domingo, 7 de julio de 2013

LA VACA

Una vez vi una vaca volar. Aunque realmente no volaba, levitaba; se elevaba en el espacio y se situaba sobre nuestras cabezas mirándonos desde allí arriba con los ojos entornados, sin comprender qué extraña razón rompía con las leyes físicas de la naturaleza y le hacía olvidar la fuerza de la gravedad. 

Aquella vaca pesaba más de quinientos kilos, pero mientras permanecía suspendida en el aire, flotando como un globo inflado de helio, parecía realmente tan ligera que cualquiera de nosotros podríamos pensar que con la fuerza de uno solo de nuestros brazos podríamos levantar en vilo al animal, como si estuviera relleno de aire o de felpa, pero luego, una vez de vuelta a la tierra, recobraba de inmediato su pesadez, como si se llenara por dentro de repente con su media tonelada de carne, huesos y músculos, y ya nadie fuera capaz de moverla de su sitio.

Después de varios días de discusiones y reflexiones, se llegó a la conclusión de que aquella vaca era santa y que, por eso mismo, por ser santa, levitaba. Aunque nadie comprendiera la razón última de aquella santidad, tras verla levitar y levantar así sus cuatro patas del suelo, se decidió que sin duda alguna aquella vaca era santa, y que esa era la innegable sustancia de su elevación en el aire sobre los hombres y sobre cualquier otro animal. 

En aquellos días mucho se habló de cómo era posible que una simple vaca pudiera llegar a un estado espiritual de tanta perfección, pureza y gracia que le llevaran a ese éxtasis místico de ascensión sobre la materialidad y contra todo principio de la naturaleza, y pronto algunos pronunciaron en defensa de la virtud del animal palabras eufóricas sobre la austeridad, la carencia de pecado y el sacrificio, mezclando en sus discursos aspectos relacionados con el ascetismo, el misticismo e incluso la fe y la ejemplaridad. Y aunque la confusión reinó tiránicamente en nuestro pueblo durante aquellos días, hubo un signo inequívoco sobre lo sobrenatural de los acontecimientos, y fue que, cuando uno elevaba su vista hacia el cielo, se encontraba a aquella vaca blanca y negra, de nombre Graciela, suspendida entre las nubes, como si placiera a sus anchas en un prado invisible reservado únicamente para ella, y del que más tarde regresaba como si nada hubiera pasado. Pero sin duda alguna algo sí que había pasado, y ese algo revolucionó y transformó la apacible y tranquila vida de nuestro pueblo, y no sólo por el desconcierto causado por el extraño fenómeno de levitación de la vaca, sino también porque a partir de aquel día Graciela no volvió a dar leche, sino unos excepcionales e insólitos jugos que quien los probaba aseguraba exquisitos, y en los que más tarde se descubrieron propiedades curativas. 

Desde entonces, todas las mañanas se formaban unas largas colas frente al establo de la vaca con la intención de catar el néctar divino y sagrado que salía de sus santas ubres, y el eco de los acontecimientos fue extendiéndose de un pueblo tras otro, de tal manera que en pocas semanas no quedaban en la región ciegos, cojos, mudos ni enfermos de ningún tipo que no hubieran sanado milagrosamente al probar el apreciado elixir. Las enfermedades, fueran del tipo que fueran, se extinguieron de esta manera de nuestros pueblos, dejando paso a una oscura locura cargada de confusión que llegó a ser una enfermedad peor para el alma que para el cuerpo pudiera ser cualquiera de las otras enfermedades.

Pero los acontecimientos que sobrevinieron a partir de aquellos días pueden resultar extraños y más aún, si cabe, si no se conoce el lugar donde ocurrieron estos hechos. 

