domingo, 14 de julio de 2013

LA VERDE DONCELLA

 - Eres un mierda. Y lo sabes.
Martínez salió de su casa sintiéndose un fracasado. Salió dando un portazo que retumbó en todo la casa. Nada más cerrar la puerta de aquel modo se arrepintió de ello. Incluso antes de que la puerta golpeara violentamente en el marco. Pensó en volver a entrar en su casa y pedir perdón, pero tras sopesarlo durante unos segundos decidió no hacerlo. Acababa de tener una discusión con su mujer, Julieta, en el desayuno, justo antes de que sus dos hijos, de seis y cuatro años, se despertaran para ir al colegio, y nadie sabía mejor que él, que el ambiente en ese momento no era el propicio para entrar y pedir perdón. Si lo hacía, estaba seguro de que se reanudaría la pelea y eso era lo último que deseaba. Tampoco que sus hijos pudieran ser testigos de la discusión. Cruzó el jardín hasta la puerta del garaje pensando en cómo se había iniciado la disputa. La verdad es que no conseguía recordar cómo había empezado todo. Recordaba cosas sueltas; que se habían echado cosas en cara el uno al otro, que habían sacado todos los trapos sucios sin ningún sentido; y recordaba también algunos de los insultos que se habían dicho. Aunque lo que mejor recordó fue la última frase de ella, como una sentencia: “Eres un mierda. Y lo sabes”.
Quizá la bronca, como tantas otras veces, había empezado porque se había puesto mucha mantequilla en la tostada, o porque se había echado mucho azúcar en el café, y Julieta llevaba meses tratando de que bajara esa incipiente barriguita que se le estaba formando. O quizá no había sido por eso, sino que por cualquier otra cosa. No conseguía recordar exactamente el inicio de la discusión, pero tenía la seguridad de que aquella bronca había empezado por una absoluta tontería. Una nimiedad. Una ridiculez que había servido de detonante para enfrascarse en aquella absurda pelea en la que él había quedado prácticamente callado.
Al abrir la puerta del coche notó enseguida un olor rancio y desagradable. Tras echar un vistazo en el interior, encontró en el asiento trasero, junto a las sillitas de seguridad de los niños, restos de sándwiches, trozos de galletas y fruta mordisqueada. Arrancó el coche y abrió la ventanilla. Pensó en el café que se había dejado a medio beber en la cocina, interrumpido por la riña, y sintió la necesidad de tomar un buen café caliente antes de comenzar la jornada. Decidió que  pararía en el Café de Los Juan antes de entrar en la oficina y que aprovecharía el momento para echarle una ojeada tranquilo al periódico. Incluso pensó en llevar después del trabajo el coche a lavar, aunque al rato de estar conduciendo se olvidó completamente de ello. Encendió la radio y buscó en el dial un canal de noticias. Giró varias veces la ruedecilla de la emisora hasta lograr sintonizar una cadena local, donde escuchó el resumen final de las noticias. Sólo los titulares. No pudo escuchar mucho, pero se hizo una ligera idea de los principales sucesos y eventos del día. Le gustaba estar informado, y además era el tipo de persona que creía que debía estarlo, que era parte de su trabajo. Volvió a girar la rueda del dial hasta encontrar una emisora de música. Sonó una canción que, aún sin conocer su nombre ni el intérprete, la reconoció inmediatamente. Reconoció la melodía y trató de seguirla con un tímido tarareo, pero fue consciente que nada más empezar perdió totalmente el tono y el compás. Le extrañó que en la radio pudiese sonar una canción como aquella, pero más le sorprendió que recordase esa cancioncilla tan machacona e increíblemente mala que su mujer escuchaba en casa a todas horas.
El Café de Los Juan estaba repleto de gente, como siempre. La barra estaba completamente llena de platos y tazas de café, formando hasta tres o cuatro filas. Martínez saludó a varios de los habituales del local que, al igual que él, tomaban un café rápido antes de entrar en la oficina, y pidió un café cortado con leche fría y un donut y se abrió un pequeño hueco en una esquina de la barra. Se acomodó y pidió el periódico. No tardó más de diez minutos en echarle un vistazo. Nada nuevo, pensó, ninguna noticia destacable; crecimiento del paro, una cumbre política en alguna ciudad europea, jaleo en la franja de Gaza, corrupción política, prevaricación… Miró el reloj del bar, colgado en la pared, y miró su reloj