martes, 30 de abril de 2013

PANGEA



Cuando en la Tierra había sólo un continente,
La Coruña y New Orleans eran el mismo pueblo,

antes de que se hablara de la deriva continental,
antes de que las placas tectónicas tuvieran movimiento,
antes de que un océano las hiciera divisibles,

había la misma sangre, el mismo tejido en las almas,
los mismos sueños unidos por los hilos invisibles
que se destilan en la esencia del jazz
o del rhythm and blues. Entre Galicia y Louisiana

un silbido en el aire sostenido por las miradas cruzadas
en las arterias azules del Mardi Gras.

Louis Armstrong lo supo y la Meiga del Vudú,
cuando se midió de la trompeta a la gaita
un colosal océano que las separara,

antes de que se destilaran los aguardientes
antes de que fueran débiles nuestras mentes.






de mi poemario inédito "Los Cantos del Inframundo"

Foto: José G. Cordonié (calle de La Coruña).

lunes, 29 de abril de 2013

EL PROYECTO


  No quise hablar con Susana del proyecto; pensé que sería mejor darle una sorpresa y aparecer, de esta manera, un día ante ella y besarla durante varios minutos antes de que ninguna palabra pudiera ser pronunciada.

  Era consciente de que un proyecto de la envergadura del que me ocupaba me llevaría varias semanas de laborioso y arduo trabajo, y que incluso la tarea podría prolongarse durante meses hasta que el plan pudiera estar concluido, si verdaderamente quería reducir al máximo las probabilidades de fracaso que, de ocurrir, podrían llevarme incluso hasta la muerte.

  A lo largo de los meses que duró el proyecto —desde su planteamiento hasta su desenlace— no cejé en mi empeño ni un solo momento de sopesar los diferentes riesgos e incidentes que pudieran existir en el transcurso del viaje, rehaciendo cálculos y trazados una y otra vez de una manera tan minuciosa y detallada que pudiera parecer maniática y obsesiva, ya que sabía que debía prever y anticipar la posible solución a cualquier eventualidad que pudiera llevar finalmente al desmoronamiento de mi empresa, porque tenía la seguridad de que una buena preparación y unos cálculos exactos eliminarían venturas y eventos que el azar o la suerte pudieran traer, ya que éstos sólo actúan variando el hecho cuando nos cogen desprevenidos o distraídos.

  El proyecto comenzó como un juego de la imaginación, quizá como un método improvisado de autoayuda que me sirviera para protegerme del tedio y de la melancolía en donde me quedé varado en aquellos días en que ella se marchó —tras darme un cálido beso de despedida— a casi seis mil kilómetros de mí, a la ciudad a Nueva York, donde le había sido concedida una beca de medicina en la preciada Universidad de Columbia.

  Y fue cuando vi la silueta del avión en el que ella marchaba, y que terminó por desaparecer pronto de mi vista en un cielo nublado emborronado en gris como manchas de Rorschach sobre una lámina, cuando empecé a cavilar la idea del proyecto.

  Primero, como dije, la concepción del plan llegó sólo como un ejercicio de diversión de mi imaginación, con el que disfrutaba con solo figurarlo, pero al cabo de los días pasó a ser una empresa real, concreta y tangible, a la que empecé a dedicar la totalidad de mi tiempo y hasta el último gramo de mi esfuerzo por entero. Desde entonces, imaginé constantemente ese momento, el de mi llegada, el de la sorpresa y el beso apasionado, aun sabiendo que para lograrlo tendría que llevar a cabo un proyecto tan colosal como las más grandes hazañas del Hombre que escribió la Historia, o incluso mayor todavía. E imaginar aquel momento futuro, tan deseado y mágico, de algún modo era también disfrutar anticipadamente de Susana; gozar de antemano de aquel instante en el que volveríamos a unirnos y tras el que nunca más volveríamos a separarnos. Por ello,  saberla y sentirla más cerca cada día era la razón principal donde se sustentaban la fuerza y el coraje necesarios para afrontar con entereza y sufrimiento los muchos sacrificios por los que tendría que ir pasando.

