domingo, 27 de octubre de 2013

BESTIARIO

Micro-relatos mal escritos 

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La mujer se levantó de la cama y fue al baño. Se aseó en el lavabo y, justo después, eligió un vestido azul y blanco de su guardarropa. Observó con la sonrisa amplia como entraba la luz por la ventana del dormitorio. Era una luz almíbar, dorada y esmeralda. Se vistió pensando que podía ser un día maravilloso. Seguidamente volvió al cuarto de baño, limpió nuevamente su rostro y lo miró en detalle en el espejo. Le pareció una cara casi nueva, como si realmente la estrenara. Con cierta ilusión comenzó a maquillarse. Una vez que finalizó su tarea, retocando el borde de sus labios recién pintados, volvió a observarse en el reflejo.  Ahora su rostro le pareció cansado. Tomó con desdén los discos de algodón y la crema limpiadora y borró enérgicamente el maquillaje de su rostro.  Se desvistió extrañada por la luz que entraba por la ventana, y tras ponerse el camisón, se acostó en la cama, sin poder recordar lo que había hecho en el día.

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          El filósofo se detuvo. Sus dedos quedaron quietos, posados sobre el teclado. Releyó la última frase escrita: "Dios ha muerto". Le pareció que aquello ya había sido escrito antes. La volvió a leer y la mantuvo durante unos segundos encerrada en el laberinto de su pensamiento.  Sin duda, aquello le sonaba, aunque cada vez que repetía la frase con la voz silenciosa de la mente, le parecía tener distinta sonoridad. Ahora el significado no importaba. Al menos, no ahora. Solo el ritmo y el sonido de las letras adheridas formando las palabras. "Dios ha muerto". Extrañamente le resultaba familiar. Dejó a un lado el pensamiento para volver a golpear las teclas de la máquina y seguir escribiendo: "El eterno retorno"...

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           Lucía sabía que él adoraba las cerezas. Siempre reservaba las mejores para él. Esperaba a que llegara de la oficina y se acercara a ella, ensayando su mejor sonrisa tras una larga jornada de trabajo. Entonces, como si abriera de repente la respuesta a sus deseos, le decía en un hilo de voz cantarín: hoy he traído cerezas. El le devolvía la sonrisa, cruzaban después algunas palabras sin importancia, y luego le miraba marcharse,  esperando a que se cumplieran los pocos minutos que quedaban para cerrar la frutería, imaginando que él llegaría a un hogar donde estaría lleno de todo aquello que ella siempre encontraba vacío.

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Ramón Ardanés es un hombre feliz. Quizá lo sea porque nunca se ha detenido a pensar en si realmente lo es. Todos creen, además, que Ramón Ardanés es un hombre feliz, a pesar de que nadie jamás se ha detenido a pensar en la razón de su felicidad. Aunque bien mirado, posiblemente, Ramón Ardanés no tenga ninguna razón objetiva para ser feliz. De la misma manera que, si entramos en el detalle, seguramente nadie tenga un argumento objetivo y convincente con el que pueda razonar el porqué de esa supuesta felicidad. Aún es más, si analizáramos el asunto a fondo, llegaríamos con toda probabilidad a la conclusión de que Ramón Ardanés es un hombre muy poco feliz. Un desdichado, incluso. Y llegaríamos a esta decisión al mismo tiempo que tendríamos la seguridad de la ignorancia de todos aquellos que piensan y opinan, sin tener siquiera vela en este entierro, que ramón Ardanés es un hombre feliz. Sin detenerse a pensar, ni siquiera una décima de segundo, en qué consiste la felicidad. O si hay alguien,  realmente, a quien le importe si Ramón Ardanés es feliz o no.

Φ
           En aquella noche, que pudo ser silenciosa y sin embargo no lo fue, mientras vaciaba el azufre del día en la calma de mi hogar sobre una reflexión sobre si realmente un descendiente del mono había pisado la luna o no, el Genio de la lámpara maravillosa se apareció ante mí, sin que yo lo hubiera pretendido ni deseado. Sin siquiera haber imaginado que algo así pudiera llegar a ocurrir. Y sin , por supuesto, haber frotado ni una sola vez esa cobre lamparita de metal herrumbroso que adornaba la mesa en penumbra del fondo del salón.
             Te concedo tres deseos —habló el genio con voz engolada utilizando un cierto tono barroco muy al uso de los locutores radiofónicos de los años 50—. Puedes pedir lo que desees: las mayores fortunas, las mujeres más bellas del mundo, la fórmula magistral  de la felicidad. Nada es imposible para mí y yo te lo puedo conceder.
             Me quedé mirando su cuerpo informe de humo gelatinoso y, buscando sus diminutos ojos en la parte vaporosa que debía ocupar su cabeza, le dije: 
Esto es lo que quiero, y no ninguna otra cosa: (1) una versión de Moon River interpretada por Tom Waits, (2) un remake de Orgullo y prejuicio filmado por David Lynch, y (3) una reinterpretación del Mito de Sísifo por Allen Ginsberg.
             Después de esto, el Genio, en un torbellino de vaho y sándalo, se adentro de nuevo en la lámpara maravillosa hasta desaparecer. Entonces, la noche pareció extenderse hasta donde el infinito parece ido. Hasta donde la noche parece muda, ciega y maniatada.