de pulsera. Había una diferencia de poco más de un minuto entre los dos relojes. Iban a dar las nueve. Terminó el café y pidió un vaso de agua, a la vez que dejaba sobre la barra metálica los dos euros del desayuno incluyendo unos céntimos de propina para el bote. Dijo adiós con un gesto de la cabeza y salió a la calle. Volvió a entrar en el coche y recorrió las dos calles que le separaban de la Jefatura de Policía. Al entrar, los policías de guardia le saludaron con respeto mientras franqueaba la barrera de entrada en el aparcamiento del edificio. Dejó el coche aparcado bajo una pequeña cubierta de uralita, que daba sombra a medio coche, justo hasta la mitad del techo, y sacó su vieja cartera de cuero del maletero.
En la entrada del edificio de la Jefatura había cuatro o cinco personas, todas vestidas de paisano, que charlaban y fumaban en la explanada junto a la puerta de entrada. Martínez se ajustó la corbata y se abrochó el botón superior de su americana de pata de gallo de color gris, y subió enérgicamente los tres escalones que le llevaban a la puerta principal de entrada diciendo un sonoro “buenos días”, que fue respondido con diferentes gestos de cabeza por parte de aquellos empleados que imaginó que serían del cuerpo administrativo de la Jefatura. No conocía a ninguna de aquellas personas, pero pensó que quizá ellos sí le conocieran a él. Llevaba más de nueve años en aquella delegación de policía y no conocía a casi nadie fuera de su propio equipo de trabajo. Eran ya casi diez años los que llevaba en aquella oficina, haciendo todos los días el mismo camino desde su casa, la misma rutina día tras día, y quizá por primera vez pensó que ya estaba harto de aquello. Tal vez no fuera más que una historia vulgar de una monotonía, como la de casi todo el mundo, pero en ese momento sintió como si cada uno de sus pasos y acciones de a diario, desde que sonaba el despertador y hasta que en la noche volvía a la cama, fueran marcados por un metrónomo que señalara idéntico ritmo, sin variar apenas un ápice de un día a otro. En ese momento recordó la disputa con su mujer, y casi se alegró de que esa nota discordante hubiera puesto algo diferenciador a aquella mañana con las anteriores. Aunque lamentablemente también aquellas trifulcas eran bastante habituales. Su trabajo era monótono, y quizá fuera eso lo que imprimiera monotonía a la totalidad de su vida. En aquella Jefatura nunca ocurría nada, salvo casos leves de hurto y algún que otro jaleo en el fin de semana derivado por las borracheras de los jóvenes. Recordó sus sueños cuando decidió ingresar en la Policía, y cuando más tarde fue ascendido y llegó a la posición de inspector. Se había imaginado ese mundo como el de las películas americanas, con días llenos de acción y profundas investigaciones de extraños y misteriosos casos de asesinato. Alguna vez se vio, en su imaginación, como un sagaz inspector descifrando enigmáticos casos, deteniendo a los más inteligentes y refinados ladrones de guante blanco, encarcelando a los más maquiavélicos y maliciosos asesinos en serie, que ponían en jaque a toda la población. Pero nada de eso ocurría allí. Su trabajo era realmente rutinario y se limitaba prácticamente a permanecer sentado en su despacho, firmar diversos documentos y repartir decenas de casos insignificantes a los diferentes agentes adscritos a su grupo de trabajo. Quizá fue debido a esto que recordó, cuando pensó en todo eso, la absurda pelea de la mañana con su mujer como algo casi positivo, incluso agradable. Ahora en su cabeza le parecía una niñería, una gilipollez, nada más que eso. Una riña sin importancia que seguramente hubieran olvidado cuando se encontraran otra vez en la tarde, cuando volviera a casa. Ese momento en el desayuno, cuando se echó el azúcar en el café y luego untó abundante mantequilla sobre la tostada y la recubrió con mermelada de arándonos y su mujer le reprendió, ahora lo recordaba como un acto de cariño. Llegó a la conclusión de que Julieta le quería y que se preocupaba por él, y se convenció de que él la amaba también a ella, incluso con locura. Tal vez ese tipo de momentos, aunque resultaran de inicio desagradables, fueran los que pusieran pimienta a su relación. Y de ser así, su relación sería, sin duda alguna, altamente picante.