Recuerdo que cuando escuché su voz en el teléfono, por primera vez tras su partida, la oí de una manera tan clara y próxima, que la distancia que nos separaba me pareció una burla o una mentira. En nada se diferenciaba aquella voz que oía a la que siempre había escuchado por teléfono cuando hablábamos a pocas manzanas de distancia. ¿Cómo era posible que el teléfono pudiera acercar tanto la distancia? ¿Acaso era diferente el recorrido que nos separaba a través del hilo telefónico? Su voz se presentaba de manera instantánea, sin retardos ni demoras, como si estuviera aquí mismo hablando desde una habitación contigua. ¿Cómo era esto posible? ¿Dónde estaba el truco?

  Entonces supe, o intuí,  que esa distancia colosal que nos apartaba, incluso que nos aislaba, estaba en cierta forma unida por un cable de teléfono que de inmediato nos acercaba. ¿Podría ese cable tener, acaso, seis mil kilómetros de línea? ¡Imposible! Sin duda, la distancia a través de las ondas de la voz se acortaba para ser recorrida en menos de un segundo.

  Y así comenzó el verdadero proyecto; aquel que fue mucho más allá de la imaginación y que fue convirtiéndose en un hecho día a día, dentro de una lucha interior por la superación, encarnizada y atroz, que a punto estuvo de llevarme a los confines últimos de la locura.

  Decidí comenzar el plan inmediatamente, y lo primero que supuse fue que mi cuerpo tendría que sufrir un cambio drástico si quería realmente emprender el viaje a través del hilo telefónico. Tendría que perder al menos dos cuartas partes de mi peso corporal para conseguir ser ligero ante las pulsaciones eléctricas y las ondas de sonido. Pero tal vez la pérdida de esos cuarenta kilos no fuera suficiente para poder entrar en el cable y reptar y volar a largo de él, y posiblemente fuera necesario mucho más; dejar sólo el peso mínimamente necesario, quizá poco más que el peso del esqueleto, de los músculos disminuidos y de la mínima sangre posible para hacerlo funcionar. ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Eran los doscientos seis huesos del cuerpo fundamentales? ¿Y los más de setecientos músculos, por menguados que estuvieran, no serían excesivos? ¿Y cuáles eran los órganos vitales de los que no podría prescindir? ¿Y cuánta sangre podría eliminar de los cerca de seis litros que recorrían mis venas y arterias?

  Surgieron muchas preguntas y estas fueron algunas sobre las que a partir de entonces traté de hallar respuestas en las distintas enciclopedias y libros de anatomía y de ciencia que pude encontrar. Aprendí todo lo necesario sobre el cerebro, el corazón, los pulmones, el hígado, los riñones, la vejiga, los intestinos y los órganos reproductores, así como sobre la piel, la sangre y todo lo relacionado con los músculos y sus funciones. Además, fui adentrándome de manera urgente y vertiginosa en el mundo de los regímenes de adelgazar, en el estudio y conocimiento de las comunicaciones telefónicas y en el aprendizaje de memoria de los trazados laberínticos de hilos conductores, prestando una especial atención a los distintos cableados entre las ciudades de Madrid y Nueva York, que terminé por conocer hasta el punto de poder describirlos y delinearlos con los ojos cerrados sin temor a equivocarme.

  Tras estudiar detalladamente los diferentes regímenes de adelgazamiento, opté por el agresivo método de choque del afamado doctor Julián Bodoque, al tratarse de una dieta de impacto que podía generar la pérdida de peso de manera rápida y continuada, y que consistía en una única comida al día basada en el zumo de una sola fruta, como por ejemplo podría ser el de una cereza o el de una ciruela o el de un par de uvas. La efectividad del régimen quedó patente al poco tiempo, cuando la báscula mostró una pérdida de más seis kilos en los tres primeros días, aunque esta disminución no vino sólo acompañada de la ansiada mengua de volumen de mi cuerpo, sino que también de una pérdida de masa muscular que me produjo un quebranto de las fuerzas y un detrimento de mi ánimo que en ocasiones llegaba al punto de debilitarme de tal manera que no consentía mantenerme en pie, siendo foco de terribles y extrañas visiones además. Aún así, y a pesar de los numerosos desmayos y lipotimias, seguí el régimen estrictamente, manteniendo la pérdida de peso a la misma velocidad con la que había comenzando, a pesar de acompañarme a diario de un surtido de pastillas y píldoras de aporte vitamínico y de haber sustituido el agua corriente que bebía por líquidos energéticos e isotónicos.