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Ezequiel Danguínez se asomó a la ventana y se vio a sí mismo cayendo al vacío desde lo que supuso que sería el tejado. Ni siquiera le dio tiempo a gritar antes de estamparse contra la acera. Ni siquiera le dio tiempo a recordar aquel documental que había visto una noche y que trataba sobre mundos paralelos.

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            La confección de un rompecabezas de diez mil piezas puede ser una tarea ardua. Incluso una hazaña para aquel que no es diestro en el ensamble de las piezas multiformes y coloreadas, ni cuenta con una perspectiva espacial y abstracta que le permita inicialmente ubicar en la mente los fragmentos de cartoncillo dispersos por la mesa hasta convertirlos en una única imagen, para luego limitarse únicamente a colocarlos físicamente en el orden adecuado.
           Juan se preguntó por la razón de haberse decidido por la realización de un puzle, sin encontrar respuesta alguna, de la misma forma que no supo discernir el porqué de haber elegido aquella enorme fotografía de Disney World entre la amplia gama de rompecabezas que había en la tienda. Lo que en su momento imaginó como una diversión, un simple pasatiempos para matar sus ratos muertos, había terminado por convertirse en una tormentosa faena que había llegado incluso a la obstinación y a la obsesión por finalizarla.
            Habían transcurrido casi tres años desde la colocación de la primera pieza, y se había levantado esa mañana con la absoluta certeza de que seria el día en que acabaría su obra. No quedaban apenas más que una decena de piezas por acoplar y así culminar la inmensa panorámica del maravilloso mundo Disney. Al cabo de media hora, sólo quedaba una única pieza por ajustar. Aquella que se correspondía con la oreja izquierda de un gran Mickey Mouse que presidía la foto. Juan frotó sus manos, satisfecho e impaciente, y metió la mano en la caja para extraer al fin la última de las piezas. Pero allí no había nada. Absolutamente nada más que un vacío muy similar al que entonces le recorrió la mente y el cuerpo, y que ya nunca más le abandonaría.


Φ 
Tardó un buen rato en darse cuenta de que, al cortarse las uñas de los pies, se había llevado por completo el dedo meñique del pie izquierdo. Probablemente no se percató de ello hasta que vio un gran charco de sangre en el suelo en donde flotaban los fragmentos de las uñas recortadas, cuando se disponía a recogerlas con la ayuda de un pequeño cepillo y un recogedor.
Ignacio Malaventura se quedó mirando su dedo meñique seccionado en el suelo, y tras limpiarse la herida con agua oxigenada y taparla con una tirita, decidió que era el momento de volver a ponerse aquellos zapatos que tanto le gustaban y que le apretaban un poco justo en ese pie.

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 Cuando Federico Chapines recibió por fin en su casa la guitarra con la que le obsequiaban por matricularse en el curso de CCC, se dispuso de inmediato a tocarla. Colocó la guitarra sobre su rodilla y abrió el fascículo número 1 del Método “Aprende a tocar la guitarra en siete días”. Comenzó rápidamente a imitar las poses de los dedos de las ilustraciones y a rasgar las cuerdas con la mano derecha.
La verdad es que le pareció bastante sencillo extraer el sonido de aquella guitarra, aunque sonara mal. ¡Pero qué más daba! Que sonara bien o mal tampoco era ahora lo más importante. Lo significativo era que él era el primero de su familia que aprendía a tocar un instrumento musical y eso le hacía sentirse realmente orgulloso.
Eso era lo verdaderamente importante, y así lo pensaba Federico Chapines mientras seguía imitando las posturas del manual, esperando poder llegar a convertirse en un auténtico virtuoso en menos de una semana, justo a tiempo para la actuación que tenía ya concertada en la sala de audiciones del Real Conservatorio Superior de Música, donde había solicitado la plaza de profesor titular de guitarra.

