sábado, 15 de junio de 2013

UNA HISTORIA DE AMOR

Estaba Julia, mi mujer, pelando patatas para hacer una tortilla para la cena cuando sonó el teléfono. Sentí como el primer timbrazo le sobresaltó, e imaginé la patata, aún a medio pelar, que caía sobre la mesa rodando hasta la lechuga recién lavada. La supuse afinando el oído, acercándose a la puerta para tratar de oír el segundo timbrazo antes de cogerlo, pero no hubo ningún timbrazo más. Escuchó, por el contrario, mi voz respondiendo a aquella llamada en la noche. 

 Aún así, descolgó el teléfono de la cocina (yo hablaba desde el salón) y  escuchó, creyendo quizá que yo no sabía que ella estaba al otro lado, la voz de una mujer que se dirigía a mí con palabras claramente lascivas y obscenas. Al oír la respiración de mi mujer en la línea colgué el auricular y supe que ella lo haría pocos segundos después.

Hasta entonces, nunca había recibido una llamada de ese tipo, y debo decir que me agradó, o quizá, para ser más exacto, debería decir que me excitó. Hubiera deseado no haber colgado el teléfono y haber seguido escuchando aquella voz sensual y dulce (probablemente fingida) que me provocaba con aquellas obscenidades impúdicas e indecentes dichas desde el anonimato de una manera tan desvergonzada y natural que parecían, incluso, sinceras. Pero la presencia en la línea de mi mujer (oí descolgar el teléfono en la cocina y después la respiración en la escucha), hizo sentirme espiado en mi privacidad, sorprendido en una mala acción, como un niño al que se le sorprende en una travesura o a un sacerdote al que se le encuentra borracho en un club de carretera. Por eso colgué el teléfono; porque no podía admitir a mi mujer en esa privacidad y dejar que ella participara de un secreto de lascivia por el que podría pensar, como poco, que su marido era un degenerado, un obseso sexual o un maniaco represivo. Nunca podría admitir que aquella llamada, anónima y probablemente marcada al azar (un número marcado de manera aleatoria, quizá un número que, tras colgar, jamás vuelva a ser marcado por la misma mano, por no conocerlo, por no recordarlo), me había excitado, y menos aún, podría compartir ese hecho con Julia.

No sé si debería decir que ella es una inapetente sexual, porque posiblemente no sea del todo justo utilizar ese término y sea más acertado decir que en nuestras relaciones sexuales siempre soy yo quien ha de llevar la iniciativa, y que son muchas las ocasiones en que me siento rechazado por disculpas tan triviales y clásicas como un dolor de cabeza o un excesivo cansancio, o incluso un repentino ataque de sueño que no puede contener. Otras veces, sin embargo, noto como ella acepta, aún sin desearlo, y se deja llevar sin llegar a gozar lo más mínimo, sin siquiera conseguir centrarse en un acto que apenas llega a diez minutos, y que transcurre en la oscuridad de la habitación como si aquello no fuera con ella, casi como si no estuviera allí. No podría decir que es una inapetente, pero lo que sí que tengo claro, y por tanto puedo afirmar sin riego a equivocarme, es que Julia es una mujer poco lasciva y libidinosa y nunca muestra imaginación, ni creatividad, ni improvisación en el acto sexual. En esto, como en el resto de todas las cosas, es metódica y ordenada, por lo que no acepta, ni aceptará jamás, una nueva postura ni ninguna otra cosa que se aparte de unas leves caricias y una penetración, y por supuesto nunca más de una en la misma noche, o ni siquiera en el mismo día. Con todo esto, no quiero decir que mi vida sexual con Julia sea insatisfactoria, sino incompleta y quizá aburrida.
Aquel jueves por la noche, cuando la tortilla y la ensalada estaban ya en la mesa (todos los jueves era la misma cena, como parte de su metodología) y Julia se disponía a servir los platos, mientras de fondo escuchábamos las noticias del Telediario, se dirigió a mí por primera vez tras aquella llamada. Habló sin levantar la vista de la tortilla de patatas, como si quisiera restar importancia a esa pregunta que me hacía y que, sin embargo, no había dejado de darle vueltas calentándole la cabeza desde hacía rato:

- ¿Quién es esa mujer que te ha llamado?