Martínez se quedó un momento parado en la puerta de madera y cristal de su despacho, pensativo, y determinó antes de entrar, que aquella noche le  susurraría a su mujer al oído lo mucho que la amaba y que después harían el amor con pasión y frenesí hasta llegar juntos a la locura, como antes. Incluso llegó a pensar en comprar flores mientras atravesaba por fin la puerta de su despacho y se sentaba en la silla frente al ordenador y a un montón de papeles incoherentemente ordenados.
Cuando Azucena, su secretaria, irrumpió en el despacho golpeando suavemente el marco de la puerta con los nudillos, volvió de su ensimismamiento. Saludó a la secretaria, una mujer regordeta de mediana edad que vestía un traje chaqueta gris de corte clásico, mientras ésta dejaba encima de la mesa un taco de documentos amarrados por una goma elástica con un post-it amarillo en el que se indicaba: “Firma urgente”, y recibió a cambio una sonrisa de cortesía de la mujer, que le dijo en baja voz, casi en un susurro, a modo de confidencia:
- El jefe ha muerto.
Martínez no dijo nada. Se quedó callado y pensativo viendo cómo Azucena salía del despacho moviéndose estentóreamente y entornaba la puerta. Él sabía lo que aquello significaba; podría tratarse de la oportunidad definitiva de ser ascendido a comisario de una vez por todas. Él sabía que las veces anteriores, en los últimos dos o tres años, había estado a punto de conseguirlo en más de una ocasión, y sintió la corazonada de que esta vez sí lo lograría. Esbozó una muy ligera sonrisa, tratando de disimular su inmensa alegría a pesar de encontrarse solo en el despacho, y se estiró con ambas manos la piel de la cara y se echó el pelo hacia atrás. Inmediatamente después, con una cierta intranquilidad que le llamó a sí mismo la atención, cogió el teléfono y marcó el número de su casa.
Oyó como descolgaban el teléfono con el sistema de manos libres y escuchó de fondo música a un volumen bastante alto. La música que sonaba era la misma cancioncilla que había escuchado en la radio, por lo que, durante un instante, pensó en la casualidad de que se tratara exactamente de la misma canción. Seguidamente escuchó la voz de Julieta en un grito: «Diga, ¿quién es?».
 - Cariño, soy yo.
-  Ah, eres tú. ¿Qué quieres? ¿Pasa algo?
- El jefe ha muerto.
Julieta se quedó en silencio durante unos segundos, como si se hubiera quedado paralizada al recibir la información susurrada por su marido. Ella también  sabía perfectamente que aquello significaba la gran oportunidad que llevaban tiempo esperando. A continuación, abriendo la boca en una enorme sonrisa, expresó:
 - Es maravilloso, cariño. ¡Qué alegría! Estoy segura de que esta vez el puesto será para ti. Te lo mereces tanto…
- No nos precipitemos, Julieta. No me gustaría que nos hagamos de momento muchas ilusiones.
- El puesto es tuyo, cariño. Sin duda te lo mereces más que nadie. Eres tan listo y tan trabajador…
-  Bueno, a ver qué pasa. Sabes que no me gusta adelantar acontecimientos.
-   Piensa que eres un ganador. Y lo sabes.
Cuando colgaron el teléfono, Martínez se reclinó en el respaldo de la silla y entrelazó los dedos de sus manos tras la nuca, estirándose de nuevo. Soñó con el nuevo puesto, con grandes investigaciones y con resoluciones de casos del todo imposibles. Se imaginó a sí mismo como ese sagaz detective que siempre había deseado ser, desde niño. Luego pensó en su mujer, en las ganas que tenía de verla, en las flores que le compraría de camino a casa, mientras que a su mente le llegaba otra vez el soniquete de aquella horrible canción que se le había pegado sin querer. Tomó una manzana verde que tenía brillando sobre la mesa y le dio un buen bocado. Masticó despacio imaginando la nueva vida que ahora se abría ante él y pensó también en la dulzura y en la pasión que seguramente desatarían esa noche en la cama. Y en un momento plácido de ensueño como ese, Martínez se atragantó con la carne de la manzana y volvió bruscamente a la realidad. Un pedazo de la manzana se le había ido por el otro lado y durante unos segundos pensó que se quedaba sin aire, que no podía respirar. Trató de tranquilizarse y se reclinó en su asiento, tomando aire poco a poco hasta convencerse de que se encontraba bien, de que finalmente nada había pasado, sólo el susto. Simplemente se había tragado una o dos semillas de aquella manzana verde, que miró y tiró a la papelera a medio comer.
            


