viernes, 5 de julio de 2013

SÍSIFO

El alquimista perdió la memoria, y las Musas, como ángeles comediantes de alas de plástico y resina, interpretaron entonces la nueva receta para convertir la piedra en oro.
Fue cuando comenzó la pantomima en nuestras calles. Cuando los Poderosos buscaron el oro mientras el pan de los hombres se hacía de piedra.
El hambre siguió su rumbo negro desde el día hacia la noche, sin detenerse ni siquiera un paso, esquivando al horizonte en la colina recortada de las esperanzas, donde Sísifo empujaba la piedra que rodaba otra vez hacia abajo, en ese oscuro castigo tan certeramente representado en los frescos de Lesche de los Knidios en Delfos.
“Buscar esa oscura piedra y convertirla en oro –alguno de ellos dijo-, quiero ver el sacrificio y el esfuerzo por el pecado y el castigo”. Y siguió en un lamento que se fue haciendo grito: “Pero esto es sólo una piedra. Sólo una piedra. Y yo quiero oro, quiero brillo en esta escena, como fue en los pinceles de Polignoto. En el purpúreo amanecer quiero que esa piedra sea oro y su sombra en la ladera sea oro, cuando ruede que cada giro sea oro, y así alumbre los avernos en donde se estancan nuestros tesoros”.
La realidad nos aplasta con su pulgar de acero.
Los anhelos se cuelgan del cuello hasta perder el último aliento de la ofuscación que los arrastra.
Los Poderosos sostienen la sonrisa aun colgada en la cara, observando el renacimiento del papel-moneda montados a los hombros del diablo.
Ellos nos sirvieron la ironía y la crueldad como castigo, hicieron sus juegos malabares con el orden social, económico y político hasta dejarlo caer al suelo. Quizá por su torpeza. Quizá por la avaricia de ir añadiendo más piezas a su juego.
Tal vez esperaron un aplauso y les llegó el silencio de nuestros gritos, mientras seguimos cargando a la espalda la piedra de nuestros sueños, que tiene el peso de un Universo invertido,  que rompe en dos nuestra espalda, como la de Sísifo, cada vez que la plúmbea piedra rueda de nuevo hasta el fuego del abismo, a las calderas encendidas de la injusticia, a las llamas eternas de la codicia, donde se cocinan sus voluntades.
Quizá, en ese fuego que encendieron, veamos sus músculos derretirse como el plástico, y sus manos, y su rostro y sus arrepentimientos, cuando sólo quede oro de la piedra que han pulido hasta hacerla oro, justo antes de llegar a la cima del mundo.
Cuando el oro no valga ni su peso en inmundicia.
Cuando el mundo no sea más que el antagonista de nuestros deseos.


Camus me habló de los hombres, y de Sísifo, en el oído, antes de ellos entraran en mis noches para reinventar las pesadillas.


Dibujo: José G. Cordonié

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