidinosa y nunca muestra imaginación, ni creatividad, ni improvisación en el acto sexual. En esto, como en el resto de todas las cosas, es metódica y ordenada, por lo que no acepta, ni aceptará jamás, una nueva postura ni ninguna otra cosa que se aparte de unas leves caricias y una penetración, y por supuesto nunca más de una en la misma noche, o ni siquiera en el mismo día. Con todo esto, no quiero decir que mi vida sexual con Julia sea insatisfactoria, sino incompleta y quizá aburrida.
Aquel jueves por la noche, cuando la tortilla y la ensalada estaban ya en la mesa (todos los jueves era la misma cena, como parte de su metodología) y Julia se disponía a servir los platos, mientras de fondo escuchábamos las noticias del Telediario, se dirigió a mí por primera vez tras aquella llamada. Habló sin levantar la vista de la tortilla de patatas, como si quisiera restar importancia a esa pregunta que me hacía y que, sin embargo, no había dejado de darle vueltas calentándole la cabeza desde hacía rato:

- ¿Quién es esa mujer que te ha llamado?

Desde el mismo instante en que colgué el teléfono, supe que vendría esa pregunta. Sabía que era inevitable, y por eso mismo tenía ya la respuesta preparada antes de que formulara la pregunta, y además la respuesta era la verdadera. No obstante, en vez de contestar de inmediato, hice cómo si no hubiera escuchado y dije un “¿qué?”, dejando unos segundos para confirmar o repasar mentalmente mis palabras antes de pronunciarlas. Pero ella no repitió la pregunta, simplemente esperó la llegada de la respuesta.

- Supongo que fue una broma. Una broma ridícula y obscena de alguna mujer aburrida que marcó este número al azar. No entiendo –reí- cómo a alguien le puede divertir hacer estas tonterías.

- ¿Te parece una tontería? ¿Es eso lo que te parece? ¿Cómo calificarías tú a esa llamada?

-  Pues no sé –respondí acercando mi plato para que me sirviera la tortilla y la ensalada-, probablemente diría que es una broma guarra.

-  ¿Y quién crees tú que te puede gastar ese tipo de bromas guarras?

- Ya te he dicho que no tengo ni idea de quién ha podido llamar, posiblemente alguna mujer aburrida con ganas de bromear, que marcó este número como podía haber marcado cualquier otro –respondí sin querer dar importancia a la conversación, como si yo fuera del todo ajeno a aquella llamada-. Cada día se hacen en este país miles de llamadas de este tipo. Parece que la gente no tiene nada mejor que hacer. Algún día tenía que tocarnos a nosotros ¿no?

- Y si fuera, como dices, un número marcado al azar, ¿cómo podía esa mujer conocer tu nombre? Te llamó Carlos, ¿recuerdas?

Entonces recordé la llamada, casi palabra por palabra, y caí en la cuenta (hasta que Julia lo había dicho no me había percatado de ello) de que mi mujer tenía razón; aquella voz femenina y anónima había pronunciado mi nombre. “Te deseo, Carlos –había dicho-. Te deseo desde hace mucho tiempo, y lo que ahora más deseo es amarte. Carlos, deseo hacerte el amor como nunca nadie antes te lo haya hecho”. Había pronunciado dos veces mi nombre. Tal vez, pensé, aquella mujer había cogido mi número de la guía telefónica, pero rápidamente rechacé esta posibilidad porque el nombre que aparece es el de mi mujer, no el mío. Tenía, entonces, que ser una mujer que me conociera, quizá alguna mujer de mi oficina o incluso alguna vecina, o simplemente pudiera tratarse de una broma de alguna conocida o amiga (¿por qué no?), que quisiera reírse a mi costa y luego recordarlo cuando nos viéramos. Pero enseguida dudé de que alguna amiga pudiera llegar tan lejos y pronunciar aquellas palabras obscenas que la voz del teléfono pronunció: “Me gustaría tenerte ahora mismo aquí, desnudo en mi cama, y besarte todo el cuerpo. Comerte la polla y follarte hasta el amanecer”. Recuerdo que después dijo algo que, ahora al pensarlo, me resulta extraño: “Sé que tú también lo deseas. Sé que me deseas y que te gustaría que te diera lo que ella no te da”; aunque tal vez esas palabras no fueran más que provocación. Nada más que eso. No creo que ninguna mujer, por amiga, compañera de trabajo o vecina que fuera, pudiera conocer algo sobre mis relaciones sexuales con Julia, y menos aún dudo que alguna se pudiera sentir deseada por mí.

-  ¿En qué piensas, Carlos? ¿No vas a contestarme? ¿Cómo podía esa mujer conocer tu nombre? Dime la verdad, Carlos. Quiero sólo la verdad por dura que sea. ¿Tienes una amante, verdad?

- No, Julia. No tengo ninguna amante ni tengo ni puta idea de quién coño puede ser esa mujer que ha llamado ni de por qué sabía mi nombre.

- ¿Y cómo piensas que pueda creerte? Dame al menos alguna razón lógica.

