martes, 21 de mayo de 2013

LA INDOLENCIA DE LA NOCHE




Este relato ha sido realizado a modo de Cadáver Exquisito, siendo escrito alternativamente por los autores, sin conocer uno cómo el otro continuaría la siguiente parte, y así sucesivamente hasta completarlo, correspondiendo a José G. Cordonié los capítulos impares y a Israel López los pares. 

[Extracto del Bestiario de Morotropium]

1

Al entrar la primera penumbra del anochecer, Evaristo Cienfuegos nota cómo en su barbilla ha crecido el pelo de la barba con una mayor celeridad de lo que acostumbra. Tras unos segundos de confusión, repasa mentalmente los inicios de la mañana para recordar que, sin duda alguna, se ha afeitado después de la ducha, tal como suele hacer cada día.
Después una breve reflexión que no le lleva a ningún sitio porque llega a rozar el absurdo, Evaristo se levanta del sillón del salón y se acerca, todavía extrañado, al primer espejo que encuentra en su camino, en la entrada de la casa. Allí, apoyándose en la luz ámbar de la lamparita colocada sobre el recibidor, observa en detalle que la barba le ha crecido de repente y de improviso en las mejillas y en la barbilla. Parece que no se hubiera afeitado en al menos una semana.
La realidad resulta  a veces confusa —piensa—, incluso puede llegar a parecer más irreal que en los propios sueños. No obstante, lo más insólito, en ocasiones, puede obedecer a la más pequeña tontería. A una ridiculez. Y la razón de que la barba le crezca ahora de aquella manera seguramente sea debido a una simpleza. A alguna futilidad.
El rostro en el espejo muestra claramente una barba creciente que va rápidamente cerrándose y oscureciendo su faz. Evaristo por momentos llega a mostrarse impaciente, yendo y viniendo del sofá al espejo. Incluso, al detenerse durante unos segundos en el detalle del vello en la cara, llega a sospechar de que se encuentra creciendo en ese mismo instante.
Finalmente, tras coger del baño un pequeño espejo de mano, vuelve aturdido a sentarse en el sillón del salón, que comienza a oscurecerse por la incipiente noche, que parece desarrollarse en el negro envoltorio de su embrión, donde en lo alto se corona como reina de la oscuridad una luna plena, como un inmenso ojo sin pupila.
El plenilunio siempre —discurre ahora Evaristo Cienfuegos—, está asociado a hechos insólitos y extravagantes.
A donde no alcanza su reflexión, quizá porque evite llegar a ese punto, es que también la luna llena se relaciona con la demencia y con algunos fenómenos paranormales y estrambóticos como la licantropía. Y aunque no llegue a ninguna conclusión, es posible que este último asunto, el de los hombres-lobo, sí que se le pase por la cabeza cuando mira de frente a la luna complemente hinchada desde su ventana, mientras se mesa su abundante barba, que empieza a desbordarse por su cuello y por su frente.
No obstante, si algo tiene claro es que a él no le ha mordido ningún lobo. Lo más cerca que ha estado de un animal con cierto pelo, fue el centollo que coció dos días atrás, en la festividad de San Nipocio, que levemente le atenazó con una de sus pinzas en el momento de sumergirlo en el agua hirviendo, causándole un leve corte.
Pero el hecho de que el vello en su barba no cese de crecer no es lo que más le preocupa en ese momento, sino el abundante pelo que le está creciendo por el resto de la cara y en las manos, y que nota incluso extenderse por debajo de su camisa y de su pantalón. 
Sin querer detenerse más en lo insólito de su estado, Evaristo decide irse a la cama, pensando que posiblemente cuando se levante por la mañana todo haya podido volver a la normalidad.


2

La noche, otrora reparadora, se convierte en una laguna oscura, de la que no se puede atisbar el fondo. Evaristo nada desesperado, luchando contra las olas que estallan violentamente contra su cara atraídas por los efectos gravitatorios de la luna, sin encontrar nada a lo que asirse y poder descansar aunque el peligro continúe latente.
En las primeras horas de vigilia, Evaristo se siente extenuado, y se ve obligado a dejar de nadar. Se dedica sencillamente a mantenerse a flote, reservando las escasas fuerzas que le restan a su cordura.
Va a ahogarse. Puede percibirlo en cada terminación nerviosa. Pero esta funesta realidad no evita que le venza el agotamiento y se deje llevar por Morfeo a un sueño inquietante, mientras no deja de sentir como el agua lo balancea salvajemente amenazando con hundirle para siempre.
Evaristo tirita de frio. El agua que añora engullirlo, palía su impotencia perdiendo temperatura. Si no logro envolverte acabaré por congelarte —piensa la diosa de la laguna, con su empapado traje de negra seda formando una segunda piel sobre su cuerpo, convirtiéndola en la muerte más sensual que se haya conocido. Pero, a pesar de sus esfuerzos, Evaristo se mantiene a flote. Latente. Sutilmente dormido.
Aunque es consciente de que flota sobre la laguna negra, ha olvidado su suerte y se deja arrastrar por la oscuridad de sus sueños, mucho más negros que las propias aguas, por difícil que sea de creer.
Evaristo sueña con que se trasforma en una bestia mitológica carente de corazón, de amarillos dientes afilados con los que sega la vida de todo el que osó a hacerle daño. Y fueron muchos...
Siente el vello crecer por todo su cuerpo, extenderse como un átomo al dividirse, poblando con ello cada centímetro de su hirsuta dermis.
El frío de las aguas le impide sudar. Tiene la piel de gallina bajo la capa de pelo, color ébano, que debería mantener a salvo su temperatura corporal.
Sus sueños, nacidos en las páginas de piel humana curtida del más lúgubre de los Bestiarios, se desgranan en una rápida sucesión, agitando la inerte anatomía de Evaristo que aún lucha inconsciente por no volcar. Por mantenerse a flote.
Amanece en las calles de Morotropium. El horno de la panadería inunda las calles del delicioso aroma a leña evocando bocados de crujiente y dorado pan recién hecho.
Funcionarios del ayuntamiento, engalanados con uniformes flúor que reflejan las luces del alba, espolvorean agua por las aceras para eliminar los restos cenicientos rallados de la madrugada y los orines de los incontinentes beodos que se desorientan camino de unos hogares de los que huyen de forma inconsciente.
Las amas de casa más hacendosas levantan las persianas y asoman medio cuerpo por el quicio para hacer restallar sus polvorientas gamuzas sobre la pintura blanca de las fachadas, ajenas al peligro que acecha a solo unas puertas,  donde estanca.
La casa de Evaristo acoge las aguas de la laguna negra.
Mientras la vida se derrama por las empedradas calles de la ciudad portuaria, los ojos de Evaristo, anegados de sanguinolentos derrames, se abren a un nuevo día.
Teme levantarse.
Teme comprobar en qué le ha convertido la noche.
Teme su reflejo en el espejo.
Teme que la laguna negra, que no ha conseguido engullir su cuerpo, haya logrado consumir la más importante de sus condiciones... Su humanidad.