Luañas es un pequeño pueblo asentado en la falda de una montaña que lo eleva y lo inclina hacia un mar bravo donde se recorta afilada la costa como una navaja mellada y oxidada, dejando acantilados de sensación de vacío donde el peligro se conoce al bordearlo por tierra o al navegar la violencia de sus aguas. Tras esas aguas, la vista no alcanza a contemplar nada más, como si fuera el mar lo que nos separase del infinito. Un mar salvaje e indómito, que aunque en ocasiones nos quite la vida, es quien nos da el pan, porque Luañas es ante todo un pueblo marinero, donde en sus muelles la vida se concentra, saliendo y entrando, al igual que esas barcas que faenan en sus fauces. Un pueblo humilde y sencillo que nada sabe de levitaciones ni de milagros, y que cualquier hecho extravagante que pudiera haber ocurrido anteriormente no va más allá de las lindes de la taberna o de los amoríos bravos y cornúpetas en las sombras húmedas de alguna casa vecinal. Por ello, cuando Graciela se elevó en los aires y el veterinario dijo desconocer la causa, sólo don Fernando, el párroco del pueblo, argumentó sobre las posibles razones de aquel suceso con aquellas otras historias similares que pudiera conocer a través de las vidas de los santos, dejando el poso de la santidad en las mentes limitadas de las buenas gentes del lugar como única ocurrencia con sentido que pudiera justificar la chocante circunstancia de que una vaca volara sobre sus cabezas. Y ante el revuelo causado por sus palabras y el temor de la blasfemia, el párroco se decidió presto a escribir al Papa de Roma para que éste decidiera sobre la naturaleza de la conducta de la vaca y que así, en caso de resolverse por la calidad de santa, Graciela pudiera ser honrada y venerada como tal en los altares.

Lo que hasta aquí he expuesto no es más que el comienzo de una historia que no, por extraña e insólita que pueda parecer, deja de ser un relato real sobre cómo la vida de un pueblo cambia de la noche a la mañana, porque cuando surge un fenómeno extraño, excepcional e incomprensible, nuestras pequeñas mentes mortales sufren un choque entre el sentido común y los hechos reales conturbativos que no alcanzamos a comprender  por la generalización de nuestras ideas hechas y costumbres adquiridas en nuestra anodina vida cotidiana, y esos hechos nos cambian también a nosotros y nos llevan en ocasiones a obrar de un modo que jamás pudiéramos haber imaginado como actos propios. De hecho, en Luañas, la incomprensión de la levitación de la vaca obligó a sus vecinos, quizá impulsados por los aires romántico-místicos levantados por don Fernando con sus teorías, a tomar una postura espiritual y religiosa, atribuyendo a Dios la naturaleza del fenómeno al no encontrar ninguna respuesta racional a lo ocurrido. Pero no todos, no, se decidieron por este camino, sino que hubo otras tendencias diferentes que fueron enervando la calma del pueblo hasta llegar incluso a sustituir en la discusión la palabra por los palos y las piedras, y convertir así al hermano en enemigo acérrimo y las calles del pueblo en trincheras y en pequeños campos de batalla improvisados.

Y a la misma vez que pasaron los días envueltos en la confusión y en el desconcierto, el fanatismo y la intolerancia se fueron añadiendo también dentro del campo de cultivo del desorden que desembocó al cabo de pocas semanas en una guerra civil en toda regla dentro de la región. Posiblemente, dentro del caos y el desgobierno que nos reinaron en aquellos días, hubo tres puntos fundamentales que dieron medida a la tragedia que se fraguaba: la división de los parroquianos en bandos rivales, la entrega de armas a las gentes combativas y el racionamiento de los alimentos. 

Por una parte estaban los que se denominaron a sí mismos como Los Beatarios, aquellos que estaban dispuestos a dar la vida y el alma en defensa de la santidad de la vaca y que solicitaban a gritos por las calles del pueblo que colgaran en el altar mayor la fotografía de Graciela; y por otra parte, a los que éstos llamaron Los Insurrectos, quienes negaban en rotundo cualquier espiritualidad en la elevación del animal y que, más bien, pensaban que no era más que un montaje del cura y del alcalde para atraer el turismo a la región.