-  ¿Qué quieres que te diga? Se de esto lo mismo que tú. Te lo juro. Ya te he dicho que no tengo ni puta idea de quién es esa mujer ni para qué coño ha llamado –traté de calmarme cuando me dí cuenta que estaba gritando lleno de cólera e impotencia-. No sé, quizá me llamó Carlos como pudo llamarme Paco, Andrés, Juan o Nicodemo…

-  ¡Y acertó!

-  Pues sí, acertó. Yo qué sé…

Julia rompió a llorar y sus lágrimas cayeron sobre la tortilla de patatas, por donde resbalaron hasta llegar al plato. Acerqué una mano a su mejilla con la intención de consolarla, de limpiar sus lágrimas, pero la rechazó golpeando mi mano con la suya. Pronuncié palabras de cariño y ternura en su oído, le juré que jamás había amado a nadie más que a ella y que era el único amor de mi vida. Traté, en vano, de abrazarla y perdí besos en el aire al apartar siempre su rostro de mis labios. Por mucho que lo intenté, no conseguí nada más que su silencio y su desidia.

A partir de aquel día se levantó un muro entre nosotros. Un muro cada vez más elevado y que cada día resultaba más difícil de saltar o demoler. Prometo que traté en un sinfín de ocasiones hacerla entrar en razón, pero Julia cada día que pasaba se iba abandonando más y más sin posibilidad alguna de recuperación, en un estado perpetuo de tristeza, melancolía y desorden, llegando a una apatía extrema, no sólo conmigo, sino con todos y hacia todo. Nuestra vida se convirtió en un infierno en muy pocos meses. En un infierno que empezó a crecer hasta arrasarlo todo.  


Ante la imposibilidad de recuperar su amor perdido, yo también fui cayendo en picado en la tristeza. Y esa tristeza me llevó a la bebida, y la bebida me llevó a perder el empleo, y la pérdida del empleo me llevó a una profunda depresión que traté de mitigar alternando con putas. Y esas insatisfactorias relaciones con prostitutas me llevaron a contraer una delicada enfermedad venérea que me impulsó a beber aún más para calmar o apaciguar el dolor. Pero cuánto más bebía y cuánto más borracho estaba, más me acordaba de Julia y más me lamentaba por su amor perdido. Y cuánto más lamentable era mi aspecto, ella parecía más radiante. Y tan radiante estaba, que perdió su apatía, su abulia, su melancolía y su tristeza, volviéndose tan alegre y alocada que se convirtió en una mujer obscena y lasciva. Y al no encontrar en mí al hombre que antes había sido, sino a un pobre hombre enclenque y envejecido, borracho y enfermo, trató de mitigar sus ardores sexuales marcando en el teléfono un número al azar, y susurrando obscenidades terribles a través de la línea a un hombre al que, al azar, llamó Enrique; un hombre que supongo que colgó el teléfono cuando oyó que su mujer lo había descolgado también y que escuchaba esas palabras lascivas e indecentes desde la cocina, mientras pelaba patatas para la tortilla de la cena.   





De mi libro inédito de relatos "Las Malas Acciones" (1995)
Ilustración: José G. Cordonié

jueves, 13 de junio de 2013

CUATRO BOCETOS SOBRE LA CIUDAD DE TÁNGER

Uno

El Café Hafa surge como un oasis tras un sendero sinuoso donde se esparcen los colores sobre el blanco de las casas, donde el sol las lame con su lengua de cobre y cal. Allí todo huele a antiguo. Se guardan olores infinitos que hemos olvidado, o quizá ignorado, donde las calles han buscado crecer perdiendo la orientación del trazado y serpentean entre luces y sombras, sobre piedra besada con la ira de un tiempo sosegado y furioso; el mismo que ha dejado el cielo, sin embargo, intacto. De un azul inmenso creciendo por encima de las nubes que no dejan de rozar la ciudad de Tánger, y así la hace parecer eterna.

Las terrazas del Hafa se precipitan hacia el mar con la misma pereza con la que dormitan sus gatos anónimos entre los árboles, entre el olor dulce y áspero del silencio cuando se deshace en murmullos de viento y se mezcla con el mar hasta hacerlo salado. Y azul. E inmenso.

El tiempo late despacio, como si perdiera el pulso y avanzara lánguido, como si nosotros fuéramos nada más que sombras proyectadas desde hace casi cien años. Las mismas sombras bebiendo té a la menta y hierbabuena y fumando con la vista arrastrada hacia el mar, o hacia donde se pierde azul al dibujar el horizonte de bruma desleída que cae sobrevolando el cielo con la misma lentitud, con idéntica cadencia de silencio.

Ocupamos un lugar que antes ocuparon otros. Nuestra sombra reconoce el sabor huidizo de la inmensa tranquilidad en la piel de los labios, reconocemos la miel pasajera del sosiego que antes encontraron otros.

Se mueven las sombras como trazos difuminados. Bowles. Richards. Jones. Burroughs. Harrison. Jagger. Un boceto desdibujado donde evoco una letanía de imágenes y Los Cuadernos del Hafa de Pablo.