  Fui ultimando los pequeños detalles del viaje que ahora, en mi mente, cobraban la dimensión formidable de una admirable odisea o de una singular epopeya. Eran esos detalles, a primera vista superfluos, los que podrían hacer que la aventura finalizase como éxito o como fracaso, por lo que así fui fijando y decidiendo todo aquello que me permitiera minimizar al máximo los riesgos que pudiera hallar en el periplo a través de los hilos que conducen la voz, bien agarrado a las palabras o bien reptando a través de las gomas de colores de sus intrincados senderos laberínticos de tiniebla.

  Decidí rasurar mi cuerpo por entero, de la cabeza a los pies, y embadurnar complemente mi piel con vaselina para un mejor deslizamiento por el cableado y prevenir así las posibilidades de atoramiento en los túneles de goma. Así mismo, decidí fabricar unas pequeñas pesas de metal para acoplar a la altura de mis riñones, por si la ligereza de mi cuerpo fuera mayúscula y no me permitiera volar en equilibrio en el impulso feroz de las ondas, y que, llegado el caso, podría soltar y dejar atrás si su uso no fuese necesario. De esta manera fui solucionando todos aquellos inconvenientes que pude imaginar, así como fui preparando mi cuerpo y entrenándolo diariamente para el viaje, instruyéndolo a base de gimnasia sueca y ejercicios de yoga y Zen que, además de mejorar en algo mi desplomada forma física, consiguieron dar a mi mente un equilibrio y una armonía espiritual que presentía que podrían ser importantes para mantener la serenidad y la tranquilidad durante la ansiada y escabrosa travesía que en breve emprendería.

  Por otro lado, solucioné otros aspectos que al principio del plan me parecieron menores y a los que sólo al final del proyecto presté la atención suficiente como para decidirme a la búsqueda de un remedio eficaz: la alimentación en el transcurso del viaje, que tal vez pudiera alargarse durante días o incluso semanas, y la evacuación de la misma a través de mi organismo. La ingestión de alimentos se convirtió entonces en una preocupación a resolver en los últimos días antes de emprender la aventura, ya que era consciente de que la debilidad de mi cuerpo se haría mayor con el esfuerzo que habría de realizar en la fantástica travesía. Pero, por otra parte, la elección de los alimentos adecuados y el espacio que acarrearlos pudiera necesitar, se convirtieron en nuevos problemas que requirieron una inmediata solución. Finalmente, me decidí por comida en pastillas y barritas energéticas que podrían aportarme de inmediato los valores alimentarios necesarios para recuperar las fuerzas, y que además, llevaría en un pequeño bolsillo hecho con la propia piel de mi espalda.

  Finalmente, y como última decisión antes de emprender el deseado viaje, determiné que los excrementos los dejaría atrás en el camino, en bolsas de plástico que llevaría debidamente enrolladas dentro de un orinal que encajaría en mi cabeza como si fuera un sombrero hongo. Y así fue, con todos los preparativos finalizados, cuando fijé al fin el día del inicio del viaje para el dieciséis de agosto de 1995, fecha en las que las hazañas de los más grandes pioneros y aventureros, de los más arriesgados y audaces navegantes y aviadores, quedarían empequeñecidas y eclipsadas.

  A un paso de entrar en el misterioso trazado telefónico, pienso, no por primera vez, si todo esto no será realmente una locura, o si quizá la locura ya llegó hace tiempo a este hombre del que poco queda tras perder más de cincuenta kilos y que posee una debilidad manifiesta que aumenta los delirios extraños y absurdos. Dentro de esas visiones terroríficas que sufro, siento que mi cuerpo se ha divido en dos y que una parte se ha perdido para siempre. Es como una dualidad que finalmente se queda en uno solo, como un Mr Hyde que hubiera perdido a su Doctor Jekyll, porque si alguna parte de mí he perdido, tengo la seguridad de que habrá de ser la más bondadosa y amable, que se ha esfumado dejándome en este eterno estado de irritación e ira que últimamente me acompaña y que me arrastra a la exasperación.