3


El descubrimiento del cuerpo sin vida de Clarita Socamontes flotando próximo a las rocas donde se eleva el faro, fue un hallazgo que recorrió el pueblo de Morotropium como un escalofrío la espalda de un niño en una noche de terrores llena.
El Viejo Pescador de Pulpos encontró el cadáver cuando lanzaba entre las rocas su bichero, donde poco antes había atado con doble nudo una gasa blanca en su punta. La madrugada había entrado a ráfagas de luz, y el mar, en la zona baja de las rocas, se hinchaba en su oleaje con sombras negras entre la espuma blanca. El viejo silbaba una melodía a baja voz cuando la aparición repentina del cuerpo mutilado de la muchacha, y magullado por la violencia del mar contra los peñascos, le causó un sobresalto tan grande que a punto estuvo de perder el equilibrio. En el primer instante, al salir el bulto a la superficie, pensó que se trataba de un extraño animal, pero enseguida distinguió la forma humana.
Le pareció una sirena. Dulce y exótica como una sirena que hubiera llegado herida hasta las rocas. Pero el cuerpo no pertenecía a ninguna sirena, ni tampoco se trataba de un cuerpo malherido, sino de uno mutilado y sin vida. Además, al cabo de unos pocos segundos, pudo darse cuenta de que aquel cuerpo adolescente y desnudo, de cabellera rubia y extensa, era el de la hija del gobernador.
La luz de la mañana había entrado lenta y adormecida, con haces blanquiazules suspendidos entre los jirones de niebla que se posaban como una cortina rasgada en la línea del mar y de la tierra, creando un marco nebuloso de confusión e intriga, donde el viejo seguía de pie, aturdido y desconcertado cerca de las rocas, viendo como la policía sacaba de las aguas el cadáver de la joven, sin saber discernir si que aquello que estaba presenciando era parte de un extraño sueño o de una espantosa realidad. En esa confusión, y a pesar de lo terrible que pudiera parecer su pensamiento, le pareció un cadáver exquisito, bello y eterno, como una ninfa dormida.
En muy poco tiempo, un gentío se había agolpado en el faro para tratar de ver la escena. Miraban hacia los peñascos, en la falda del faro, con la intriga escrita con desasosiego en el rostro, dentro de un silencio que en ocasiones llegaba a ser murmullo. El Viejo Farero, apoyado en la barandilla oeste de su faro, pensó que la muerte siempre suscita interés y curiosidad, y más aún si la muerte ha llegado en un acto de violencia, repentino o ridículo. Y al pensar en ello, recordó aun sin querer a sus hijos idos, que un día salieron al mar para ya nunca más volver. El Viejo Farero desvió la mirada de las rocas, para dejar su vista extendida en la muchedumbre, y después la llevó hacia los alrededores del faro, donde estaban aparcados los furgones de las televisiones locales, los coches de la policía nacional, local y científica, y el coche negro donde había llegado el juez encargado del levantamiento del cadáver.
Sus pensamientos le volvieron a traer a la realidad, dejando atrás la nostalgia, y se detuvo por un momento en los jóvenes policías de la científica que examinaban el cuerpo.
El cadáver de Clarita yacía desnudo en el suelo, en la explanada natural que formaban las rocas antes de llegar a las escaleras del faro. A su cuerpo le faltaba uno de los brazos y también el pie izquierdo, que parecía haber sido cercenado de un tajo certero. Pero lo más insólito, y a la vez espeluznante, era que el costado parecía que hubiera sido devorado hasta dejar al ras las costillas. La caja torácica parecía vacía, sin que hubiera el más mínimo rastro de las vísceras.
¿Qué animal habrá podido hacer algo así? Preguntó en voz alta uno de los policías, sin buscar respuesta alguna, sino más bien lanzando la interrogación como una exclamación del espanto y de la pena.
Todavía es pronto para sacar conclusión alguna —contestó el forense sin mirarle a la cara, que en cuclillas junto a la joven muerta hacía los últimos preparativos para el envío del cuerpo al Instituto Anatómico—, pero bien sabemos que el animal más terrible y cruel es siempre el Hombre.
Un cuerpo dentro de una bolsa negra de plástico parece cualquier cosa menos un cuerpo humano. El Viejo Pescador de Pulpos sintió que aquello ya no era nada, que el alma habría salido ya hacía la incertidumbre, y le costó pensar que aquella ninfa hubiera sido pocas horas antes una chica normal llena de vida y de emociones, de esperanzas y de sueños. Luego, una lágrima saltó a su mejilla y atravesó las arrugas de su rostro, quemado y marchito por el tiempo y por el sol de invierno.


