viernes, 24 de mayo de 2013

EL DÍA QUE MURIO JOE STRUMMER


El día que murió Joe Strummer decidimos montar nuestra banda de rock. Andrés me telefoneó desde un bar en la zona de Malasaña, entre el ruido estridente de los compases de música que se colaban disminuidos y distorsionados por el hilo telefónico, y las voces del gentío que a esas horas llenaban el local. Me dijo que tenían un buen batería, que venía de un grupo de thrash metal, llamado Los Cráneos, y que Luis, el bajista, había decidido dejar su banda para crear un nuevo grupo de rock. “Contigo somos cuatro —dijo, sin imaginarse una negativa por mi parte—; dos guitarras, bajo y batería”. 

Quedamos en vernos a las once de la noche en La risa del Coyote.

A Alicia no le pareció bien que nuestra noche de despedida la dejara a un lado para irme con Andrés y sus amigos. A ella poco le importaba que creáramos un grupo de rock, y menos aún parecía importarle mi enfado por el poco eco que había tenido en las noticias la muerte de Joe. “Son las vacaciones de navidad –comentó en un murmullo mientras se levantaba de la cama y se iba a la ducha- y no nos veremos en dos semanas”. ¿Por qué no te vienes con nosotros?, le pregunté en un grito que se apagó con el ruido del agua de la ducha, que abrió en ese momento.

La ciudad se abría en el horizonte de la noche en la incandescencia de las luces de las casas, de las lamidas de luz blanca de las farolas y de las irisaciones calidoscópicas de los adornos navideños en las calles. Alicia se agarraba fuerte a mi espalda, apoyando su cara sobre la frialdad tibia de mi cazadora de cuero gastada, y me apretaba con sus manos intermitentemente, como si me lanzara indescifrables mensajes en morse que, de una manera u otra, esperaba que yo pudiera captar, mientras nos adentrábamos por las estrechas calles de Malasaña en mi vespa, lentamente, sobre el silencio de la noche y de nuestras bocas, entre pensamientos laberínticos y callados que nunca llegarían a codificarse en palabras. Yo sabía que ella no deseaba ir a ese bar, de la misma forma que los dos sabíamos que la suerte estaba echada y que esa noche de finales de diciembre nos separaríamos, quizá para siempre, y que yo convertiría en realidad uno de mis más antiguos sueños, entrando a formar parte de una verdadera banda de rock. 

El pensamiento de despedida tenía también, en cierto modo, el sabor ácido de una huida, y quizá lo habíamos sentido en aquella tarde, en la habitación de su piso de estudiante, cuando hicimos el amor por última vez con una pasión inusitada. Con besos curvilíneos y caricias desenvueltas mientras los ojos, sin embargo, apenas se miraban. Habíamos puesto la radio, recuerdo, y sonaban los Clash —quizá The Guns of Brixton, una de las pocas compuestas por Paul Simonon—, cuando ella se puso a horcajadas sobre mí y yo la abracé con fuerza temiendo que se evaporara. Después le hablé de Strummer y de lo jodido que estaba porque apenas se había comentado nada sobre su inesperada y prematura muerte. Y le hablé también de los Clash, y de cómo Strummer y Simonon cambiaban sus instrumentos en directo para tocar justamente esa canción, The Guns of Brixton, porque Paul no se sentía cómodo tocando el bajo y cantando a la vez.

La risa del Coyote era, sin lugar a dudas, un buen lugar para tomar la decisión de montar un grupo de rock. Nos sentamos en una de las mesas al fondo del local, cerca de la mesa de billar, y entre cervezas y cigarrillos dimos mil vueltas en círculos concéntricos —entre risas canallas en la nebulosidad de nuestros sueños— para encontrar un nombre para la banda. Primero habíamos decidido por unanimidad que haríamos una especie de punk rock, y luego hablamos de tendencias y de afinidades, y dejamos claro que habría una clara influencia de grupos como Ramones, Buzzcocks, Stiff Little Fingers o los Clash. Aunque también hablamos de la Velvet Underground, de los Stooges y de muchos otros que nos llenaban hasta dejarnos vacíos. Creo que fue entonces, mientras la noche comenzaba a perder el rumbo de su tiniebla en el horizonte, cuando Luis comentó que Ramones eran el principio y el fin, el punto de unión de la música, allí donde se juntaban Beethoven y los Nirvana, y cualquier otra cosa que se te pudiera pasar por la cabeza. Y nuestras cabezas hervían, con el deseo y los sueños inflamados en el tacto de la punta de los dedos, extendiendo nuestros sentimientos sobre aquella mesa donde se hacinaban las botellas vacías de cerveza y el cenicero se convertía en un crematorio donde las almas de nuestros anhelos formaban una nube densa sobre nosotros. Pero fue Alicia quien dio con el nombre. Y quizá lo hizo como un juego, como una broma o como una combinación sonora al estilo de la Velvet, pero sin encerrar significado alguno. “¿Por qué no os llamáis Barbos Undergrados?”—soltó en una sonrisa que le partía la cara en cielo e infierno—. Y ese fue el comienzo de nuestra banda.

Alicia se marchó en el autobús de las cuatro de la tarde desde una estación a la que no quise acudir a despedirle. Quizá los dos éramos de ese tipo de personas que prefieren mantener un recuerdo alegre como último recuerdo, y una despedida nunca podría encontrarse dentro de uno de esos recuerdos. Y más aún, cuando los dos intuíamos que nunca más volveríamos a encontrarnos, y que era mejor dejarlo así, sin un cierre, sin un adiós, sin ningún otra palabra, sólo con el silencio del paso del tiempo.

Y mientras el autobús de Alicia salía hacia el norte, los Barbos Undergrados nos encerramos por vez primera en el local de ensayo. Y como si fuera en su honor, tocamos una canción compuesta por mí que hablaba de mundos paralelos, del significado de las palabras que nunca se dicen y del amor cuando se atraviesa en la garganta y que te puede llegar a asfixiar sino lo escupes… 

Un, dos, tres… comienza la tormenta eléctrica en la guitarra distorsionada de Andrés, mientras dibujo el riff que va subiendo lentamente mientras entran in crescendo el bajo y la batería, creando una masa compacta de sonido en el aire que respiramos y que inspiramos hacia adentro, desde donde el alma, ovillada en un rincón en penumbra de mi nostalgia, desenreda la voz para cantar …”Una calle empapada de miedo…”, y el rostro de Alicia se desliza furtivo por la pantalla de mi mente hasta hacerse evanescente.



Este relato aparece en la Antología "Demasiado viejo para el rock and roll (demasiado joven para morir)", publicado por Ediciones Irreverentes.

Ilustración: José G. Cordonié.



3 comentarios:

  1. Un disfrute moverse en los espacios que recreas, casi puedo escuchar la música. Me gusta!

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  2. Gracias a los dos, Guilleby Maica. Se agradece...

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