Días después, al sonar el despertador, el inspector Martínez se levantó sintiendo un gran dolor de cabeza. Caminó a tientas hasta la cocina y, tras dejar correr un poco el agua del grifo, se tomó un analgésico. Pensó que posiblemente la causa de ese dolor agudo viniera dada por la tensión que estaba sosteniendo en las últimas semanas. Desde que el jefe había muerto, se había declarado silenciosamente una lucha abierta de poder entre los aspirantes a ocupar el puesto vacante de comisario.
El dolor de cabeza le precipitaba, aún sin desearlo, a un pesimismo sobre la decisión que en el día de hoy tomaría el Consejo sobre quién sería el sustituto del fallecido Comisario Perales. En tanto se duchaba, mientras dejaba que el agua tibia cayera sobre su cuerpo enjabonado, pensó en cómo debía de actuar si no era él la persona finalmente elegida. Principalmente le preocupaba acertar con el tipo de rostro que debería tratar de encajar para acudir a felicitar a su adversario vencedor sin que se le notara mucho la decepción y la carita de llorar. En caso de que él fuera el seleccionado, simplemente daría unas palabras de agradecimiento a sus compañeros, tratando de parecer espontáneo a pesar de tener escrito el discurso desde hacía al menos una semana y de haberlo repasado en secreto varias veces al día desde entonces. Al frotar el champú en su pelo, notó unas extrañas protuberancias que le brotaban de distintas partes de la cabeza, como si fuera una anómala erupción que le hubiera salido encima del cuero cabelludo. Lo primero que hizo al salir de la ducha fue mirarse en el espejo. Efectivamente se trataba de unos pequeñísimos forúnculos rematados en una especie de grano de color verdoso que emergían por toda la extensión de su cabeza, entre el pelo. Ya que el inspector Martínez es un hombre poco dado a la alarma y a perder los nervios, con un gesto de extrañeza volvió a mirarse en detalle en el espejo y, sin más, regresó a su dormitorio donde se vistió pensando que posiblemente se tratara de una erupción causada por algún alimento que le hubiera sentado mal.
De camino a la jefatura, con la ventanilla del coche abierta para airear el desagradable olor a podredumbre de los restos de alimentos esparcidos por el asiento trasero, Martínez siguió ensayando su discurso de agradecimiento («Estimados compañeros y sin embargo amigos, como bien sabéis son ya muchos los años que llevo dedicando el esfuerzo diario, con una motivación máxima, continuada y renacida, a esta noble profesión que nos une y que no es otra que la de salvaguardar con honor y justicia a nuestra queridísima patria y a nuestra tan noble sociedad…»), mientras le llegaba al pensamiento, sin poder evitarlo, la imagen del rostro cambiante de Julieta, que pasaba de la alegría más impetuosa al enfado más terrible a su regreso a casa. Martínez sabía perfectamente que fuera la que fuese la decisión que se tomara finalmente en la Jefatura, cambiaría de forma contundente la conducta de su esposa. («… tal vez no sea yo la persona más merecedora de ocupar esta relevante posición, a pesar de los muchos méritos con los que se me ha distinguido desde el inicio de mi dedicación a esta tan insigne tarea, aunque prometo aplicar el mayor fervor, saber y esfuerzo en mi humilde desempeño para dignificar, como antes lo hicieran mis egregios predecesores, el excelso cargo que se me otorga…»), En el supuesto de que no fuera el elegido, conocería una vez más la cólera vehemente de aquella mujer que, sin embargo, sería el ángel más dulce y cariñoso en el caso de que se diera la circunstancia de su ascenso. En ese caso, tenía la seguridad de que Julieta, tras abrazos y besos alborotados, empezaría de manera inmediata con las llamadas a las amigas, a los conocidos, a los familiares y los vecinos, para contarles —magnificando al máximo el hecho— el nuevo estatus que alcanzaban de manera tan merecida. Y diría que haberlo conseguido no era sólo gracias a la brillantísima mente y preclaro trabajo de su marido, sino también al apoyo y empuje que ella le había dispensado, ya que esto, en muchas ocasiones, resultaba más importante incluso que lo primero.
En el retrovisor pudo advertir como los extraños forúnculos verdosos habían ido creciendo hasta cobrar un tamaño considerable, de tal manera que se podían ver a simple vista sobresaliendo por encima de su pelo castaño y ralo. Al detener el vehículo en el semáforo en rojo, se acercó hasta el espejo y observó con horror cómo prorrumpían de cada uno de los granos una especie de brotes verdes, similares a los vástagos que surgen en las yemas de un árbol, ramificándose y llenándole por entero la cabeza. De hecho, al tacto, mostraban una textura y una flexibilidad muy similares a esas ramitas que nacen en primavera. A pesar de que el inspector Martínez es un hombre sumamente tranquilo y casi inmutable ante cualquier eventualidad por insólita que parezca, y que justamente esto le pareciera de siempre una de sus principales virtudes y, sobretodo, un excepcional valor en su profesión, entró en un palmario estado de pánico.
Decidió que esa no era manera de acudir a la jefatura. No podía llegar con esas ramas enmarañadas coronando su cabeza y en constante y rápido crecimiento. Sin duda alguna, una cuestión de este tipo podría ser malinterpretada por sus superiores y terminar siendo un motivo de mofa que le llevara a ser rechazada una vez más su solvente candidatura al puesto de comisario. Se miró nuevamente en el espejo retrovisor del coche y se pareció así mismo ridículo. Parecía que fuera disfrazado, parecía una maceta o, mejor dicho, una interpretación sui generis de un soldado vestido de camuflaje. Más bien creyó parecerse a un payaso patético y sin gracia. Martínez estaba aterrorizado viendo su cabeza convertida en una medusa insólita que alargaba cada vez más sus verdes extremidades enramándose y convirtiéndose en algo parecido a la copa de un árbol. Y así, con la sombra del terror oscureciendo su gesto ante el espejo de su coche, tomó la firme decisión de acudir urgentemente al médico antes de presentarse en Jefatura. Si el doctor Mugrón le atendía pronto, tendría tiempo más que suficiente para llegar al trabajo antes del acto de presentación donde se revelaría el nombre elegido para ocupar la ansiada vacante de comisario.
 - Curioso –dijo el doctor Mugrón tras inspeccionar con detalle los extraños tallos repletos de hojitas verdes que salían de la cabeza de Martínez-. Estoy casi seguro de que se trata de Malus pumila.
- ¿Eso qué significa?
-  Pues significa que le ha crecido un árbol en la cabeza. Exactamente un manzano de la variedad conocida como verde doncella. Si se fija usted bien, incluso está empezando a dar sus primeros frutos.
- ¿Y cómo es esto?
 -  Se trata de un fruto que podríamos denominar de tamaño mediano, más ancho que alto, de forma elíptica e irregular, con la piel  cerosa y acharolada y sonrosada, que tiene una carne muy jugosa y dulce de color blanco verdosa.
-  Me refiero a cómo es posible que me haya crecido un manzano en la cabeza.
-  Ni idea. Eso yo no lo sé, pero no sería el primer caso que llega a mis oídos.
-  ¿Y qué se puede hacer?
-  No es un buen momento para la poda. Tendremos que esperar al invierno. La época ideal sería en diciembre o en enero.
-  ¿Pero que está usted diciendo?
-  Desde luego yo no lo aconsejo antes. Y sepa usted que sé perfectamente lo que digo. Soy un gran aficionado a la botánica y tengo en el jardín de mi casa un invernadero de plantas exóticas, además de un pequeño huerto y varias docenas de árboles frutales.