 4

            Las aguas negras se habían evaporado. Como si una falla volcánica se hubiera abierto en el interior de la laguna convirtiendo en nubes las aguas gracias al calor infernal procedente de sus erupciones de lava.
También la diosa de la laguna había huido de la luz del sol, en su esfuerzo diario por mantener la gracilidad de su pálida piel.
Antes que demonio es mujer —pensó Evaristo tras comprobar aliviado que su cuerpo volvía a descansar en aquel nido de chinches al que él gustaba llamar catre. Las familiares grietas, que cruzaban como arroyos caudalosos la pintura plástica del techo, indicaron al joven Cienfuegos que la trémula noche había tocado a su fin.
Aun quedaba el asunto del vello. Aquello que le había atormentado horas antes de yacer rendido.
Palpó con manos temerosas sus marcados pómulos y los encontró tan vulgares, anodinos y lampiños, como lo habían sido desde que abandonó la pubertad y se convirtió en el ser afilado y anguloso que le había proporcionado el sobrenombre de “El Seiscocidos”; en clara referencia al ancestral remedio para su extrema delgadez.
A pesar de que todo parecía haber retornado a la cotidianeidad, a Evaristo le llevó más de media hora reunir el arrojo y las energías necesarias para abandonar la ilusoria seguridad que ofrecían las desdeñosas mantas que recubrían el catre.
Ya se lo había advertido «El Escuris», el más veterano de sus compañeros en la conservera. Llevaba allí tantos años que ni él mismo podía datar con seguridad su ingreso. De hecho, se sospechaba que había sido el encargado de poner los goznes a las puertas que daban acceso a la planta… «Cienfuegos... Tanto orujo no puede ser bueno. Te llenará los sueños de meigas».
Cuando reclinó el cuerpo para lograr alcanzar con los pies el frío suelo de loza, sintió la protesta, en forma de dolor, de todos los músculos de su cuerpo, de algunos de los cuales desconocía su existencia hasta ese momento.
La habitación giró por si sola a su alrededor y sintió como las nauseas amenazaban con anegar el catre con el vacuo contenido de su estomago.
Haciendo uso de sus renovadas, aunque escasas, fuerzas, galopó hasta el cuarto de baño donde yació de rodillas, frente a la taza del váter, hasta que su sistema digestivo quedó exento de cualquier resto procedente del día anterior.
Cuando fue a tirar de la cadena, Evaristo descubrió aterrado que en el interior del retrete flotaban grandes trozos de carne desgarrada y estaba anegado de sangre.
Este descubrimiento consiguió que, al incorporase, una titánica migraña, motivada por la preocupación, acampara en su cabeza sin dar síntomas de estar dispuesta a abandonar su febril emplazamiento sin oponer resistencia.
No bebí tanto como para sentirme así —se dijo Evaristo mientras se dirigía al teléfono con el fin de avisar a los responsables de la conservera de que estaba enfermo y no podría ir a trabajar—. Ni siquiera estaba borracho cuando salí de la taberna…
Tras recibir la comprensión del encargado, Evaristo regresó al baño con la intención de darse una ducha.
Debía acudir urgentemente al médico. Tener el estomagó lleno de sangre no podía presagiar nada bueno. Además, nada como el agua caliente para desembotar músculos y mente. El agua repararía los daños producidos por los excesos tal y como había hecho en múltiples ocasiones.
Pero cuando se situó frente al espejo con el fin de lavarse los dientes y quitarse con ello el metálico sabor de la sangre, que amenazaba con volver a obligarle a vomitar, descubrió que su pijama estaba hecho jirones y lleno de las inconfundibles manchas purpuras que solo deja la sangre.
También su piel presentaba restos del rojo elemento. Especialmente en las manos y alrededor de la boca, donde la sangre coagulada se había tornado negra por la oxidación.
Se introdujo aterrado en la ducha. Y aun a riesgo de escaldarse, utilizó todo el agua caliente del arcaico calentador dejando la bañera impresa de restos de un desagradable color carmesí. Era como si decenas de descoloridas venas recorrieran los tejidos de la blanca porcelana.
Literalmente tuvo que arrastrarse hasta el dormitorio con el fin de engalanarse  con las prendas que menos esfuerzo requiriese lucir; un decolorado chándal del Deportivo de La Coruña y unas Yumas sin calcetines. Solo pensar en doblarse para enfundar sus pies suponía un desafío tan grande que ni siquiera tuvo que cuestionárselo.
De camino al médico decidió parar en el bar, al que todos llamaban taberna, para tomar un frugal desayuno.
El cálido engrudo al que el tabernero osaba llamar café, era famoso por sus propiedades reconstituyentes y porque, a falta de derivados del petróleo, podría ser utilizado para asfaltar las calles de cualquier ciudad.
Al primer sorbo de la cálida melaza, Evaristo sintió como el corazón golpeaba con violencia su pecho, bombeando sangre enérgicamente y obligándole, contra su voluntad, a sentirse mejor.   
Un oscuro silencio reinaba en la taberna.
El tabernero repasaba la barra con un indecoroso trapo remojado en vinagre que hacía que todo el bar oliera a agrios encurtidos pasados de fecha. Los dos borrachos dormitaban perennes en su mesa con sendas copas de cazalla a medio terminar.
Un oxidado tintineo avisó que otro incauto atravesaba las puertas de la taberna. El encargado arrojó el trapo sobre un saco de mohosas patatas y, sin pararse a preguntar, sirvió un generoso sol y sombra a El Viejo Pescador de Pulpos.
Sin esperar a ser preguntado, el vetusto lobo de mar narró de un tirón, casi sin pararse a respirar, todo lo que le había acontecido en tan funesta mañana.
Cuando acabó, apuró la copa de un solo trago y observó como un traslúcido Evaristo Cienfuegos se retorcía en su banqueta, con ambas manos sujetándose las tripas, como si temiera que acabaran empanadas por el serrín que yacía esparcido por el suelo.
   Ha sido un Bruño —dijo El Viejo Pescador de Pulpos—.  Lo mismo que hoy he visto en la mar, lo vi en los bosques, cuando aún no tenía edad de beber, de la mano de mi padre. Solo un Bruño es capaz de infringir semejantes desgarros. Se lo he dicho a la policía pero me tomaron por loco. —siguió hablando con una confiada sonrisa y aprovechando la pausa para vaciar la segunda dosis de espirituoso.
   ¿Un Bruño?—preguntó Evaristo, con un hilo de voz, mientras observaba como el tabernero negaba con la cabeza prejuzgando su falta de conocimiento.
   Un Bruño hijo… —contestó condescendiente El Viejo Pescador de Pulpos—. Es una especie de hombre lobo que vive en estas tierras desde los tiempos de los Celtas. Eso que sepamos —sonrió mostrando varios huecos vacíos en la dentadura—. Porque seguro que es anterior al Hombre. Los Bruños son hombres, como tú y como yo —explicó señalando con el índice a Evaristo que a punto estuvo de perder el equilibrio ante semejante acusación—, que el primer día de luna llena, devoran el corazón de alguien con quien tengan cuentas pendientes. ¿Pero quién puede tener cuentas pendientes con una niña? —clamó El Viejo Pescador de Pulpos mirando al cielo como si pidiera explicaciones al Señor—. La pobre Clarita es la segunda víctima del Bruño. No hace un mes, acabó con un indeseable en la aldea vecina ¿O no os acordáis?
   Bien muerto está ese malnacido —sentenció el tabernero
   Cierto —corroboró el decrépito marinero—. Desde pequeño había sido un bala perdida. Casi mata a sus padres a disgustos… Pero afortunadamente el Bruño dio con él.
   ¿De quién estáis hablando? —preguntó Evaristo delatando su falta de interés por las noticias y por todo aquello que le sucedía a las gentes de la región, gracias a lo que recibió sendas miradas despreciativas.
   De Martín «El piojo» —contestó el tabernero—. ¿Cómo podía caber tanta mala sangre en un cuerpo tan pequeño? —se preguntó a sí mismo, tras lo que durante unos minutos se dedicó a desgranar el historial delictivo del joven. Por aquí solo paró una vez —Narró con un creciente odio en la mirada—. Pero me destrozó la taberna y lo tuvo que sacar a rastras la policía porque afirmaba que le había atendido de forma descortés. ¿Descortés? —chilló—. Se estaba comiendo a mi hija con los ojos mientras con la mano se la ponía dura…. Solo le pedí que se marchará y que no volviera más… Entonces agarró una de esas sillas —continuó señalando a los dos borrachos— y la arrojó a la calle a través de la cristalera. Por suerte, el estropicio alertó al alguacil y cuando estaba a punto de cortarme el cuello, apareció la autoridad competente. Juró que me mataría… Pero lo cierto es que no se dejó volver a caer por aquí, porque si lo hubiera hecho… el Bruño se habría ahorrado el trabajo —afirmó con seguridad mirando de soslayo la escopeta que escondía, desde ese día, bajo el mostrador—. Afortunadamente no le gustaba Morotropium. Era aburrido para él. Prefería la capital. Allí sí que era conocido… Pero no hace mucho anduvo por aquí —continuó—. Me avisó mi hija que lo había visto en los billares y me convenció para que cerrara la taberna y evitara la bulla. No sé si pasó por aquí… Donde si paró fue en el burdel de las afueras. El muy hijo de perra le partió el labio a La Goda después de hacerle todas las marranadas que se le antojaron. Cuando la pobre niña quiso cobrar por sus servicios, El Piojo le reventó los dientes de un puñetazo y se fue por donde había venido. No se volvió a saber de él por aquí… Hasta que apareció despiezado en el bosque unos días después…
   ¡Pobre Goda! – sentenció El Viejo Pescador de Pulpos con la ternura propia del que ha disfrutado de sus servicios—. Por suerte el Bruño le puso en su lugar         —para reafirmar sus palabras elevó la copa por encima de su cabeza y la apuró sin un solo parpadeo.
   ¿Y él Bruño solo ataca a quien ha tenido problemas con él? —preguntó Evaristo desconcertado—. ¡Pero vamos a ver chaval! ¿Tú no escuchas?          —exclamó El Viejo Pescador de Pulpos—. Si no has ofendido al Bruño, nada tienes que temer. La leyenda dice que el Bruño deja de ser una bestia cuando acaba con todos sus enemigos. Una vez que acaba con todo el dolor de su corazón, el veneno que lo convierte en lobo abandona su cuerpo y no vuelve a transformarse.
   ¿Y cómo se convierte uno en Bruño? —osó preguntar Cienfuegos a pesar de la hostilidad de sus contertulios.
   El Bestiario contempla solo dos formas —contestó solemnemente El Viejo Pescador de Pulpos—. Tiene que morderte otro Bruño o tienes que beber de su saliva una vez ha empezado a transformarse. Por eso ha habido tan pocos Bruños en la historia de Morotropium…Ya que si el Bruño te muerde… Puedes dar por segura la muerte —dijo golpeando la barra con su huesudo puño para reafirmar la seguridad de su sentencia—. ¿Y quién iba a beber la saliva de un lobo?
Evaristo abandonó aliviado la taberna. Durante un instante temió ser el responsable de la muerte de una niña, pero la seguridad con la que hablaba El Viejo Pescador de Pulpos le había convencido de que él poco podía tener que ver.
Evaristo no podía ser el Bruño. En primer lugar nada tenía contra la niña. Por lo que aunque fuera un Bruño no tenía motivos para matarla. El caso de «El Piojo» era diferente. Sí tenía algo contra él, pero las fechas no cuadraban. Hace un mes él no tenía síntoma alguno. Por otro lado, no le había mordido ningún animal, y la única saliva que había bebido era la que, previo pago de su importe, le suministraba La Goda en sus frecuentes visitas al burdel.
Cobrarle le cobraba. Pero solo le besaba a él con la boca abierta. Ella se lo había jurado y él no tenía por qué no creerla. De hecho, cuando ahorraran lo suficiente, comprarían una casa lejos de Morotropium y vivirían juntos y felices los años que les restaran rodeados de críos.
Mientras Evaristo se dirigía tranquilo hacia la consulta del Doctor del puerto, regenerado gracias a las ensoñaciones de su futuro al lado de la meretriz, la policía sacaba de su casa el cadáver de Diego «El Prestamista».
Su mujer había reconocido el cadáver gracias a los escasos restos que quedaban de su atuendo y a un antiguo tatuaje en el único miembro que el Bruño había dejado intacto.
En el archivo de morosos en el que el difunto estaba trabajando en el momento de su muerte, oculto por una indecente cantidad de sangre derramada, se hallaba escrito, con fina caligrafía inglesa, el nombre de Evaristo Cienfuegos.



