viernes, 10 de mayo de 2013

REBECA TREMEBUNDA



Tan pronto la habitación queda a oscuras, comienza a escucharse su respiración. Queda la duda de si esto ocurre porque es en la oscuridad cuando comienza a respirar o, si por el contrario, porque el oído queda más despierto cuando se pierde el sentido de la vista. Sea cual sea la razón y su causa, lo que resulta evidente es que en el momento en que la noche se abre en el horizonte tiñéndolo con su absoluta negrura, y se apagan las luces de la estancia, se puede escuchar nítidamente esa respiración que llega etérea desde debajo de la cama.
Al principio, cuando Rebeca comienza a escuchar ese sonido atemperado y monótono, y lo relaciona sin la menor sombra de duda con la cadencia iterativa de una respiración, se levanta de la cama sobresaltada y trata de encontrar en la habitación el origen del mismo, con la luz de una vela como único apoyo para iluminarse, buscando en la penumbra de las esquinas y en la tiniebla rotunda de debajo de la cama. Pero por mucha insistencia que pone en su empeño, no es capaz de encontrar aquello que pueda ser la fuente de esa respiración. Aún así, el resuello sigue ahí con su ritmo balanceante, agitándose por momentos y haciéndose incluso más patente en aquellas ocasiones en que la llama de la vela atraviesa ese espacio vacío que queda bajo el lecho. En ese instante, cuando de rodillas en el suelo introduce la vela bajo la cama y estira el brazo para iluminar la oscura zona, la luz titila y parece acurrucarse, como si no llegase el oxígeno suficiente a la llama o como si una espiración se acercara sin la fuerza suficiente para apagarla.
De manera inconsciente le llega a la mente la imagen de su esposo. Lo imagina, aun sin querer, convertido en un fantasma que pululase invisible por la habitación sin poder contener el suspiro de su aliento ni la medida de su respiración. Y al proyectar a su amado en la mente en forma de imagen, lo concibe de una manera en que nunca lo ha podido ver, pero que sin embargo lo ha imaginado en repetidas ocasiones; su imagen de muerto, caído en el frío de una trinchera empantanada, con su cuerpo descosido por la reiteración del corte de una hoja de bayoneta. No tiene la seguridad de que su muerte haya sido así, pero es la única manera en que consigue imaginar cómo ha podido ser su final.
Rebeca siente entonces un terror inmenso que se le incrusta punzante y helado en el pecho. Parece que la sangre se le coagulara y le impidiera hacer otra cosa que quedarse inmóvil ante esa insólita presencia que percibe.
 Escucha esa extraña respiración ante su rostro e incluso puede llegar a sentir un aliento húmedo y escarchado en la piel de su cara, que le hace sobrecoger porque le parece que le acariciara el rostro con una mano de nieve. Se levanta de inmediato del suelo llevándose las dos manos a sus mejillas, y se acerca hasta el fondo de la habitación hasta apoyar la espalda en la pared. ¿Qué puede haber allí?, se pregunta, ¿Qué puede ser eso que está bajo su cama y que, sin embargo, no consigue ver? Vuelve a pensar, sin querer imaginárselo siquiera, de que se trata de la presencia de su ausente esposo, que quizá haya vuelto para encontrarse de nuevo con ella, para sentirla cerca, para tenerla otra vez a su lado a pesar de que no lo pueda hacer de otra manera más que de ésta, sin mostrar su físico, sin permitirle siquiera ver su apariencia que ella tanto recuerda.
Rebeca le llama por su nombre con una voz que le cuesta modular y hacer sonido. Lo repite y sólo recibe silencio. Nada más que blanco silencio. Después vuelve a escuchar la trémula respiración bajo su cama y siente de nuevo ese profundo miedo que trae la inseguridad, la incertidumbre y el temor a lo desconocido.