Aún incluso siendo Martínez un hombre plácido y templado, dado a la calma descansada y a la serenidad, en esta ocasión, al oír las palabras del médico, perdió los nervios y entró en un estado de shock agudo que le llevó a la hiperventilación y a la pérdida casi total de la consciencia. Tumbado en la camilla, con las ramas del manzano pobladas de grandes hojas de verde fresco colgando hacia el suelo, sintió cómo el mundo se le venía encima mientras en su mente se proyectaba el rostro desencajado de su mujer gritándole con una furia bravía como nunca antes jamás había visto. Se imaginó al llegar a casa con el manzano en su cabeza y sin haber conseguido el puesto de comisario y le entró pavor. ¿Cómo podría explicarle aquello a su mujer? ¿Cómo podría ella interpretarlo?
Regresó al coche tras dejar la consulta del doctor Mugrón una vez que éste le había suministrado unos tranquilizantes que le habían permitido recuperar el pulso, el ritmo cardíaco y la nitidez en la visión. Le costó trabajo acomodarse en el asiento con aquellas ramas que salían de su cabeza mostrando unas pequeñas manzanas brotando por todas partes. Vio que en el teléfono móvil tenía siete llamadas perdidas de la oficina y un mensaje en el buzón de voz donde pudo escuchar la voz preocupada de Azucena, su secretaria, informándole que todos estaban muy intrigados por su falta de comparecencia en un día tan importante, donde él era uno de los indiscutibles protagonistas. Tras sopesar qué hacer durante unos minutos, arrancó el motor y se dirigió a la jefatura.
 El acto de comunicación del nombramiento del nuevo Comisario ya había comenzado. Martínez atravesó cabizbajo el pasillo apartando las hojas de su manzano para que le permitieran ver las baldosas del suelo por las que avanzaba hacia el salón de actos. Se oía la voz del Comisario en Jefe propagada por el altavoz, pomposa y angulosa, con un toque de reverberación, hablando de manera solemne sobre las nobles virtudes que debe poseer de manera innata un Comisario, sobre la relevancia del cargo del que en breves instantes revelaría el nombre del elegido a ocuparlo. Escuchó, antes de entrar en la sala, cómo el Comisario en Jefe alababa la labor de todos y de cada uno de los inspectores que, de una manera u otra, habían sido propuestos como aspirantes al puesto y lo ardua y difícil que había resultado la decisión final, y entonces Martínez abrió la puerta y entró. Se creó un murmullo en el silencio una vez que todas las miradas se dirigieron hacia él. Incluso el Comisario en Jefe detuvo su discurso sin poderse creer aquello que estaba viendo. Después exclamó: «Coño, Martínez, ¿a qué viene este Carnaval?»