5



La confusión es propia de los sueños. Y los sueños, gracias a la opacidad ilusoria que crea esa confusión, es lo que nos permite distinguirla de la realidad. De no ser así, sería difícil discernir la vigilia del sueño, y este sería un camino directo a la locura.
La última noche de Evaristo Cienfuegos era, de algún modo en sus recuerdos, una mezcla donde alternaban instantes lúcidos e imprecisos aleatoriamente, tiñendo la memoria de confusión y desconcierto a partes iguales, llevándole a un estado de ofuscación que le hacía caer el ánimo. Aun sintiéndose abatido, desfallecido y azorado, nada de esto quiso decirle al doctor Pedreira en su visita al Centro Médico del puerto. Se limitó a comentarle, sin caer en el detalle, que se había levantado indispuesto y que entre los restos de su vómito le había parecido distinguir un líquido similar a la sangre.
Tras un amplio reconocimiento, el doctor descartó cualquier enfermedad importante, indicándole que cuidara su alimentación y que no ingiriera bebidas alcohólicas por un tiempo, ya que podría tratarse de una úlcera sangrante de estómago. Pero aparte de lo indicado por Evaristo, el doctor advirtió una cierta melancolía que iba más allá del precario estado físico que presentaba. Conocía a su paciente bastante bien, desde que lo había extraído al nacer del cuerpo de su madre, y sabía que había algo que no le parecía ir bien. Esa melancolía que le encontraba escrita en sus ojos le daba mala espina. Aunque tal vez no fuera más que el propio decaimiento por una mala noche, sus muchos años de experiencia le hacían presagiar algún malestar oculto que le pudiera llevar a la aflicción y a una posterior caída al vacío opresivo de la depresión.
En la cabeza de Evaristo, aunque trataba de despistar este tipo de raídos pensamientos, le martilleaba con la idea de poder ser El Bruño del que tanto se hablaba en la mañana en todas partes del pueblo. El insólito pensamiento de poder ser la bestia negra sanguinaria le atormentaba, tanto por no recordar la noche, como por las evidencias encontradas en sus ropas destrozadas y manchadas. Pero además, porque él nunca había imaginado que un ser así pudiera existir realmente. Siempre lo achacó a leyendas, a mitología popular o a patrañas propias de la gente inculta del lugar.
Trató de calmarse bebiendo un vaso de agua de seltz reclinado en el sofá de su salón. Tras el ventanal el día crecía serpenteando cirros por un cielo que parecía hecho con trazos de acuarela gris. Había olor a lluvia. Evaristo encendió un cigarrillo y buscó una hoja en blanco en su libreta para apuntar aquellos aspectos que le hacían creer, o pensar, en que podría ser él la Malabestia, así como aquellos otros que le derivaban a descartar cabalmente tal insensatez. En un lado de la hoja rayada de la libreta escribió con su pulcra caligrafía inglesa el aspecto de sus ropas, las salpicaduras de sangre y los restos del vómito. Observó los apuntes, reflexivo, y pensó en aquello por lo que podía eliminar cualquier atisbo de ser la infame bestia. No escribió nada más, a pesar de que encontró algunas razones.
Evaristo sintió una punzada en la boca del estómago y la entendió como una alarma del hambre. Tenía el estómago vacío. Bebió de un trago el medio vaso de agua de seltz que le restaba y se dirigió hasta la cocina arrastrando los pies descalzos.
Lo único que encontró en la nevera fue un triste tomate, restos de una lechuga que había perdido su verde frescor, una longaniza seca, dos limones gemelos, una mano cortada hasta medio antebrazo y un corazón que parecía haber sido arrancado de cuajo.
Comió sin apetito y bebió hasta tres vasos de agua de seltz para tratar de calmar una sed que parecía inextinguible.
La tarde se había hecho de pronto y en el ventanal del salón comenzaba a tapizarse el horizonte de penumbra. Ahora, tras la frugal comida, Evaristo se sentía mejor. Aunque tal vez su recuperación se debiera al tónico que le había recetado el doctor Pedreira, «Energitrón 500mg», cuya dosis recomendada había ingerido justo antes de comer. Fuera lo que fuese, Evaristo se encontraba lleno de vigor, exultante de fuerzas y de ánimo, por lo que decidió ir a visitar a La Goda.
Hizo el camino al burdel silbando canciones de viejas películas del Oeste, haciendo que todos sus miedos se vaporizaran al compás de sus alegres pasos. Caminaba y silbaba mientras que en las calles las farolas se iban encendiendo para iluminar la incipiente noche, permitiéndole extender su sombra anticipándose a sus pisadas. La luna, todavía tímida, comenzaba a alzarse en el cielo, como un enorme foco que comenzara a menguarse, fundiendo la parte rasa de su volumen, como un enorme queso al que le hubieran cortado una pequeña tajada.
Al traspasar las cortinas de terciopelo carmesí del lupanar, encontró a La Goda sentada en un taburete en la pequeña barra de bar leyendo a Schopenhauer. En ese instante, viendo a su amada apoyada en la barra, dejando su exuberante y blanco pecho extendido sobre el mostrador, junto a un vaso de pipermín y al libro, sintió cómo su amor se inflamaba hasta el punto de notarse bajo la cintura de su pantalón.
     Muñeca, hoy necesito de ti —balbuceó jadeante Cienfuegos, sin poder apartar la vista de aquellas enormes tetas— Necesito que esta noche me des tu amor.
     Muchas veces las cosas no se le dan al que las merece más, sino al que sabe pedirlas con insistencia.
     ¿Cómo dices?
     Es una frase de Arthur Schopenhauer, que acabo de leer en este libro.

Los chirridos del jergón hacían adivinar el movimiento. La sombra doble proyectada en la pared por el vaivén de la lámpara del techo, lo confirmaba. Los besos, cuando no se dan, sino que se comparten con frenesí y generosidad, son más que besos. Y la sonoridad de aquellos besos de lenguas entrelazadas, como las raíces de un árbol en crecimiento lineal hasta el cielo, llenaban la estancia de algo que incluso podría llamarse amor.
La noche cabalgaba a su mismo ritmo, como el latido de una bomba de relojería, hasta que Evaristo sintió crecer algo extraño en su cabeza, como un pensamiento que se apoderara de él hasta anularle por completo. Se vio a sí mismo, frente al espejo en que se había convertido la ventana con la negrura de la noche, con el pelo brotando en su rostro de improviso, aullando como un animal salvaje a la silueta de la luna, sintiendo esa terrible sed que de alguna manera intuía que no sería fácil de saciar.