  He llegado hasta ese punto de confusión en el que ya ni siquiera sé quién soy realmente; no sé qué parte de mí sigue y cuál es la que se ha perdido. Y ahora, con Susana esperando al otro lado del hilo, totalmente desnudo y con el cuerpo esquelético rasurado y untado de vaselina, con las pesas metálicas incrustadas en los costados y con las pastillas de alimento en el bolsillo hecho con la piel de mi espalda, con el orinal por sombrero y con un miedo terrible impreso en el cadavérico rostro, me adentro en el teléfono con la incertidumbre de si llegaré o no al otro lado, y con la inquietante duda de no saber qué parte de mí viaja conmigo. 





Relato incluido en la antología "Nueva York" de M.A.R. Editor
Fotomontaje: José G. Cordonié

domingo, 28 de abril de 2013

K.


Ke los sueños del kastillo tras su puerta keden
atrapados,
komo la espera y la incertidumbre kreciente,
komo el intento último de medir las tierras.

K. sueña
kon Bürgel tras la puerta cerrada,
kon la kongoja seka en la garganta ataskada,
la alienación desesperante y kaótica,
la burokracia que absorbe la lógika humana.

K. se inquieta
sin saber si kedar kieto
o dar hacia delante un paso,

sin saber si existir en el tiempo
en la mente atrapado
de Kafka,

en la extinta mente,
si el absurdo de la razón keda apresado
en la sinékdoque de la memoria blanca.

K. traga saliva en la luz eskiva de la tarde
kon todo el peso del mundo koncentrado en un vaso.





De mi poemario inédito Los Cantos del Inframundo.
Fotomontaje: José G. Cordonié

viernes, 26 de abril de 2013

SUBTERRÁNEO


Fue el más largo viaje al imposible al que la nostalgia llega,

en una escala distinta de la que puedes encontrar en los mapas,
con la incertidumbre marcada en cada una de las huellas;
las que desaparecían cada vez que echaba la vista atrás.

Entonces atravesaba las sombras que encogían los caminos,
con una mezcla de fracasos y nostalgias en una botella mediada,
por los pasadizos secretos que dibujaste en la palma de mi mano
con tres líneas que indicaban esperanza, desasosiego y calamidad.

Me enseñaste melodías silbadas en arpegios imposibles,
el olor magenta de  las manzanas en el despertar de los instintos,
en una cama que era acre tras beber la jalea de los besos,
donde conocí los placeres subterráneos sin pronunciar la palabra amor.

Sentí más tarde que mi vida era triste y vieja como un blues solitario,
como un camino que se curva antes de llegar al horizonte,

antes de sorber la cólera de los recuerdos en un vaso de licor,
donde ahogo el recuerdo de la pasión y los días en el ron de tu sexo.

 Subterráneo es el significado de las noches encendidas,
las que dejaron colgadas de una soga las ambiciones y codicias.

Y ahora observo cómo se quema el alcohol de la indiferencia
buscando un verbo que conjugue esperanza, desasosiego y calamidad.





Dibujo: José G. Cordonié ©

[De mi poemario inédito Poemas de Luz eléctrica].

martes, 23 de abril de 2013

GRAFÍA DEL SUEÑO Y DEL ABISMO



La casa parece un jardín insólito,
y la noche entra todavía tímida,
un abismo en el ojo de la mente,
como el sueño que agarro y que reviento
para tratar de continuar soñando.


La noche es esquiva y es diminuta,
Es tibia, efímera y mal encarada.


Su sonrisa es en cambio interminable,
como el tacto de su piel en mis dedos,
y su sabor en la piel de mis labios,
que crece sobre mí hasta lo exquisito,
hasta sentirme eterno en un segundo.


La casa es como un jardín infinito.
Y la noche no llega a asomarse.


La casa es un jardín de mil objetos,
es mezcla de ficción y realidades,
donde los sueños pueden ser trazados
con el Arte comprimido en sus manos,
sobre la vida como un lienzo en blanco.


