jueves, 13 de junio de 2013

CUATRO BOCETOS SOBRE LA CIUDAD DE TÁNGER

Uno

El Café Hafa surge como un oasis tras un sendero sinuoso donde se esparcen los colores sobre el blanco de las casas, donde el sol las lame con su lengua de cobre y cal. Allí todo huele a antiguo. Se guardan olores infinitos que hemos olvidado, o quizá ignorado, donde las calles han buscado crecer perdiendo la orientación del trazado y serpentean entre luces y sombras, sobre piedra besada con la ira de un tiempo sosegado y furioso; el mismo que ha dejado el cielo, sin embargo, intacto. De un azul inmenso creciendo por encima de las nubes que no dejan de rozar la ciudad de Tánger, y así la hace parecer eterna.

Las terrazas del Hafa se precipitan hacia el mar con la misma pereza con la que dormitan sus gatos anónimos entre los árboles, entre el olor dulce y áspero del silencio cuando se deshace en murmullos de viento y se mezcla con el mar hasta hacerlo salado. Y azul. E inmenso.

El tiempo late despacio, como si perdiera el pulso y avanzara lánguido, como si nosotros fuéramos nada más que sombras proyectadas desde hace casi cien años. Las mismas sombras bebiendo té a la menta y hierbabuena y fumando con la vista arrastrada hacia el mar, o hacia donde se pierde azul al dibujar el horizonte de bruma desleída que cae sobrevolando el cielo con la misma lentitud, con idéntica cadencia de silencio.

Ocupamos un lugar que antes ocuparon otros. Nuestra sombra reconoce el sabor huidizo de la inmensa tranquilidad en la piel de los labios, reconocemos la miel pasajera del sosiego que antes encontraron otros.

Se mueven las sombras como trazos difuminados. Bowles. Richards. Jones. Burroughs. Harrison. Jagger. Un boceto desdibujado donde evoco una letanía de imágenes y Los Cuadernos del Hafa de Pablo.

Dos

La Medina de Tánger se teje a sí misma entrelazando las calles, cosiéndose a las piedras y a las paredes, doblándose y desrumbándose para esconder al minotauro.

Se trenza y se retuerce. 

Trepa hasta la Kasbah, hasta la mirada del mar que enseña el paso del estrecho y se expande en el caótico barullo de mercaderes y artesanos. A Este y Oeste. Sobre piedra pulida por pasos quietos y por andares apresurados, por el olor titilante de las especias, por el brillo del cobre de las cacharrerías, por los tenderetes sobrios de los beduínos, por la mirada de silencio de las mujeres que buscan agua en las fuentes y en los pozos, por la Babelia que se crea en el espiral sonido de las voces en distintas lenguas, que usan los buscones para encontrar su mercancía en los turistas, como si fueran alquimistas capaces de convertir cualquier cosa en unas pocas monedas, para cambiar su sonrisa farsante en oro, como los encantadores de serpientes de la Kasbah, pero sin música ni magia ni misterio.

La Medina atrapa todos los sentidos y los entrenza hasta hacerlos sólo uno, donde me encojo hasta hacer de mi alma un ovillo.


Tres

La mesa de Keith Richards en el Café Babá. La pipa de Kifi y el olor azucarado y fresco del té liado con el tacto del polen. El café Babá es un gran paladar donde la galería es una lengua en la que se asoma en picado el sol sobre la ciudad. 

Aquí deja penumbra.

Guardo la luz de Tánger en la memoria, en un frasco de cristal, junto al cobalto de la puerta de William Burroughs y el turquesa pastel de la puerta en arco apuntado de Matisse.

Cuatro

Deambulamos al este de la Medina con el tacto de lo insólito en las yemas de los dedos, con la línea de las miradas silenciosas en el Dar Makhen, jardines de ostentación ruinosa con el polvo acumulado de la indiferencia cosido en cada mosaico, unido en cada baldosa.

De esta manera avanzamos inventando nuevas sensaciones en una mañana de sol húmedo que barniza en sombras y luces la calle vieja y sucia, primitiva, reventada en olores centenarios que serpentean a nuestro paso como si se destapara su melancolía al vernos a travesar la medina, el barrio de la Kasbah, el Marham, el Hafa, los Zocos…

Avanzar en Tánger es retroceder en el tiempo hasta detenerse en la propia incertidumbre del tiempo. Justo en ese instante donde lo ancestral se vuelve cotidiano en las manos del artesano; aquel que envuelve la parsimonia en los tintes ajados del pasado y los destila con los colores de un paso del tiempo que parece parado.

Tengo los ojos de occidente y es lo que hace que me sienta inquieto. Ávido de seguir avanzando para retroceder aún más o para atravesar la piel de esta ciudad sobre el letargo del tiempo, de puntillas, para no despertarlo.

NOTA:
Escrito en Tánger, en septiembre de 2009.
El primer boceto hace referencia al magnífico libro Los Cuadernos del Hafa de Pablo Cerezal, que si bien aún no había sido publicado, yo tuve la suerte de estar presente desde el inicio de su embrión.




Fotografía: José G. Cordonié en el Café del Hafa (septiembre 2009).

2 comentarios:

  1. Tánger es de esos destinos que por estar cerca de casa siempre voy posponiendo. Será de mis próximos viajes cuando vuelva a España.

    Tengo ganas de ir al café Hafa. Pablo me dejó con muchas ganas :-)

    Besos!

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  2. Un destino que no te debes perder.
    Es un placer verte por estas páginas...

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