6

La bombilla que, desnuda, constituía la única iluminación de la alcoba de La Goda reflejaba, con su eléctrica luz, las miles de gotas de sudor que perlaban el hirsuto pelaje del lomo del Bruño, como si se trataran de miles de burbujas de rocío reflejando el sol del alba sobre una zarza de frutos del bosque, evidenciaban el titánico esfuerzo que la bestia acababa de realizar.
 Erguido sobre sus patas, cuyo inseguro anclaje sobre las pezuñas emitía continuos y desagradables chirridos al rallar el suelo, el animal observaba su reflejo con una curiosidad tal, que un observador hubiera adjudicado cierta inteligencia a la bestia, lo que era del todo imposible.
 De su pene, aún erecto, se deslizaban los restos ocres de un torrente espeso de esperma que se deslizaba hasta el suelo formando un grueso hilo infinito, similar al que genera la saliva de un bebé. La composición y el espesor del semen, que evocaba al de la crema pastelera, arrancaba volutas de humo al contacto con el suelo de linóleo.
En la cama, empapada de sudor y nauseabundamente pestilente para los refinados gustos humanos, descansaba lo que fue La Goda. Aun jadeante. Aun expectante. Esperanzada, llena de ilusión y esperanza de que el macho volviera a cubrirla.
Había sentido un placer tan intenso, que solo podía calificarse de una manera: animal.
Junto a ella, esparcidos entre sus patas, se extendían los fragmentos de rugoso látex del preservativo que, usando magistralmente sus labios, La Goda había colocado en el pene humano de Evaristo, logrando con ello el primer murmullo incontrolado de placer. Pero al transformarse en Bruño y redoblar su tamaño, el condón había explosionado como si hubiera contenido una carga de pólvora a la que la pasión hubiera arrimado un ascua.
El Bruño continuaba admirándose sin atinar a entender que había cambiado. Si hubiera dispuesto de la mente de Evaristo, la metamorfosis habría sido obvia, pero la necia mente del lobo solo podía intuir los cambios guiada por aquello que le había mantenido con vida durante siglos: el instinto.
Sin dejar de observarse, sintió la llamada del hambre y de la venganza.
Ya habían transcurrido algunas horas que, aún siendo Evaristo, había devorado los restos del brazo y el corazón de El Prestamista, que guardaba en la nevera sin que la parte humana de su mente advirtiera la aberración que estaba cometiendo.
Golpeó sin asomo de delicadeza a la hembra que yacía lánguida en la cama hasta que la obligó a incorporarse. Sus sentidos, agudizados, les dictaron que en el salón que tenían bajo los pies bullía la vida.
Los hombres de Morotropium bebían y cantaban antiguas canciones de la mar mientras las meretrices reían coquetas y, ofrecidas, ahuecaban sus escotes y su ingenio en pos de una provechosa noche. 
El Bruño se sintió atrapado. Sin salida. En peligro.
Entonces un recuerdo asoló su mente. Hacía menos de un mes de la sucesión de imágenes que acudieron a su limitado cerebro conformando una especie de película intermitente, como si cada fotograma se detuviera más de lo necesario.
En ella, Evaristo acudía al burdel y se tomaba un botellín de Estrella mientras charlaba animadamente con La Goda, al tiempo que sus dedos palpaban el interior de sus bolsillos en busca del tacto del billete de cincuenta euros que acabaría convirtiéndose en el pasaporte que le daría acceso al paraíso.
Acabado el quinto, La Goda, como otras tantas veces, le tomó de la mano y le arrastró dulcemente escaleras arriba en dirección a sus aposentos.
Una vez allí, lo aseó con manos expertas y agua tibía, mientras Evaristo permanecía indignamente sentado en la fría loza del bidé con los pantalones arrugados rodeando sus tobillos. Después, en una estudiada ceremonia, cuyo fin era eliminar los infructiferos prolegómenos, La Goda se desvistió despacio frente a sus ojos consiguiendo que el inerte miembro de Evaristo cobrara vida.
Tras ponerle el preservativo sin usar las manos, lo montó e inició los movimientos cadenciosos que sabía que provocarían el delirio de su cliente predilecto.
Evaristo se incorporó y buscó el suelo con los pies manteniendo a horcajadas a su amada. Ella, solicita, lo abrazó y adaptó sus movimientos a la nueva postura.
Fue entonces cuando Evaristo creyó palpar una desconocida capa de fino vello en la base de la columna vertebral de La Goda. Pero la sorpresa del descubrimiento se esfumó cuando sintió un agudo dolor en su hombro izquierdo. Cegada por la pasión, la muchacha había hundido los dientes en su piel mientras sus jadeos anunciaban la proximidad de un orgasmo glorioso.
La mezcla de dolor y del poder que todo hombre siente al hacer gozar a su amada precipitaron el final, y Evaristo se vació en el interior de La Goda entre mecánicos movimientos y estertores.
Hasta la irracional mente del Bruño concluyó que acababa de mostrársele su origen en forma de realista ensoñación.
Buscó a la causante de su caída en desgracia, pero en la habitación solo se encontraba la hembra a la que acababa de cubrir. Si la transformación de La Goda no hubiera sido completa, el Bruño no habría dudado en descuartizarla con sus poderosas garras y en saciar su hambre con sus torneadas carnes morenas.
Aun así, el Bruño gruñó agresivamente a la hembra que mostró su sumisión encogiéndose para empequeñecerse protegiendo con ello los órganos vitales de un posible ataque.
Pero en lugar de eso, el Bruño giró sobre sus pezuñas, destrozando el recubrimiento plástico que protegía el suelo, y con sorprendente agilidad y decisión, saltó atravesando la ventana y tras volar unos metros se perdió entre las sombras del bosque cercano.
Los instintos de la hembra le obligaron a seguirle. Si bien, ella no se lanzó al vacío como había hecho el Bruño, si no que aprovechó el tejado del cercano cobertizo para minimizar los riesgos.
Era tan ágil como el macho. No había motivo para perder tiempo a la hora de seguirlo. Pero algo en el interior de la mente animal de la loba le dictaba que debía proteger a la cría que acababa de instalarse en su interior tras recibir el torrente amarillento, similar a la crema pastelera, de esperma que aún abrasaba sus entrañas y se desprendía por su patas formando pequeños y espesos ríos que, como si de ácido se tratase, fundían el suelo.
Fue sencillo encontrar el rastro del Bruño por lo que, sin dar tiempo a que el escándalo formado por la ventana rota llenara de clientes el parking del lupanar, la Bruño desapareció entre los árboles, exactamente por el mismo lugar que el macho lo había hecho solo unos instantes antes….

7

El temor se había apoderado de las gentes de Morotropium. Un temor que presagiaba la locura de la venganza y del rencor contra la salvaje bestia, que en sólo dos noches se había tomado la vida de al menos tres personas. O quizá de cuatro, ya que La Goda, una de las prostitutas del burdel, había desaparecido y en la habitación que ocupaba había evidentes signos de violencia.
El Inspector de policía, Ramón Botafume, inspeccionaba el cuarto de la ramera junto al dueño del lugar, tratando de no perder ninguna pista, sino al contrario; hallar las evidencias necesarias que pudieran ponerle en el camino de encontrar a la mujer desaparecida y a su atacante. Observó la maltrecha cama revuelta, la ventana rota de dentro a fuera, trozos de látex esparcidos por el suelo, incluso algún pedazo pegado en la pared, y una extraña mancha de un líquido amarillento que recordaba el aspecto de la crema pastelera.
     ¿Qué es ese extraño fluido que parece que está carcomiendo el suelo?              —preguntó alarmado el casero, con el rostro apesadumbrado más por el aspecto devastado de la habitación que por la incógnita sobre la desaparición de su ramera.
El inspector se agachó y tomó con el dedo índice una muestra de la sustancia viscosa derramada por el viejo parqué. Verificó la densidad frotando la sustancia con el índice, el corazón y el pulgar, para más tarde llevarlo instintivamente hasta la punta de la lengua para probarlo.
     Es semen —concluyó el policía limpiándose los restos espesos de sus dedos con un pañuelo de tela.
     ¿Cómo dice?
     Que se trata de semen —esta vez al decirlo miró a su acompañante. Y luego continuó:— Esperma. Claramente es esperma. Pero sin embargo, por el sabor, no me parece que sea humano.
El casero se quedó absorto mirando los restos del líquido pegajoso en el suelo de la habitación, sin atreverse a tocarlo, mientras el inspector se levantaba, tras coger una muestra, para dirigirse hasta los restos destrozados de la ventana. En una de las partes del marco de madera desvencijado que colgaba a punto de caer, pudo encontrar restos de pelo manchado de sangre. Lo extrajo con unas pinzas, lo llevó hasta los ojos y después lo introdujo en una pequeña bolsa de plástico.
     ¿Quién estuvo con La Goda esta noche?
     No tengo ni idea.
     ¿Quiere decirme usted que no sabe con qué clientes se acuestan sus mujeres? ¿No sabe con quién subió a la habitación?
     No lo sé —repitió nervioso el propietario—. Parte del éxito de nuestro negocio radica justamente en eso: en no saber. Ya sabe cómo son muchos de nuestros clientes, no quieren que se les vea en el vestíbulo, así que las chicas los suben a las habitaciones con total secreto y discreción.
     Pues yo sí sé quien estuvo con ella —el inspector Botafume lo dijo desplegando una gran dosis de misterio a la vez que abría una insólita mueca que parecía un ensayo de sonrisa.
     Ah ¿sí?
     Sí. El Bruño —sentenció el policía.
     ¿Y cómo es eso posible? —preguntó desconfiado el casero— ¿No dicen que El Bruño sólo ataca en las noches de luna llena? Eso fue ayer. Hoy ha comenzado ya a menguar.
     La leyenda dice que cuando un ser humano se convierte en Bruño, su transformación comienza con la luna llena, y que durante un ciclo de cinco noches se transformará en el monstruo a no ser que alguien antes lo detenga.
     ¿Y cómo se puede detener a El Bruño?
     Eso no lo dice la leyenda.