Su mirada decide que me quede,
y sus palabras dicen que me vaya.


Me marcho con la sonrisa colgada,
etéreo hacia el abismo de la noche,
mientras una leona y una perra
aúllan hacia una luna creciente.







Fotografía: "Naturaleza muerta en la cocina de mi casa de La Coruña" / José G. Cordonié

Expansión grave del infinito en un cerrar de ojos



Ese beso me dejó la piel de gallina
en una noche que traía la eternidad
arrastrada de tiempos pasados,
concentrando miles de noches
que otros amantes vivieron
siglos antes que nosotros.

Siglos antes de que nuestras voces
se entrelazaran hasta perderse en eco.

Imprecisión:

No somos más que un instante de luz
en la oscuridad del infinito;
un cerrar de ojos
donde los besos concentran sus azúcares.

La sensación agridulce que llega
cuando rebusco en tu tierra la ansiada trufa.

Confusión:

Tu boca encuentra mi aliento en el frío,
como si fuera el vapor de una máquina de tren
encallada en una vía muerta.

La desolación de un mar de piedra
lanzando sus olas contra los raíles.

Certeza:

El infinito se expande
mientras gastamos el amor en cada beso,
que extendemos en la oscuridad
mientras desollamos la noche suavemente,
quitándole la piel a tiras.






Fotografía: Recitando en Calvario 16 (Lavapiés) Abril 2013

domingo, 21 de abril de 2013

TREPANACIÓN DE LA REALIDAD



(la rabia encerrada)  

 Somos quizá las huellas extinguidas de una generación perdida, o la x disuelta de la ecuación de aquella otra generación a la que llamaron X, de la que no logramos conocer su significado. 
 


Quizá tan solo seamos una generación dinamitada, o una parte compuesta por solo aquellos que seguimos en el camino, cuyas cunetas se llenaron en otros días de cadáveres atrapados por sobredosis, o sida, o simplemente por la presión sonora de la puta realidad.  


 Un camino que algunos quisieron diseñar a su antojo tras vender su almas al sonriente señor Dólar. Y así nos lo quisieron vender. Parcelas inciertas de caminos inventados con las que llenaron sus arcas y que despilfarraron esnifando los días y las noches hasta endeudarse y que ahora nos piden que paguemos por ellos. 


Si ya les dimos la sangre, ahora piden la carne y los huesos. 


 Y ahora estamos en las calles, con los rostros famélicos por la hambruna de la incertidumbre, que nos ceba. 


Despiertos en mitad de la pesadilla, viendo como aquellos que nos robaron sin medida nos siguen robando el alimento de nuestra alma para tratar de curar sus resacas de malgasto y de caprichos embutidos de soberbia, de tiranía y de bellaquería sin par. 


 Tenemos la rabia encerrada en los puños mientras las armas del sinsentido nos siguen apuntando a la sien. 

Alguien gritará fuego antes de que pestañeemos.  


 Sé que alguien gritará fuego antes de que hayamos decidido el primer movimiento. Que seguiremos quietos dibujando sueños que sólo serán sueños, porque tendrán el trazado de la lógica, del sentido y de la razón.  


 Por eso serán sueños.  


 Sólo por eso lo serán. 


 Nos vestirán con sus trajes antiguos y decadentes, nos sentarán a su mesa y, con la mejor de sus sonrisas, nos insistirán en que nos comamos su mierda.

Dibujo: José G. Cordonié

sábado, 20 de abril de 2013

DESIERTO



Desierto es una acepción amplia. Negra ciudad, Asfixia blanca, Desierto extenso de hormigón armado, Neones que despiertan los voraces apetitos de las hambres abiertas a puñales en tus carnes de cemento y piedra.

Desierto son calles con asma, la soledad en la muchedumbre, Desierto es la respiración cortada en el óxido de los días, es hablar cuando no quedan palabras, la sensación de estar ido en travesías de ansia y de pena.

Desierto son las noches en vela, la risa irónica del animal político, Desierto es el llanto del hombre llano, las manos rotas por el trabajo, es morderse la lengua hasta tragar la rebeldía, el desvelo de estar a la espera.

