martes, 27 de agosto de 2013

EL BESO

THE END
Cuando en la pantalla del cine aparecieron sobreimpresas las letras que componían estas palabras sobre sus rostros, el señor K y la señora Q se besaban apasionadamente, aunque en ese beso, además de la fogosidad y del entusiasmo, se encontraba también la fuerza violenta del deseo reprimido, durante mucho tiempo y hasta ese instante, y además tenía también, el beso, la pose de la estética romántica por antonomasia: las cabezas ladeadas, los párpados suavemente cerrados, los labios apretados y avanzados, pegados con fuerza a los otros labios, y los cuerpos inclinados y abrazados con la misma violenta suavidad que el propio beso.

Luego llegó un fundido en negro y, tras él, se encontraron en una inusitada soledad que recibieron perplejos, como una situación desconocida e insólita a la que fueran completamente ajenos y que les invadiera de repente, y que justamente por ser extraña y novedosa no supieron definir, ni siquiera se aventuraron a pensar algo sobre ella; se limitaron a mirarse como si fueran dos extraños sin saber realmente qué hacer ni qué decir en mitad de aquel lugar que apenas reconocían, a pesar de advertir en la estancia un algo familiar y otro algo que en absoluto conocían. Por primera vez se sintieron solos. La situación en verdad les extrañó; durante una hora y media habían permitido que todo tipo de detalles de su vida se hicieran públicos, que se proyectaran en una pantalla gigantesca para que cientos de espectadores, en la realidad del otro lado, conocieran sus alegrías y desdichas, sus placeres y sus aflicciones, sus deseos y sus penurias, a través de sus pensamientos discurridos en voz en alta o en voz en off, o a partir de sus acciones, de sus intrigas y de sus hechos. Pero ahora ya todo era diferente; ya nadie les observaba, ya nadie parecía interesado en la continuación de aquella historia que suponían finalizada en ese beso romántico y novelesco. 


Por eso, cuando se dieron cuenta de la situación en la que se encontraban (y tardaron bastante tiempo en ser conscientes de lo que ello supondría), se separaron del abrazo que aún aprisionaba sus cuerpos, midieron una distancia de al menos un par de pasos, sin dejar de mirarse a los ojos, y uno de los dos se aventuró a preguntar un “¿Y ahora qué?”, que no obtuvo respuesta alguna y tras el cual volvió a sentirse el inquietante y taimado silencio que anteriormente les había intimidado y sorprendido.

La luna entonces se alzó incompleta en su esfera, cuando la noche se ampliaba devorando el horizonte y el sueño buscaba donde extender hasta el alba sus raíces letárgicas, y el señor K y la señora Q decidieron, vencidos por el cansancio y por las impresiones del día, acostarse en la cama del decorado de su habitación, pensando que tal vez con la luz del día vieran las cosas más claras.

Sin embargo, la mañana fue entrando despacio y lenta, como si no tuviera ánimo de llegar, y con la incertidumbre extendida en la sombra de las mil dudas que se fueron desplegando sin hallar respuesta alguna, sino, al contrario, muy lejos de ver las cosas más claras tras la noche, que pasaron casi en vela, en silencio, la preocupación fue incrementando sin interrupción, ante el vacío que se les abría con la incógnita sobre sus vidas, hasta llegar a sus conciencias como un sentimiento de fracaso, que terminó al fin por convertirse en una obsesiva preocupación ante las constantes vacilaciones sobre el qué hacer a partir de entonces, qué decir, qué sentir. ¿En qué consistían ahora sus papeles en la vida? 

Y cuando todavía estaba empezando a amanecer, la señora Q padeció su primera crisis nerviosa: era la primera vez en toda su vida que se enfrentaba por sí sola con la realidad y sabía, aunque no concebía cómo hacerlo, que tendría que decidir por sí sola; el guión ya no decía nada más, ni estaban a su alrededor las maquilladoras, ni las peluqueras ni las asistentes de vestuario. Se sintió desamparada, en una soledad hermética que la asfixiaba con una ansiedad que le crecía en el pecho y que trató de dominar con una respiración profunda y pausada. 