Armados con rifles y portando antorchas en la negra noche, una docena de hombres airados, precedidos por el Inspector Botafume, se adentraron en la fronda del bosque siguiendo las huellas dejadas por el monstruo en su huida.
Seguir la pista no resultó difícil, bastó con seguir la vereda que la bestia había ido abriendo con su violencia sobre la maleza, arrancando árboles y arbustos a su paso. Además, a partir de un momento del camino, pudieron distinguir sobre el fango las huellas que correspondían sin la menor sombra de duda al par de pezuñas pesadas de El Bruño, que dejaban la señal hundida de su peso y de sus afiladas garras en la tierra, mientras se hacía camino buscando a nuevas víctimas con quien resolver su sed de venganza y de rencor. Esto significaba que El Bruño era de singular tamaño y que sus garras eran como cuchillas recién afiladas. El hecho de que el animal que buscaban fuera de tamaño colosal, añadía complejidad a la caza, porque sabían que no se dejaría atrapar fácilmente, y que se defendería con garras y dientes ante cualquier ofensiva, por lo que aumentaba la posibilidad de nuevos ataques a las buenas gentes del que hasta entonces había sido un pequeño y tranquilo pueblo marinero.
Pero no sólo árboles tronchados, arbustos arrancados y helechos pisoteados fueron encontrando a su paso los miembros aterrados de la comitiva de cazadores, sino que para su pesar nuevas víctimas aparecieron en el camino. La niña a la que le gustaba oler a fresa fue descubierta semi devorada en el interior de un coche, junto a los restos casi irreconocibles de El joven aprendiz de alfarero. Les costó acertar a reconocerlos, y no supieron concluir si estaban desnudos porque ellos mismos se hubieran quitado las ropas o si había sido cosa de la bestia. Cerca ya del faro, otra vez la comitiva fue sacudida por los pesares y por las aflicciones; Rosita la costurera yacía sobre las piedras con la espalda rebanada de un zarpazo, entre la negrura de las sombras de la noche, que se abría hacia el amanecer con una brisa helada y terrorífica, tanto como los aullidos sobrecogedores que en ese instante cruzaban el aire, rasgándolo.


8


La bestia en que se había transformado La Goda acechaba la residencia oficial del Gobernador. Oculta entre las sombras, observaba el intermitente devenir de los escoltas que realizaban metódicamente la guardia a las puertas de la vivienda.
Dejándose guiar por el olfato había localizado rápidamente al Bruño, pero para cuando quiso llegar hasta donde se encontraba, éste estaba inmerso en una orgia de sangre en el interior de un coche, cuyos cristales se habían tintado del color de la sangre.
Ella nada tenía que hacer allí. Tenía claro que el Bruño no compartiría el festín. Además visualizaba poderosamente en el interior de su mente el desafortunado rostro de su próxima víctima; la persona que más daño le había hecho en su corta existencia. La última persona con vida que había osado ofenderla. La persona destinada a cerrar su círculo de venganza y a llevarse con él el influjo que la convertía en el infame ser que veía reflejado en el charco donde sació su sed.
Mientras estudiaba pacientemente el conocido escenario a la espera de su oportunidad, la parte humana de la mente del animal tomó las riendas de sus pensamientos trasladándolos algunos años atrás
Benedicto Socamontes, hoy gobernador, era el recién elegido alcalde de Morotropium. El más joven y carismático de los que habían accedido al cargo desde donde alcanzaba la memoria.
Atractivo y ambicioso a partes iguales, había arrasado en las elecciones gracias a su encanto personal y a la maravillosa estampa que ofrecía su familia perfecta,  personalizada en la belleza de su hija Clarita, que por aquel entonces tenía siete años y era el prototipo de princesita gracias a sus parlanchines ojos celestes y a sus adorables tirabuzones del color del sol.
El pueblo entero sucumbió al influjo de los Socamontes y arrasaron en las elecciones haciéndose con la práctica totalidad de los votos. Esto, más que probablemente no habría sucedido si en el pueblo se hubiera sabido que el bueno de Benedicto mantenía, en toda la extensión del significado del verbo mantener, a su amante adolescente en una casa de alquiler de una pedanía cercana.
 Brisilda, que así se llamaba La Goda antes de que todos la conocieran por dicho sobrenombre, era una pubescente sin oficio ni beneficio, proveniente de un hogar desestructurado formado únicamente por ella misma y su viudo y alcohólico progenitor, que como tantas otras esperaba marido para convertirse en una hacendosa ama de casa a pesar de no tener las virtudes necesarias para tan digno oficio. Tosca,  achaparrada, pero generosa de formas, sus redondeces atraían las miradas que la ausencia de gracia de su rostro no conseguía acaparar.
Conoció a Benedicto una infausta noche de San Juan. Su pueblo, en fiestas, abría sus puertas a todos los forasteros con ganas de diversión y dinero en el bolsillo que gastar.
Los únicos atractivos de dicha festividad eran ver a los mozos saltar la hoguera, o más en concreto esperar morbosamente a que algún torpe se abrasara tras un resbalón, y la orquesta que amenizaría la plaza mientras una docena de metálicas barras portátiles suministraban cantidades industriales de bebidas espirituosas, a precios populares, a los sedientos asistentes.
Bien entrada la madrugada, entre borrachos, torpes, peleas, y frugales romances de una noche, las miradas de Brisilda y Benedicto se encontraron. Ella supo que él estaba casado por la alianza de grueso oro macizo. Él supo que ella era menor porque era obvio. Pero nada les detuvo y media hora después de bailar prudentemente ante la atenta mirada del respetable, ella estaba patas arriba en el asiento trasero del coche de Benedicto con su dueño jadeando sudoroso entre ellas.
Nada aporta a esta historia lo que sucedió después, pero tras una docena de visitas del político en ciernes a su enamorada, Brisilda se trasladó a su nueva y subvencionada morada tras engañar a su padre diciéndole que entraba de interna en una casa de la capital. Mentira innecesaria pues poco o nada le importaba a su padre algo que no fuera tener a su alcance unas arrobas de aguardiente que le acercaran un poco más a la deseada muerte. Benedicto la visitaba sin orden, concierto, ni preaviso. Su única obligación era estar cuando él apareciese y satisfacer la lista de exóticos deseos carnales que se veía incrementada en cada visita. A veces, pocas, se quedaba a dormir, y Brisilda soñaba con que algún día seria suyo para siempre y la luciría orgulloso asida de su antebrazo. Pero lo único que se asió a ella fue un juguetón espermatozoide que anunció su presencia retirándola el periodo. A la segunda falta, aterrorizada por las consecuencias el predictor le confirmó lo que ella ya sabía.
Benedicto no atendió a razones. Aunque sabía que la culpa era suya y solo suya, trató a la buena de Brisilda como a una vulgar ramera y sin miramientos físicos ni psicológicos la arrastró literalmente a una miserable clínica de la capital donde fue sometida a un aborto, que a punto estuvo de costarle la vida tras sufrir una grave hemorragia.
Obviamente, Benedicto se limitó a tirarla en la puerta del sanatorio y a pagar la factura tras asegurarse que le sería confirmada la interrupción del embarazo telefónicamente.
Casi un mes tardó la pobre Brisilda en volver a su casa. Aunque se repugnaba a sí misma le seguía amando. Y espero impaciente que regresara a su lado.
Pero no sucedió.
Durante tres meses siguió recibiendo la asignación que Benedicto le ingresaba para el pago del alquiler y los gastos pero no tuvo noticias de él. Al cuarto mes la asignación no llegó…
Siete meses después de abortar, acuciada por las deudas y al borde del desahucio, contraviniendo la primera de las normas que le había impuesto decidió llamarle.  Lo único que consiguió fue perder la poca dignidad que le quedaba y ponerse una capa de odio e insultos que todavía hoy le baña los ojos de lágrimas con solo recordarla.
Lo que más le dolió fue cuando comparó a Clarita, su princesa, con el hijo que le había arrancado del vientre tachándolo poco menos que de basura…. Lo que no podía saber por aquel entonces es que esa mísera frase les iba a costar la vida a él y a su princesa.
Brisilda no quería hacer daño a los escoltas, pero si la noche seguía avanzando se vería obligada a hacerlo.
Tenía perfectamente localizado a Benedicto. Su infalible olfato había actuado a modo de radar e incluso su localización había sido confirmada por algún débil ronquido.
De pronto, y por primera vez en la noche, escuchó con claridad como los escoltas cesaban en su empeño. La animada conversación y el olor de los bocadillos sacó al Bruño de su letargo y recorrer como un rayo los escasos metros que le separaban del muro que protegía la propiedad el cual franqueo de un limpio salto.
Se encaramó a la fachada con las garras y en menos de lo que se santigua un cura loco los escoltas corrían hacia allí guiados por la explosión de una ventana.
Benedicto no fue consciente de su muerte. Había recurrido a las drogas para conciliar el sueño tras el entierro de su única hija y el sonido de la ventana no le sacó de su letargo. Estaba inconsciente cuando la Bruño le arrancó con las garras el corazón mientras le seccionaba el cuello de un mordisco salvaje.
Justo cuando abandonaba la casa por la parte trasera haciendo inútiles los esfuerzos de los escoltas por detenerla, escuchó la llamada del Bruño en forma de aullido. Aunque les separaban varios kilómetros, Brisilda localizó sin género de dudas la situación exacta de la que provenía la llamada.
Las primeras luces del alba despuntaban en el cielo cuando los Bruños se refugiaron en una cueva varios kilómetros al sur de donde los hombres al mando de Ramón Botafume peinaban el bosque auxiliados por una decena de vecinos de Morotropium.
Cuando las ultimas brumas de la noche se disolvieron, Brisilda y Evaristo volvieron a sus formas humanas. Exhaustos se cubrieron de maleza para mitigar el frio provocado por su desnudez y se ocultaron en el interior de la cueva donde durmieron hasta bien entrada la tarde. Tras despertar y eliminar los restos de sangre de sus cuerpos y alientos en un arroyo cercano, se sentaron a hablar del futuro a la espera de que la luna volviera a transformarlos. Evaristo habló sin parar, como si el Bruño que albergaba hubiera devorado su falta de locuacidad habitual. Habló del futuro. Del futuro juntos lejos de Morotropium una vez que hubiera eliminado a su larga lista de ofensores, lo que en las noches que quedaban de luna plena iba a ser harto complicado.
Brisilda asintió todo el tiempo dándole la razón, aunque en interior sabía que no le quería y que aunque llevara a su hijo en las entrañas no deseaba compartir la vida con alguien tan lleno de rencor. Ella ya había acabado. Sus tres víctimas cerraban el círculo. Esa noche no se trasformaría. Y a pesar del daño que le habían hecho, maldijo a Dios por haberla transformado en algo que la había obligado a matar, ya que su dulce corazón se vería obligado a soportar esa carga el resto de sus días. El crepúsculo se inició con Evaristo hablando de cabañas en los montes ante la infinita ternura de la mirada de Brisilda que aunque valoraba sus sentimientos no quería un padre así para su retoño. Cuando la oscuridad fue completa, sin preaviso, el cuerpo de Evaristo se convulsionó y los ojos se le pusieron en blanco. A diferencia de la progresiva transformación que había sufrido el primer día, cada noche que pasaba el Bruño se adueñaba de su ser a mayor velocidad.
La metamorfosis se completó. Y el Bruño irguió su poderosa anatomía para anunciar con un aullido atronador  que le había llegado la hora a sus enemigos. Se disponía a abandonar la cueva cuando algo le detuvo.
De su pecho atravesado despuntaba una garra que sujetaba su negro corazón.
Para cuando quiso ser consciente de lo que sucedía, una poderosa dentellada le seccionó el cuello haciendo que su cabeza se desplomara hacia atrás en un ángulo imposible. Si no fuera por la titánica resistencia de su pellejo, su testa habría rodado por el irregular suelo de la cueva que había sido su morada.
La loba extrajo la garra y devoró el corazón del Bruño sin apenas masticarlo.
Cuando el último pedazo atravesó su garganta en dirección al estomago, el proceso de metamorfosis se invirtió, y el cuerpo desnudo de Brisilda yació inconsciente, no sin antes sonreír con satisfacción. Sabía que había salvado la vida a mucha gente y que su hijo tendría finalmente un buen padre.