Φ
 Raúl Tenebrés se levantó el día 1 de enero con una resaca mortal de la cama. No recordaba en absoluto lo que había hecho en toda la noche. Ni siquiera era capaz de recordar si la había pasado con Clarita Retruenco, el gran amor de su vida desde los viejos tiempos del colegio.
Al desnudarse en el baño, decidido a tomar una reparadora ducha de agua caliente, pudo ver aterrado en su reflejo del espejo cómo su pene no estaba. ¡No recordaba nada de la noche, pero había perdido el pene!  El corazón casi le dio un vuelco al cerciorarse con sus manos que, efectivamente, el pito había desaparecido.
Estaba a punto de desmayarse cuando al fin lo encontró en su cuerpo reflejado en el espejo, pegado en su cabeza a la altura de la sien. Respiro tranquilo, soltando un sonoro buuffffffffff en un soplido que le llevó a la calma. Una vez sosegado, Raúl Tenebrés abrió el grifo y se duchó con cierta parsimonia, tarareando una canción ligera, pensando quizá en nuevas posturas para hacerle el amor a su muy amada Clarita Retruenco.
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El capitán Emérito Tripagorda fue el último en abandonar la embarcación mientras ésta se hundía en la mar, a poco menos de cuarta milla de la playa. Las mujeres y los niños abandonaron rápidamente la nave, tan pronto empezó a naufragar, y él se quedó de último, viendo cómo sus sueños se hundían a la misma vez que la nave era tragada por las aguas.
La corpulenta bañista con la que habían chocado llegó flotando inconsciente hasta la arena, donde recibió el auxilio del socorrista, quien tardó en decidirse si practicarle o no el boca a boca al ver su dentadura postiza descolada dentro de su anciana cavidad bucal, mientras que a su lado, el alquilador de las barcas de pedales gritaba enfurecido al capitán Emérito Tripagorda, viendo como éste se hundía erguido solemnemente sobre su embarcación a pedales hecha trizas.
Φ
 Lucrecia Tarditemprano sintió un miedo atroz cuando descubrió en su habitación al fantasma del Sr. Regollete. Pero esa especie de pánico no se mantuvo más que en los primeros encuentros, y luego se fue poco a poco evaporando al mismo tiempo que fue descubriendo que la compañía de aquella insólita aparición era lo mejor que le podía haber ocurrido a una mujer solitaria como ella, a punto de cambiar su estado de soltera por el de solterona recalcitrante.
Más sin duda —pensó— le aterraba la terrible soledad que había tenido hasta entonces.
Noche tras noche fue descubriendo en sí misma el placer de la charla. O mejor dicho, de poder contar sus penas y sus congojas, sus tristezas y sus aflicciones a alguien que parecía estar dispuesto a escuchar, aunque fuera un fantasma extraño y poco hablador.
Pero aquella noche de inicios del frío enero, Lucrecia Tarditemprano no supo qué pensar cuando el fantasma del Sr. Regollete, harto ya de escuchar sus tristes y aburridas charlatanerías y monsergas, se subió a lo alto de un taburete y, sin más,  se ahorcó con una cuerda que poco antes había atado a la viga del techo.
Y justo antes de desaparecer para siempre, la voz del insólito fantasma quedó unos segundos en el aire formando un eco que Lucrecia Tarditemprano no olvidaría jamás, al igual que las palabras que arrastraba: “Mira que eres cansina. ¡Anda y que te den!”.