Dos

La Medina de Tánger se teje a sí misma entrelazando las calles, cosiéndose a las piedras y a las paredes, doblándose y desrumbándose para esconder al minotauro.

Se trenza y se retuerce. 

Trepa hasta la Kasbah, hasta la mirada del mar que enseña el paso del estrecho y se expande en el caótico barullo de mercaderes y artesanos. A Este y Oeste. Sobre piedra pulida por pasos quietos y por andares apresurados, por el olor titilante de las especias, por el brillo del cobre de las cacharrerías, por los tenderetes sobrios de los beduínos, por la mirada de silencio de las mujeres que buscan agua en las fuentes y en los pozos, por la Babelia que se crea en el espiral sonido de las voces en distintas lenguas, que usan los buscones para encontrar su mercancía en los turistas, como si fueran alquimistas capaces de convertir cualquier cosa en unas pocas monedas, para cambiar su sonrisa farsante en oro, como los encantadores de serpientes de la Kasbah, pero sin música ni magia ni misterio.

La Medina atrapa todos los sentidos y los entrenza hasta hacerlos sólo uno, donde me encojo hasta hacer de mi alma un ovillo.


Tres

La mesa de Keith Richards en el Café Babá. La pipa de Kifi y el olor azucarado y fresco del té liado con el tacto del polen. El café Babá es un gran paladar donde la galería es una lengua en la que se asoma en picado el sol sobre la ciudad. 

Aquí deja penumbra.

Guardo la luz de Tánger en la memoria, en un frasco de cristal, junto al cobalto de la puerta de William Burroughs y el turquesa pastel de la puerta en arco apuntado de Matisse.

Cuatro

Deambulamos al este de la Medina con el tacto de lo insólito en las yemas de los dedos, con la línea de las miradas silenciosas en el Dar Makhen, jardines de ostentación ruinosa con el polvo acumulado de la indiferencia cosido en cada mosaico, unido en cada baldosa.

De esta manera avanzamos inventando nuevas sensaciones en una mañana de sol húmedo que barniza en sombras y luces la calle vieja y sucia, primitiva, reventada en olores centenarios que serpentean a nuestro paso como si se destapara su melancolía al vernos a travesar la medina, el barrio de la Kasbah, el Marham, el Hafa, los Zocos…

Avanzar en Tánger es retroceder en el tiempo hasta detenerse en la propia incertidumbre del tiempo. Justo en ese instante donde lo ancestral se vuelve cotidiano en las manos del artesano; aquel que envuelve la parsimonia en los tintes ajados del pasado y los destila con los colores de un paso del tiempo que parece parado.

Tengo los ojos de occidente y es lo que hace que me sienta inquieto. Ávido de seguir avanzando para retroceder aún más o para atravesar la piel de esta ciudad sobre el letargo del tiempo, de puntillas, para no despertarlo.

NOTA:
Escrito en Tánger, en septiembre de 2009.
El primer boceto hace referencia al magnífico libro Los Cuadernos del Hafa de Pablo Cerezal, que si bien aún no había sido publicado, yo tuve la suerte de estar presente desde el inicio de su embrión.




Fotografía: José G. Cordonié en el Café del Hafa (septiembre 2009).

domingo, 9 de junio de 2013

ROCK AND ROLL

He bebido toda la noche veneno
engullendo la noche a cada trago,
en la música, 
en el humo azul,
en el cielo 
que se rompe en los tejados, 
negro, como el carbón 
que alimenta la caldera del infierno.

Los pasos cruzados,
los ojos turbios y ruinosos
lanzando miradas en dientes de sierra,
sesgados, 
atravesados
en la niebla 
que se condensa en el bar
y que se traga masticando.

Afilada la música trepa por el aire
hasta encaramarse por encima de nuestras miradas
ya tan torcidas que caen.

Caminaremos al amanecer derrotados,
como niños autistas
silenciando pensamientos desordenados,
descoloridos, 
desbaratados, 
como los pensamientos ahora
que rasgan la mente sabiéndose sucios.





De mi poemario inédito "Poemas enlatados"
Foto-Ilustración: José G. Cordonié


sábado, 8 de junio de 2013

SUEÑOS INVENTADOS

Espero mi turno,

entre las sombras en azul 

que llegan de la pantalla, 

en espirales de luz relampagueante,

para ser sometido al test de Voigt-Kumpf,

y conocer en el movimiento de mi pupila

si mis recuerdos son reales

o inventados,

inducidos,

falsos,
ilusorios como una gran mentira.

No recuerdo sueños donde tú aparezcas,

si eres nebulosa,
si eres borrosa, 

si eres vapor

de imágenes que guardo

de algo, que no es sueño,

como sentir tu cuerpo en el recuerdo

que ya no sé si es mío,

ese recuerdo

que pesa como la sensación de levantar el Mundo

con una sola mano. 




De mi poemario inédito "ALMAGONÍA" (poemas tempranos de 1985-1991)
Ilustración:  José G. Cordonié