La carta llegó al Papa al mismo tiempo que las alarmantes noticias sobre las revueltas armadas en Luañas, donde la guerra por la santidad de la vaca se había cobrado ya más de quince víctimas y varias decenas de heridos. Habían transcurrido así más de tres semanas de encarnizada lucha, donde habían sucedido las más salvajes atrocidades que la mente humana pueda llegar a pergeñar en los momentos más elevados de ira y de rabia: asaltos a sangre y fuego a las sedes de los bandos, violaciones y asesinatos, raptos y mutilaciones, envenenamiento de alimentos y bombardeos indiscriminados, creando una atmósfera de terror y de espanto hasta en el más pequeño rincón del que había sido hasta entonces un tranquilo y apacible pueblo que apenas se podía encontrar en los mapas. Las autoridades civiles y eclesiásticas, a petición del propio Santo Padre, se reunieron con la intención de encontrar la mejor solución para sofocar la revuelta sin hacer mucho ruido, envueltos en el temor de que se pudiera propagar por toda España el brote de locura surgido en el pequeño pueblo pesquero. Desde el Vaticano se nombró una comisión para el estudio del fenómeno de levitación de la vaca, a cuya cabeza se envió a un obispo in pártibus infidélium acompañado de un Tercio de la Legión, incluyendo estandarte, cabra y bandera.

La comisión llegó al pueblo cuando los ánimos de la población estaban a punto de flaquear o de estallar en una mayor locura. Las calles estaban desiertas, las mujeres y los niños se ocultaban en las grutas naturales de la playa, los hombres armados se parapetaban en las trincheras o se escondían en los sótanos y en las azoteas, y los hombres de paz rezaban y cantaban salmos en la iglesia guiados por la voz pomposa de don Fernando. En ese silencio de temor y recelo la comitiva fue adentrándose por las calles del pueblo; los legionarios con los fusiles cargados y el obispo con el hisopo y el agua bendita en las manos. Poco a poco fueron saliendo de sus casas y escondrijos las gentes del pueblo, quizá movidos por la curiosidad de contemplar al extraño ejército de soldados, sacerdotes y monaguillos que tomaban las calles en el nombre de Dios y del sentido común. A partir de ese momento las cosas transcurrieron muy rápido: el afectivo y sentido discurso del obispo llamando a las gentes de Luañas a la paz y a la fraternidad, la misa solemne en la playa, el reparto de chuscos de pan y de chocolatinas, y sobre todo la inspección de la vaca por parte de los estudiosos de la comitiva.


Transcurrieron cerca de dos horas de silencio y nerviosismo en espera de que el animal levitara, pero aquel día parecía que Graciela había decidido no moverse del sitio. Ante la negativa del animal a despegar las pezuñas del suelo, decidieron bautizarla por inmersión en el océano por si aquello de la santidad no fuera una tontería, y allí, ante la mirada atenta de todo el pueblo, zambulleron a la vaca en el mar y la cristianizaron con el nombre de Graciela María. Y fue justo en el momento de recibir el sacramento del bautismo, cuando la vaca se elevó en el aire ante el asombro de los presentes, subiendo tan alto en el azul del cielo que, cuando habían pasado apenas un par de minutos, no era más que un pequeño punto blanco apenas visible en el aire, más pequeño aún que las estrellas más pequeñas que se ven en la noche. Y allí, más cerca de Dios que cualquiera de nosotros, y por un fenómeno semejante al fuego de San Telmo, la vaca se iluminó ante nuestros ojos, pareciendo durante unos segundos una estrella fugaz, hasta que desapareció para siempre perdiéndose en el infinito. 

Y en ese mismo instante, en el momento en que la vaca se perdía para siempre de nuestra vida, se perdió también su recuerdo de nuestra memoria colectiva, como si desde entonces, y sin mencionarlo siquiera, se hubiera pactado una conjura de silencio sobre los hechos que aquí habían acontecido en las últimas semanas, volviendo a los pocos minutos a ser Luañas el pueblo tranquilo que siempre había sido, sin quedar huella alguna de Graciela María, la vaca que habíamos visto volar.  


De mi libro de relatos inédito "Las Malas Acciones" (1995) 
Ilustración: José G. Cordonié

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