Desierto es esta tormenta de arena. Desierto es esta burla canalla. Desierto es el puñal clavado en tu espalda por la máquina que cada día alimentas. Desierto es esta mentira, que nunca creímos, pero que seguimos fingiendo.

Desierto es si te quedas quieto.

Desierto. Eres Desierto si aun te quedas quieto.




Foto: José G. Cordonié

viernes, 12 de abril de 2013

Fragmentos desgastados de la decadencia


Soy el silencio en esta guarida de miedo,
la estatua a la que el tiempo ha arrancado los brazos,
donde los pájaros de la indiferencia vacían sus tripas,
mientras el viento se hace más frío y salvaje.

Soy el eco de los gritos que tus ojos proyectan,
el agujero de bala en la puerta de la trastienda del Cielo,
donde dios comprueba el diámetro metiendo su dedo,
el mismo con el que pintó la sonrisa en tus labios.

Soy el laberinto donde se pierde tu estridencia,
el callejón en penumbra donde follan los perros,
donde el diablo excavó con sus manos un mundo subterráneo
mientras la luz del farol corroía la llama hasta extinguirla.

Soy la risa rota en una garganta de hielo,
el fuego que prendiste chocando la pasión y la furia,
donde ya sólo quedan las cenizas de la indiferencia,
las mismas que el viento arrastrará siguiendo tus huellas.




De mi poemario inédito Poemas de Luz Eléctrica
Foto: José G. Cordonié

domingo, 7 de abril de 2013

TREPANACIÓN DE LA ÁCIDA POÉTICA DEL ROCANROL


La cólera del viento atravesando la piel como un sueño que al instante se hace inmenso, 
cabalga la noche como un puto espejismo en un váter de un garito lleno de mi soledad, 
y del Ansia, donde espero las ondas de luz que me hagan levantar, volver a soñar, 
poder ser héroe, sólo un día más, inmortal hasta la Muerte.Pero la parte más fría de la vida es un temblor en lo más terrible de la noche. 

Una cuchillada que te raja los ojos…          
…Caballos salvajes en la sangre, Caballos al galope en el lado salvaje de la vida… 
…Caballos afilados como navajas, mordientes Caballos abriendo las calles que alumbraron nuestra prisa, nuestra improvisada rebelión, nuestra agonía sobre la sombra de la Iguana, sobre la intermitente luz del émbolo de una jeringuilla, sobre el sonido armónico de nuestros pasos, cuando fuimos los más grandes,
los mejores, los más chulos, ungidos por la más austera arrogancia de la calle, de los arrabales, 
de los bares donde comprimíamos de luces y de sombras la realidad hasta hacerla fantástica. 
Cuando fuimos animales de rocanrol.
Porque tuvimos el rocanrol en la puerta de la noche sacando punta a los sentidos hasta reconvertir el glam, 
 y silencio en las pupilas ampliadas por el ojo de la mente, atravesando la espalda de la vida, 
que nos traicionó... 
Fuimos inmensos, fuimos diferentes, distorsionamos los sueños con la dulce acidez de nuestras risas, con palabras llagadas de poesía, con la amistad en hardcore, tan amplia como una vena abierta hasta desangrarse. 
La vida cristaliza en un chute de calor y hielo definiendo mi mente en fragmentos de un caleidoscopio, 
donde me observo. Descodifico mi alma en un laberinto de esencias mientras vuelve el émbolo a bombear más vida, vida como sueños comprimidos en un ritmo latiente, como música creada con un solo soplido… 
Y huye la noche para volver con su máscara de enfermedad siniestra que se agarra al cuerpo hasta asfixiarlo.  

Y la vida huye... …
… A veces huye y me siento como un dios extraño. Como un ángel cagando en la puerta de atrás del cielo, como El Ángel reuniendo sus sueños en los planos de la demolición, trepanando la ácida poética del rocanrol, como su voz descubierta en un eco que resurge entre acordes disonantes de lo que fue otra realidad.



Un pequeño homenaje a El Ángel (Ángel Caballero) y a su libro Los Planos de la demolición.

Dibujo: José G. Cordonié