jueves, 9 de mayo de 2013

TU CORAZÓN ES DURO COMO UN HUESO DE ACEITUNA


Tu corazón es duro como un hueso de aceituna, marcado por los dientes de los amantes que  te envolvieron con mordiscos de pasión y deseo.

Aunque sólo fueran algunos minutos, inundaron de sarnas tus amares en la comezón de tu espíritu tan batido. Pero yo he oído la música lejana de la orquesta en el baile de tus éxtasis, y me llegó tu sabor cercano y distante a la vez, como el tarro de golosinas tras el cristal del escaparate en un niño con silencio en los bolsillos.

Bailamos en la oscuridad de los ojos cerrados, con serpientes anudándose en nuestros giros, con la saliva modulando palabras inconexas vertidas en fuegos de artificio.

Vimos luces en el cielo y así llegó ese momento al que algunos llamaron Amor y otros llamaron Locura.

Sentimos el barro en nuestros pies, con el que un dios autista y mudo modeló a los figurantes de este universo, en la intemperie de los sentidos donde ruedan las agonías hasta chocar contra el hormigón de la razón.

Esa noche dormimos en una cama en perspectiva y tuvimos el mismo sueño; soñamos en disonante, con palabras de las que sólo nos llegaba un eco roto, con sonido diferente a cada oído.

Nos besamos con las bocas frías, con el sabor al corcho de la inmortalidad en un momento, en un abrazo cosido a la piel bruñida del deseo, con la avidez de buscar una eternidad para detener el tiempo.

Tus ojos brillaban como gasolina en el asfalto cuando no te atreviste a pronunciar mi nombre por miedo a equivocarte, y tu aliento era un cuchillo que escindía mi lengua para extraer el veneno.

Bailamos, y así llegó ese momento al que algunos llamaron Amor y otros llamaron  Locura.

Mi corazón es duro como un hueso de cereza, marcado por los dientes de las amantes que se comieron mi pulpa y que desperdiciaron mi piel.

Aunque sólo fueran unos minutos, dejaron borrados los caminos que habían sido trazados a una escala infinita en un mapa de sueños. Yo he tendido la lana de las más lejanas quimeras en la mano de la hilandera y escuché su risa a mi espalda, como una contracción en una garganta de metal oxidado, con el telar en llamas al fondo de mis miedos.

Sentí mis manos como las manos de un muerto y busqué abrazarte.

Sentí el silencio en la penumbra de los sentimientos, la jauría de los pesares corriendo a la luz de tu vela.

Entonces fuimos de cera. Nos derretimos. Y así llegó ese momento al que algunos llamaron Amor y otros llamaron Locura.

Tu corazón es duro como un hueso de aceituna y tu piel está hecha con el gas del tiempo, con el vino triste de los días de la nostalgia donde tu sonrisa peca en los senderos lamidos de la noche, en la piedra de la incertidumbre, donde resuena el trote de los días que tal vez han de llegar mañana.







De mi poemario inédito "Los Cantos del Inframundo"
Fotomontaje: José G. Cordonié

1 comentario:

  1. Que bueno!!!!! José me has dejado con el aliento entrecortado. GENIAL!!!!! Cuando te dejas el alma y vibras en cada palabra eres GRANDE!!!!

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