9

La noticia de la muerte del Bruño hizo que la alegría y la serenidad corrieran por todas las puertas del pueblo. Tras un par de noches en las que el terror se había apoderado de la población, parecía que al fin la vida volvería a la tranquilidad templada a la que estaban acostumbrados.
Las pequeñas barcas pesqueras habían salido del puerto en la madrugada con el silencio impreso de una mañana que llegaba en escalas de grises blanquiazulados, mientras la policía recogía los restos de El Bruño, en una transformación incompleta en Evaristo Cifuentes, y una ambulancia se llevaba en una camilla a una atemorizada Brisilda, con la piel de gallina en su cuerpo desnudo, con el objetivo de hacerle una exploración a fondo tras haber sido raptada y violentada por la bestia salvaje.
El inspector Botafume, con un cigarrillo a medio fumar colgando de sus labios, se sentía satisfecho. El hecho de que la pesadilla hubiera finalizado, le hacía sentir de nuevo que todo estaba bajo control. No obstante, la idea de que Evaristo Cifuentes se hubiera convertido en esa terrible bestia de leyenda, le inquietaba. Por un lado, esto significaba que la leyenda no era un mito, tal como siempre había sostenido, sino que era una realidad insólita, cuyo resultado había sido una terrible matanza, despiadada y sangrienta, convirtiéndose en el episodio más negro y macabro de toda la historia de Morotropium. Y por otro lado, sabía que Cifuentes era un buen hombre, que hasta entonces había mantenido una vida ejemplar y al que jamás se le conoció signo alguno de violencia o de furia. Si algo realmente atormentaba la mente de Botafume en esa madrugada lánguida y lenta era la idea de no llegar a comprender cómo era posible que la leyenda se hubiera convertido en hecho. En cómo un ciudadano generoso y virtuoso podía haber llegado a convertirse en una bestia salvaje. ¿Cuál era la razón de esa cruenta metamorfosis?
Las dudas crecieron cuando el inspector Botafume registró el pequeño piso donde vivía Evaristo, que se situaba justo encima de la tienda de Liquor & Delicatessen, a la que el policía solía visitar para comprar fiambre de lengua escarlata y confite de pato con cerezas. La casa parecía estar en perfecto orden. Limpia y sin nada fuera de lugar, como si su inquilino hubiera acabado de ordenarla y limpiarla antes de salir. No obstante, en el cubo de basura había unos huesos roídos que parecían humanos. Y en la nevera, envueltos en papel de film transparente, había restos humanos colocados sobre los estantes entre algunas verduras y frutas.
Botafume dio dos pasos hacia atrás, espantado y repugnado por lo que había visto, y sintió una punzada en el estómago que se transformó en unas terribles ganas de vomitar.  Aun así se contuvo. Trató de calmarse, temiendo entrar en hiperventilación. Respiró hondo, se apoyó en la mesa de madera vieja de la cocina y extrajo un cigarrillo de un arrugado paquete de Rex, que lo llevó en un gesto mecánico a la boca. La primera calada, larga y amplia, pareció relajarle. Cerró con asco el frigorífico, que permanecía con la puerta abierta mostrando su frío y blanco interior, y se sentó mareado sobre la única banqueta que había en la cocina. Sobre la mesa, aunque tardó en ser consciente de lo que realmente era, había un candelabro de tres brazos que en vez de velas sostenía lo que parecían tres penes disecados.
En la calle comenzaba a llover. Se trataba de una lluvia difusa en diagonal, escasa y fina, que apenas mojaba. El inspector avanzó rápido por el empedrado de las calles viejas del pueblo. En una bolsa de muestras había metido con cuidado los penes disecados, envueltos con esmero cada uno de ellos por separado, con la precaución de no perder ninguna posible huella ni cualquier otro indicio, y ahora llevaba los paquetes metidos a su vez en una bolsa de plástico con el nombre estampado del ultramarinos. El viejo inspector Botafume, fumando un cigarrillo tras otro bajo esa lluvia perezosa, se dirigía al único lugar donde creía que podrían darle alguna pista, al taller de  Antón Preservado, el taxidermista, más conocido como El hombre melancólico que disecaba animales.
El taller de Antón era un pequeño espacio saturado de pieles hacinadas, mamíferos y aves disecados, cajas de pequeños ojos de vidrio para rellenar las cuencas oculares vacías de los animales, herramientas de todo tipo, viejas y oxidadas, desperdigadas por la mesa de trabajo, y un olor agrio y suavemente pestilente que llenaba por entero la atmósfera enrarecida del cuarto. Sobre una de las paredes colgaba un calendario antiguo de fotos de chicas desnudas. Sobre otra pared había un pequeño corcho donde, sujetos con chinchetas, se encontraban los datos de algunos pedidos tomados de forma escueta con letra apretada y rancia, y recortes de La Voz de Morotropium, donde se informaba sobre las víctimas del Bruño.
Los ojos del policía se detuvieron en esos recortes de periódico, pero no hizo la más mínima mención sobre ello. Se limitó, sin más, y sin apenas abrir la boca, de donde le colgaba la colilla apagada de un cigarrillo, a extraer de la bolsa los penes disecados y ponerlos sobre la estrecha mesa que había en la entrada y que hacía las veces de mostrador.
Antón los observó con detalle, sin sacarlos de las bolsas de plástico etiquetadas por el policía, y se colgó de la punta de la nariz unas pequeñas gafas para ayudarse en la tarea de ver.
     Son penes humanos, ¿verdad?
     Eso parece —respondió escuetamente el inspector.
     Parece un buen trabajo.
     ¿Cree usted que un trabajo así lo podría haber hecho un profano?
     Imposible. Es un trabajo profesional. Sin duda alguna.
     ¿Quién podría hacer un trabajo de este tipo? Tan profesional como usted comenta, quiero decir.
     Poca gente. Es difícil encontrar por estos lugares alguien que sea capaz de un trabajo de esta calidad. Creo sinceramente que sólo yo podría hacer algo así.
     ¿Y lo ha hecho usted, Antón?
     Pues la verdad es que no recuerdo haberlo hecho yo. No recuerdo haber trabajado nunca con esa materia prima.