Aun deseando salir corriendo de la estancia, Rebeca recoge el bajo de su camisón y vuelve a arrodillarse ante la cama con el fin de dar con el objeto de esa extraña respiración. La vela palpita bajo la cama, creando una ilusión de sombras y luces de que allí se abriera un nuevo mundo. Pero no hay nada más que el vacío creado entre la estructura de la cama, la pared y el suelo. Sin embargo, al estirar más el brazo y asomar su cabeza en el hueco, al fin divisa una sombra tendida sobre el parquet. El volumen de una sombra que se encoge contra la blanca pared y se estira suavemente generando esa sensación de respiración que ella ha escuchado hasta alarmarse. La sombra es sólo una sombra, pero ¿una sombra de qué? Las sombras, piensa entonces Rebeca, son la proyección de un objeto o de un ser, pero aquí, bajo la cama, no hay nada que pueda proyectarla. Además, ahora que la luz de la vela la ilumina hasta difuminarla, parece que tuviera un cuerpo; es decir, se trata de una sombra tridimensional que yace en el suelo encogida, como si se ocultara o temiera salir de ese lugar donde se encuentra.
La sombra es fría como el invierno más frío que puede inventar su imaginación. Se asemeja a un cuerpo emborronado, informe y diluido en una sustancia que no sabe si definir como sólida. Pero sea lo que sea esa sombra, se mueve y respira. Y ahora, con el calor de la llama muy próxima a su parda silueta, se voltea avanzando hasta posicionarse frente a la cara asombrada de Rebeca. La respiración es ahora un susurro que le llega a su mente como una voz interior que le hablara. Nota el frío de esa voz silenciosa recorriéndola por dentro a toda velocidad, como si corriera por sus venas y arterias dejando un frío letal a su paso, y siente ese frío como un puñal de hielo que buscara llegar hasta su corazón para clavarse hasta detener su impulso de furia.
El terror, al igual que una sombra, es sólo una proyección. Una proyección de los miedos acérrimos que cada uno guarda en los rincones más recónditos de sus adentros. Por tanto, quiere pensar Rebeca en un momento en que la razón se escapa, el terror y el miedo no son más que una ficción creada por cada uno como reflejo de sus propias inseguridades, a pesar de que la naturaleza de los mismos puede llegar a ser universal, o heredada, o simplemente reinventada por cada cual. Pero ese terror que siente no es así; sino que viene dado por una presencia real, que puede ver frente a ella y que ahora se encuentra amenazante bajo la cama y que parece incluso encararse.
¿Qué eres tú? Pregunta entonces en un rumor formado por el breve suspiro de voz que ha conseguido expulsar de su garganta.
Soy tú misma. Tu conciencia agitada y herida. Soy la conciencia hecha terror por el daño que me afliges. Soy la nostalgia del mal recuerdo, el remordimiento aturdido al que tratas de engañar con tus falsas realidades inventadas. Soy la huella queda de tus pasos equivocados, la sombra de la muerte de tu esposo en tus manos, el sueño perturbado que te acompañará hasta extinguirte.
Rebeca entonces deja llegar a sus recuerdos al instante de aquella muerte, al momento en que la hoja del cuchillo se deslizó por el cuello de aquel que había sido su amado y que, entonces, ya no era más que un obstáculo en sus más oscuras ambiciones. El recuerdo es el filo de un cuchillo sobre un hombre que duerme debilitado tras regresar a casa desde la atroz guerra. Es el hilo de sangre en la garganta muda, que ahora en su recuerdo se convierte en un cordón umbilical unido fuertemente a esa sombra levantada ahora en el suelo frente a ella, y que se transforma de pronto en una soga abierta a su propio cuello, de donde decide colgarse hasta que consiga frenar la maldita respiración que desde el suelo no deja de observarle agitada.




Relato incluido en la antología "Los mejores Terrores en relatos" de M.A.R. Editor
Fotografía: José G. Cordonié

2 comentarios:

  1. Si es que no se puede volver de la guerra, asi, sin avisar. Eso es muy molesto.
    Grande

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  2. Interesante, con un desenlace inesperado tras la intriga de los primeros párrafos, las palabras conducen inevitables a recrear las imágenes y vivir la situación, hay párrafos muy bellos.

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