La vuelta a casa fue de una tristeza amplia y terrible. Y dado que Martínez es un hombre pacífico y calmoso, se retrajo en el silencio abismal de su coche mientras atravesaba la ciudad rumbo a su domicilio con la mente revuelta por las palabras de discurso de agradecimiento del inspector Salcillo, cuando fue nombrado Comisario ante sus propios ojos en aquella sala repleta de compañeros, y también por la rabia acumulada en su interior. Después pensó en su mujer, en cómo le daría la noticia y en lo que pensaría al verle entrar en casa con esa facha. Estaba seguro de que, cuando llegara, no le esperaría nada bueno. De eso no le cabía la menor duda. No obstante, y ya que Martínez siempre ha sido considerado un hombre práctico, pragmático y funcional, dedicó el tiempo restante del trayecto a pensar en cómo debería cuidar su manzano, en si sería necesario algún tipo de abono o de pesticida, y se lamentó de no haberle preguntado convenientemente al doctor sobre estos aspectos. Y aunque sabía que aún quedaba mucho tiempo para el invierno, presentía que el tiempo de las tormentas estaba a punto de llegar.  



Ilustración: José G. Cordonié

5 comentarios:

  1. jajaja...me ha encantado. Desborda imaginación dentro de la realidad cotidiana que nos invade.
    Muy bueno!!!

    Un saludo

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  2. Gracias, Mar, por entrar a visitar esta página!!

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  3. jajaja José me ha divertido mucho tu relato, ingenioso y ameno...

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  4. Genial, con un magistral sentido del ritmo y un final insuperable, maravilloso.

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