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 Cuando llegó la noche y se acostó, Arturito Lombriz tardó varias horas en coger el sueño. A su cabeza llegó una imagen que no podía eliminar y que no le permitía dormirse. Aun sin desearlo, mientras buscaba caer en el sueño, la imagen de Dios se había instalado en la pantalla de la mente. Una imagen donde Dios estaba representado por una figura antropomórfica.
Arturito Lombriz, tratando de eliminar infructuosamente esa imagen de su cabeza y así poder llegar al sueño, imaginó si Dios usaría sombrero. Y de hacerlo, ¿qué tipo de sombrero utilizaría? Entonces, comenzó a imaginar esa imagen mental de Dios con diferentes sombreros. Fue poniéndole, uno tras otro, sombreros de todo tipo, desde la boina escocesa hasta el típico sombrero mejicano, pasando por la gorra de capitán de barco, el colorido gorro de lana peruano y el abrigado sombrero ruso de cuero y piel, el tipo canotier de paja y el clásico de ala ancha, el bombín negro y el sombrero de copa, el tricornio de la Guardia Civil y la ajustada montera de torero.
Al final llegó al sueño lentamente, en el momento en que trataba de resolver si el sombrero que mejor le encajaría sería uno de cowboy o quizá de tipo tirolés. Justo cuando imaginaba a Dios con una gran sombrero de cowboy montado sobre una bomba atómica, al modo del Major T. J. "King" Kong (Slim Pickins) de la película “Teléfono Rojo: volamos hacia Moscú” de Kubrik, volando a horcajadas sobre una gran bomba… Y así, al fin, llegó al sueño.
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Amalita Forrales era una mujer avariciosa. Le gustaba acaparar todo aquello que le parecía
hermoso o, más aún, si parecía mostrar algún valor. Todo el mundo decía que Amalita Forrales era una mujer avariciosa. A pesar de ello, la propia Amalita, sin aceptar ese adjetivo que le parecía estar sólo en boca de envidiosos y muertos de hambre, se sentía únicamente una mujer que sabía atesorar aquello que le hacía sentirse dichosa al poderlo contemplar a su alrededor.
Piedras preciosas, joyas de todo tipo de metales deliciosamente labrados, estatuillas de bronce o de plata, relojes que apenas atrasaban segundos en maravillosos mecanismos de oro puro, sedas, damascos, gasas de brillantes colores, bordados en finos hilos y con pedrería incrustada, miles de pares de zapatos de distintas formas y colores ordenados en perfecta alineación, trajes y túnicas, camisas y faldas que se extendían a lo largo de decenas de metros de barras de donde colgaban dispuestos por tonalidades, colecciones de sellos, cuadros de famosos pintores, meteoritos de origen de diversos planetas, animales disecados, incluso lo más insólitos del mundo, perfumes exquisitos en frascos de distintos tamaños y colores, plumas estilográficas que habían pertenecido a insignes poetas…
Amalita Forrales parecía tener todo aquello que a una mujer podría hacerle sentir feliz y todo el mundo pensaba que Amalita Forrales era una mujer feliz. Pero sin embargo había algo que la pobre Amalita no había conseguido obtener y esa falta le martirizaba hasta llegar el más profundo sufrimiento.
  

Φ
Aurorita Cifuentes adoraba mascar chicle. Podía pasar horas y horas con el chicle dentro de la boca, de un lado a otro, masticándolo con fuerza hasta dejarlo sin sabor, inflando pompas que, en algunas ocasiones, cobraban una dimensión extraordinaria.
Aquella mañana lánguida de sol torpe enredado entre nubes nimboestráticas, empezó a inflar un globo con su chicle mientras observaba por la ventana los pequeños acontecimientos cotidianos de su calle; la descarga de cajas de fruta en el ultramarinos, el riego de la alameda, el caminar con prisa de las gentes hacia sus trabajos, la llegada de la furgoneta de la panadería…
La pompa de chicle fue hinchándose como si fuera un globo de helio. Creció inmensa decolorando su color fresa hasta ocupar su cabeza por entero. Tanto creció que en pocos segundos terminó por engullirse la cabeza de Aurorita. Ahora, dentro de ese globo de chicle, parecía que se hubiese puesto una escafandra o un casco de cristal rosáceo.
Entonces Aurorita Cifuentes volvió adentro de la casa y cerró la ventana. No sabía cuánto oxígeno le quedaba y aún quedaban muchas tareas por hacer. No quería que cuando sus hijos volvieran del colegio se encontraran la casa hecha una leonera.

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El rey Midas deseaba todo el oro del mundo. Tan grande era su ambición que no había otra cosa que más quisiera tener en el mundo más que eso, es decir; que todos los objetos que le rodearan fueran de oro. Su reino de Frigia, su palacio y sus grandes riquezas no le llenaban lo suficiente para ser realmente feliz, porque siempre le quedaba un sentimiento interior que le pedía más.
Por eso, cuando el dios Dionisio le ofreció que le pidiera un deseo que él haría que se cumpliera de inmediato, el rey Midas no tuvo la menor duda en pedirle que se convirtiese en oro todo aquello que tocase. Y dicho y hecho. Midas, como un loco, se puso a tocar todo aquello que encontró a su paso y vio encantado como nada más rozarlo con sus yemas se volvía de oro puro.
Tan excitado se puso Midas que sufrió una gran erección. Al descubrirse de aquella manera tan notoria y palmaria bajo su túnica ante el dios que le acababa de conceder su deseo, se disculpó sonrojado ante Dionisos y se fue al excusado para calmarse aquella agonía que se  hacía física entre sus piernas.
Después se escuchó un “¡Ay!”. Y  ya no se volvió a escuchar nada más.



dIBUJO: José G. Cordonié

3 comentarios:

  1. Que grandioso derroche de imaginación, sentido del humor y creación literaria, que honor, amigo, leerte y conocerte.

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  2. He disfrutado muchísimo con estos micros!!! Imaginación y risa, para mí, la combinación perfecta.
    Gracias por compartir!!
    Un abrazo

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