Desde el mismo instante en que colgué el teléfono, supe que vendría esa pregunta. Sabía que era inevitable, y por eso mismo tenía ya la respuesta preparada antes de que formulara la pregunta, y además la respuesta era la verdadera. No obstante, en vez de contestar de inmediato, hice cómo si no hubiera escuchado y dije un “¿qué?”, dejando unos segundos para confirmar o repasar mentalmente mis palabras antes de pronunciarlas. Pero ella no repitió la pregunta, simplemente esperó la llegada de la respuesta.

- Supongo que fue una broma. Una broma ridícula y obscena de alguna mujer aburrida que marcó este número al azar. No entiendo –reí- cómo a alguien le puede divertir hacer estas tonterías.

- ¿Te parece una tontería? ¿Es eso lo que te parece? ¿Cómo calificarías tú a esa llamada?

-  Pues no sé –respondí acercando mi plato para que me sirviera la tortilla y la ensalada-, probablemente diría que es una broma guarra.

-  ¿Y quién crees tú que te puede gastar ese tipo de bromas guarras?

- Ya te he dicho que no tengo ni idea de quién ha podido llamar, posiblemente alguna mujer aburrida con ganas de bromear, que marcó este número como podía haber marcado cualquier otro –respondí sin querer dar importancia a la conversación, como si yo fuera del todo ajeno a aquella llamada-. Cada día se hacen en este país miles de llamadas de este tipo. Parece que la gente no tiene nada mejor que hacer. Algún día tenía que tocarnos a nosotros ¿no?

- Y si fuera, como dices, un número marcado al azar, ¿cómo podía esa mujer conocer tu nombre? Te llamó Carlos, ¿recuerdas?

Entonces recordé la llamada, casi palabra por palabra, y caí en la cuenta (hasta que Julia lo había dicho no me había percatado de ello) de que mi mujer tenía razón; aquella voz femenina y anónima había pronunciado mi nombre. “Te deseo, Carlos –había dicho-. Te deseo desde hace mucho tiempo, y lo que ahora más deseo es amarte. Carlos, deseo hacerte el amor como nunca nadie antes te lo haya hecho”. Había pronunciado dos veces mi nombre. Tal vez, pensé, aquella mujer había cogido mi número de la guía telefónica, pero rápidamente rechacé esta posibilidad porque el nombre que aparece es el de mi mujer, no el mío. Tenía, entonces, que ser una mujer que me conociera, quizá alguna mujer de mi oficina o incluso alguna vecina, o simplemente pudiera tratarse de una broma de alguna conocida o amiga (¿por qué no?), que quisiera reírse a mi costa y luego recordarlo cuando nos viéramos. Pero enseguida dudé de que alguna amiga pudiera llegar tan lejos y pronunciar aquellas palabras obscenas que la voz del teléfono pronunció: “Me gustaría tenerte ahora mismo aquí, desnudo en mi cama, y besarte todo el cuerpo. Comerte la polla y follarte hasta el amanecer”. Recuerdo que después dijo algo que, ahora al pensarlo, me resulta extraño: “Sé que tú también lo deseas. Sé que me deseas y que te gustaría que te diera lo que ella no te da”; aunque tal vez esas palabras no fueran más que provocación. Nada más que eso. No creo que ninguna mujer, por amiga, compañera de trabajo o vecina que fuera, pudiera conocer algo sobre mis relaciones sexuales con Julia, y menos aún dudo que alguna se pudiera sentir deseada por mí.