El silencio del inspector tenía un mayor significado que un puñado de palabras que trataran de definir la sensación de rabia mezclada con impotencia que en ese momento sentía. Antón se movió por el cuartucho para mostrarle al policía los pájaros y animales con lo que dedicaba el tiempo. Botafume observó cómo cojeaba de su pierna derecha y cómo apenas podía mover el brazo derecho. De hecho, la mano derecha tenía un color oscuro e insólito que le recordaba la piel de esos penes disecados que había recogido de la casa de Evaristo Cifuentes.

     ¿Parece que ya acabó todo, no? Lo del Bruño, digo. Parece que lo han aniquilado esta madrugada, ¿verdad, inspector?
     Cierto.
     El Bruño es un ser maligno, pero creo que en el fondo este pueblo necesita de un ser así.
     ¿Por qué dices eso, Antón?
     Porque no somos como los demás pueblos. Porque sólo aquí los mitos son de carne y hueso.
     Los mitos son mitos y ya está. Si son de verdad, dejan de ser parte de la mitología. Y El Bruño, fuera lo que fuese, ya no es nada.
     Si no digo yo que usted no tenga razón, inspector…
     Bueno, marcho. De todas formas, Antón, es posible que tengamos que interrogarte en la comisaría, por el asunto este de los falos disecados.
     Lo que usted diga, señor inspector.
La incertidumbre es, en ocasiones, como una piedra angular que en los momentos de angustia puede golpear con fuerza la sien del sentimiento dejando sin sentido a la realidad. Llevando confusión a los hechos. El inspector abandonó el taller del taxidermista abatido por esa ocre incertidumbre de no saber, o de presentir, que la historia de El Bruño tal vez no hubiera terminado.
El hombre melancólico que disecaba animales siguió trabajando en el taller hasta bien entrada la noche. El sonido metálico de las herramientas sonó en el eco interior del viejo taller hasta que la luna menguante se posicionó en la parte más alta del cielo, que empezaba a oscurecerse. Era la segunda luna tras la luna plena, y Antón sintió, como le venía ocurriendo desde hacía ya muchos años, los latidos acelerados en su corazón y la sangre recorrer con ira sus venas, como si en vez de sangre lo que allí dentro fluyera fuera fuego. Eran los inequívocos síntomas de su inminente transformación en Bruño.
Esta noche se sentía principalmente furioso, pues su placentera amante, La Goda, a la que tras largas noches de lujuria había convertido en Bruño tiempo atrás, había sido atacada y se encontraba ahora internada en el hospital.
Antón luchaba contra su ira interior. Llevaba un tiempo tratando de evitar su mutación en Bruño, pero el odio y el rencor que guardaba en sus entrañas era tan grande que tenía enemigos por todas partes. Siempre encontraba a alguien nuevo a quien odiar. Trató incluso de darse muerte a sí mismo, pero no fue capaz. En ocasiones resulta muy difícil dar el paso de acabar con uno mismo, aunque uno se sepa que no es más que una bestia despreciable y cruel que no merece vivir. Pero Antón, tras varios intentos infructuosos, decidió abandonar su empeño. Entonces, emprendió una nueva alternativa para acabar con su bestia interior: la taxidermia. Poco a poco empezó a disecar partes de su cuerpo, pensando que un día llegaría el momento en que todo él no sería más que un ser disecado. Bien un hombre o bien un Bruño. Su brazo izquierdo, con la mano completa, estaba disecado, al igual que la pierna derecha y parte de su tronco. El pene, a pesar de su amor lascivo y carnal por La Goda, fue con lo primero que acometió sus labores de taxidermia. De esta manera, al menos, sabría que dejaría a su amada a salvo. Antes de comenzar con su cuerpo, ensayó con algunas de sus víctimas. La disección del pene fue una de sus principales distracciones en aquellos días anteriores a comenzar consigo mismo.
La luna se dibujó clara tras el ventanuco del taller y, de pronto, el vello comenzó a brotar por todo el cuerpo, casi de manera instantánea. El cuerpo de Antón fue cobrando mayor tamaño hasta tener que agachar la cabeza para poder mantenerse de pie en el cuarto. Las herramientas volaron por los aires, al igual que la mesa y los animales y las aves disecadas. Antón aulló, y la fuerza de su grito le hizo sentirse repugnante. El odio se concentraba en sus ojos y en su vigor, pero sobre todo se trataba del odio que había engendrado contra sí mismo.
Sin esperar a que la cobardía volviera a asaltarle, cogió el ácido que utilizaba para sus animales y lo bebió de un trago. Su lengua ardió. Y luego su garganta, su esófago y su estómago. Su cuerpo comenzó a arder por entero, por una combustión que comenzó en su interior y que fue ampliándose en llamas hasta dejar su cuerpo de bestia inmensa reducido a un puñado de cenizas.
 La noche recorrió en silencio los sueños tranquilos de la gentes del pueblo, con una brisa zigzagueante que empezaba en el mar y que llegaba hasta la penumbra del faro, que hacía girar su ojo de luz en redondo, avisando a los barcos pesqueros, que regresaban de su faena, donde comenzaba la costa.
La noche fue limpia y clara. De silencio. Sin aullidos desde muchas noches atrás.
A la mañana siguiente el sol salió temprano, en cuanto el viento arrastró las nubes hacia la parte más norte de la península, donde Morotropium se perdía con el mar, o se unía para siempre, en las rocas golpeadas por la furia batida del océano.
Brisilda, La Goda, con la cara apretada en su piel blanca parduzca, dejó el hospital y cogió el primer autobús que salía hacia la ciudad. En sus entrañas crecía la persistencia de la leyenda. De una leyenda que ella nunca había oído, ni leído, y que decía que el hijo de El Bruño siempre poblaría la tierra.


Ilustraciones: José G. Cordonié

2 comentarios:

  1. ¡genial! ¡me lo he leido del tirón y ni me he dado cuenta del tiempo que ha pasado! Qué angustia vivir lo que vive Evaristo... No me gustaría estar en su pellejo.

    Me ha gustado mucho! Enhorabuena a los dos!

    Besos!

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  2. Muchas gracias, Narayani. Un honor tenerte por estas páginas.

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