martes, 14 de mayo de 2013

ELUCIDARIO A LA LUZ DE LAS VELAS


Ella creía que los árboles le hablaban en la noche, que la luna mentía en cada susurro que mandaba a través de laberintos de sonido a sus oídos dormidos, en claves imposibles de descifrar hasta que la madrugaba resolvía los mensajes, reconciliando las palabras con los significados, llenando su cabeza de sentimientos parecidos a la dulzura que en ocasiones alcanza el amor cuando aún está caliente y tierno.

Ella tenía un libro de claves donde escribía versos inconclusos, dejando puntos suspensivos donde las palabras dejaban de ser inanimadas, con tinta que atravesaba el papel en zigzag, como si así el camino fuera más fácil de recorrer, cuando las manos mostraban las uñas sucias de tanto escarbar en los sentidos buscando las raíces del Amor y del Sinsentido, sin encontrar nada más que fósiles de recuerdos y lodos escarchados de las lluvias de la pasión de antaño sobre la tierra prometida.

Ella me enseñó los signos escritos en las cuevas recónditas del alma con los dedos manchados en vino, en las noches lánguidas y en los días coléricos, cuando sus palabras eran de hielo y no significaban más que fuego, en aquellos tiempos en que nos amábamos con la pasión atada a nuestra espalda, empujándonos como un peso que nos hundía en los mares de la soledad, a la luz del titubeo de las velas en un dilema imperecedero que nunca jamás sería pronunciado.

Ella me guió por los pasillos oscuros de los sentimientos, alumbrando con antorchas de sueños  los símbolos dibujados en las paredes del llanto, en un océano invisible que su agua nos cubría hasta el cuello, donde la freza naufragaba a dos palmos de nuestros deseos, iluminando la llanura despoblada que se extinguía ante nuestros ojos en las llamas de las ciudades que un día caminamos juntos sus calles, buscando acertijos y enigmas que escondieran el significado de lo mejor de cada uno de nosotros.

Ella me contuvo en sus brazos mientras yo exhalaba los últimos almíbares de un corazón todavía dulce, en la confitura de nuestras almas entremezcladas en un silbido que dejaba en el aire las notas quietas de una melodía tan romántica como aquellos ojos que un día me regalaron miradas. 

Después las calles quedaron vacías, el viento quieto, las puertas se oxidaron con las telarañas de nuestros anhelos y los sueños encriptados volaron a buscar quien los soñara. 




De mi poemario inédito "Los Cantos del Inframundo".
Fotografía: José G. Cordonié

2 comentarios:

  1. Magnífico José, me dejas sin palabras absorta en la penetración cálida e inquietante de la voz que emerge de lo más profundo..
    De nuevo ¡felicidades!!

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