-  ¿En qué piensas, Carlos? ¿No vas a contestarme? ¿Cómo podía esa mujer conocer tu nombre? Dime la verdad, Carlos. Quiero sólo la verdad por dura que sea. ¿Tienes una amante, verdad?

- No, Julia. No tengo ninguna amante ni tengo ni puta idea de quién coño puede ser esa mujer que ha llamado ni de por qué sabía mi nombre.

- ¿Y cómo piensas que pueda creerte? Dame al menos alguna razón lógica.

-  ¿Qué quieres que te diga? Se de esto lo mismo que tú. Te lo juro. Ya te he dicho que no tengo ni puta idea de quién es esa mujer ni para qué coño ha llamado –traté de calmarme cuando me dí cuenta que estaba gritando lleno de cólera e impotencia-. No sé, quizá me llamó Carlos como pudo llamarme Paco, Andrés, Juan o Nicodemo…

-  ¡Y acertó!

-  Pues sí, acertó. Yo qué sé…

Julia rompió a llorar y sus lágrimas cayeron sobre la tortilla de patatas, por donde resbalaron hasta llegar al plato. Acerqué una mano a su mejilla con la intención de consolarla, de limpiar sus lágrimas, pero la rechazó golpeando mi mano con la suya. Pronuncié palabras de cariño y ternura en su oído, le juré que jamás había amado a nadie más que a ella y que era el único amor de mi vida. Traté, en vano, de abrazarla y perdí besos en el aire al apartar siempre su rostro de mis labios. Por mucho que lo intenté, no conseguí nada más que su silencio y su desidia.

A partir de aquel día se levantó un muro entre nosotros. Un muro cada vez más elevado y que cada día resultaba más difícil de saltar o demoler. Prometo que traté en un sinfín de ocasiones hacerla entrar en razón, pero Julia cada día que pasaba se iba abandonando más y más sin posibilidad alguna de recuperación, en un estado perpetuo de tristeza, melancolía y desorden, llegando a una apatía extrema, no sólo conmigo, sino con todos y hacia todo. Nuestra vida se convirtió en un infierno en muy pocos meses. En un infierno que empezó a crecer hasta arrasarlo todo.  


Ante la imposibilidad de recuperar su amor perdido, yo también fui cayendo en picado en la tristeza. Y esa tristeza me llevó a la bebida, y la bebida me llevó a perder el empleo, y la pérdida del empleo me llevó a una profunda depresión que traté de mitigar alternando con putas. Y esas insatisfactorias relaciones con prostitutas me llevaron a contraer una delicada enfermedad venérea que me impulsó a beber aún más para calmar o apaciguar el dolor. Pero cuánto más bebía y cuánto más borracho estaba, más me acordaba de Julia y más me lamentaba por su amor perdido. Y cuánto más lamentable era mi aspecto, ella parecía más radiante. Y tan radiante estaba, que perdió su apatía, su abulia, su melancolía y su tristeza, volviéndose tan alegre y alocada que se convirtió en una mujer obscena y lasciva. Y al no encontrar en mí al hombre que antes había sido, sino a un pobre hombre enclenque y envejecido, borracho y enfermo, trató de mitigar sus ardores sexuales marcando en el teléfono un número al azar, y susurrando obscenidades terribles a través de la línea a un hombre al que, al azar, llamó Enrique; un hombre que supongo que colgó el teléfono cuando oyó que su mujer lo había descolgado también y que escuchaba esas palabras lascivas e indecentes desde la cocina, mientras pelaba patatas para la tortilla de la cena.   





De mi libro inédito de relatos "Las Malas Acciones" (1995)
Ilustración: José G. Cordonié

3 comentarios:

  1. Me ha encantado!! Que buen relato, muy entretenido y nos hace ver las ironías de la vida, de como todo puede cambiar...en un sólo instante.

    Gracias por compartirlo :)

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  2. ¡Genial José!! Cargado de humor e ingenio mantiene la expectativa hasta el final. Me ha encantado y me he reído un montón

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