Se sentó en el sillón isabelino del decorado de la habitación y pensó que tal vez lo más adecuado sería no hacer nada y esperar la llegada de la script, del guionista o del director. No alcanzaba a comprender la situación y esta nueva sensación la desconcertó una vez más. Aturdida, sin saber realmente qué hacer, buscó desesperada las marcas en el suelo que le pudieran indicar su posición en esa escena, pero no encontró más que las marcas emborronadas de las escenas ya filmadas en el día anterior. Cogió exasperada el guión entre sus manos y fue hasta las páginas finales temiendo que se hiciera cierto el presentimiento de lo que allí iba a encontrar; tras el The End no había nada: absolutamente nada. Estrujó el guión con sus manos y lo lanzó contra la pared de una manera violenta, con un temor y una rabia tejidos por el hilo de la impotencia y de la incertidumbre, sintiendo aún más intensa la soledad.

Entonces miró hacia su marido dormitando en la cama, medio desnudo, y le pareció un completo desconocido. Curiosamente conocía su pasado, incluso sabía los datos principales de su vida entera, que primero había podido leer en el guión y que después había ido viendo como se montaba en imágenes con una narración en voz en off que resumía su vida desde su nacimiento. Sabía todo de él, pero era un auténtico desconocido. Nada conocía de su verdadera personalidad, ni de su cotidiana forma de ser, ni siquiera le había escuchado jamás una sola palabra que ella no conociera antes por el guión. Incluso, cayó en aquel momento en la cuenta de que su amor era falso, fingido, decidido y concertado por los guionistas. Ese amor era tan falso y fingido como aquel beso romántico al que se habían entregado al final. ¿Dónde estaba el romanticismo de su historia? ¿No sería, acaso, su marido nada más que un personaje? Volvió a mirarle, girado en la cama, y le pareció asqueroso. ¿Cómo se podía haber enamorado de aquel tipo orejudo y con ese ridículo bigotillo?

La señora Q rompió a llorar. Sintió una congoja que se le anudaba en el estómago y que la dejaba sin aire. Repasó mentalmente las escenas finales de la película y le pareció una hermosa mentira, una estafa y un fraude a miles de espectadores que habían vibrado siguiendo sus desdichas y sufrimientos hasta encontrar el amor de su vida, sin saber que ahora nada de aquello quedaba, que sólo había sido una ficción a la que seguía un pozo de soledad y tristeza que la engullía hacia su fondo. ¿Qué pensarían todas aquellas mujeres que la envidiaron si supieran ahora la verdad de su vida? Nada podrían imaginar sobre el odio que empezaba a sentir sobre ese ser detestable que roncaba desnudo en su cama, ni tampoco que la casa de ensueño donde había transcurrido la acción no era más que un decorado de madera y cartón, sin casi paredes y sin techo, levantado sobre una nave fría y desierta. Todo lo que allí había era falso, de mentira; atrezo, sólo atrezo.

Cuando el señor K se despertó al fin, sintió que el mundo se le venía encima; ya no estaban sus criadas, ni el desayuno preparado, ni el periódico del día se encontraba a los pies de su cama, ni el relajante baño caliente de espuma le esperaba. Ni siquiera su encantadora mujercita se encontraba sentada a su lado para desearle amatoriamente los buenos días.

 ¿Dónde estaba todo aquello que siempre había tenido? Descubrió que el maravilloso paisaje que encuadraba la ventana no era más que un lienzo pintado, que su rostro ya no tenía la frescura y el encanto que las esteticistas conseguían, ni tampoco su mujer la pareció la belleza de antes; sin peinar y sin maquillaje parecía realmente distinta, que en nada se parecía a la mujer que había amado. Entonces recayó en ello, en sí realmente la había amado. Y no supo qué pensar al darse cuenta de que todo lo que había dicho y hecho hasta entonces se restringía estrictamente a la letra del guión.


Se miraron, ya no con la dulzura y el misterio que la cámara encuadró antes de aquel beso de amor, sino con incertidumbre y miedo, sin reconocerse en esas miradas, sintiéndose engañados y miserables, expulsados de un paraíso donde soñaron que vivirían siempre. 

Entonces se preguntaron: “¿Y ahora qué?”, y ninguno respondió porque sabían que cualquier palabra que dijeran podría ser utilizada en su contra.



Relato de mi libro inédito Las Malas Acciones.
Fotomontaje basado en fotografía de Lo que el viento se llevó

1 comentario:

  1. Que maravilla de relato, me ha encantado porque conjuga mi amor al cine y a los buenos relatos, además yo también he pensado en más de una ocasión al finalizar la película ¿y ahora qué?
    Colosal, querido amigo, este me lo guardo entre mis pequeños tesoros.

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