lunes, 29 de abril de 2013

EL PROYECTO


  No quise hablar con Susana del proyecto; pensé que sería mejor darle una sorpresa y aparecer, de esta manera, un día ante ella y besarla durante varios minutos antes de que ninguna palabra pudiera ser pronunciada.

  Era consciente de que un proyecto de la envergadura del que me ocupaba me llevaría varias semanas de laborioso y arduo trabajo, y que incluso la tarea podría prolongarse durante meses hasta que el plan pudiera estar concluido, si verdaderamente quería reducir al máximo las probabilidades de fracaso que, de ocurrir, podrían llevarme incluso hasta la muerte.

  A lo largo de los meses que duró el proyecto —desde su planteamiento hasta su desenlace— no cejé en mi empeño ni un solo momento de sopesar los diferentes riesgos e incidentes que pudieran existir en el transcurso del viaje, rehaciendo cálculos y trazados una y otra vez de una manera tan minuciosa y detallada que pudiera parecer maniática y obsesiva, ya que sabía que debía prever y anticipar la posible solución a cualquier eventualidad que pudiera llevar finalmente al desmoronamiento de mi empresa, porque tenía la seguridad de que una buena preparación y unos cálculos exactos eliminarían venturas y eventos que el azar o la suerte pudieran traer, ya que éstos sólo actúan variando el hecho cuando nos cogen desprevenidos o distraídos.

  El proyecto comenzó como un juego de la imaginación, quizá como un método improvisado de autoayuda que me sirviera para protegerme del tedio y de la melancolía en donde me quedé varado en aquellos días en que ella se marchó —tras darme un cálido beso de despedida— a casi seis mil kilómetros de mí, a la ciudad a Nueva York, donde le había sido concedida una beca de medicina en la preciada Universidad de Columbia.

  Y fue cuando vi la silueta del avión en el que ella marchaba, y que terminó por desaparecer pronto de mi vista en un cielo nublado emborronado en gris como manchas de Rorschach sobre una lámina, cuando empecé a cavilar la idea del proyecto.

  Primero, como dije, la concepción del plan llegó sólo como un ejercicio de diversión de mi imaginación, con el que disfrutaba con solo figurarlo, pero al cabo de los días pasó a ser una empresa real, concreta y tangible, a la que empecé a dedicar la totalidad de mi tiempo y hasta el último gramo de mi esfuerzo por entero. Desde entonces, imaginé constantemente ese momento, el de mi llegada, el de la sorpresa y el beso apasionado, aun sabiendo que para lograrlo tendría que llevar a cabo un proyecto tan colosal como las más grandes hazañas del Hombre que escribió la Historia, o incluso mayor todavía. E imaginar aquel momento futuro, tan deseado y mágico, de algún modo era también disfrutar anticipadamente de Susana; gozar de antemano de aquel instante en el que volveríamos a unirnos y tras el que nunca más volveríamos a separarnos. Por ello,  saberla y sentirla más cerca cada día era la razón principal donde se sustentaban la fuerza y el coraje necesarios para afrontar con entereza y sufrimiento los muchos sacrificios por los que tendría que ir pasando.

Recuerdo que cuando escuché su voz en el teléfono, por primera vez tras su partida, la oí de una manera tan clara y próxima, que la distancia que nos separaba me pareció una burla o una mentira. En nada se diferenciaba aquella voz que oía a la que siempre había escuchado por teléfono cuando hablábamos a pocas manzanas de distancia. ¿Cómo era posible que el teléfono pudiera acercar tanto la distancia? ¿Acaso era diferente el recorrido que nos separaba a través del hilo telefónico? Su voz se presentaba de manera instantánea, sin retardos ni demoras, como si estuviera aquí mismo hablando desde una habitación contigua. ¿Cómo era esto posible? ¿Dónde estaba el truco?

  Entonces supe, o intuí,  que esa distancia colosal que nos apartaba, incluso que nos aislaba, estaba en cierta forma unida por un cable de teléfono que de inmediato nos acercaba. ¿Podría ese cable tener, acaso, seis mil kilómetros de línea? ¡Imposible! Sin duda, la distancia a través de las ondas de la voz se acortaba para ser recorrida en menos de un segundo.

  Y así comenzó el verdadero proyecto; aquel que fue mucho más allá de la imaginación y que fue convirtiéndose en un hecho día a día, dentro de una lucha interior por la superación, encarnizada y atroz, que a punto estuvo de llevarme a los confines últimos de la locura.

  Decidí comenzar el plan inmediatamente, y lo primero que supuse fue que mi cuerpo tendría que sufrir un cambio drástico si quería realmente emprender el viaje a través del hilo telefónico. Tendría que perder al menos dos cuartas partes de mi peso corporal para conseguir ser ligero ante las pulsaciones eléctricas y las ondas de sonido. Pero tal vez la pérdida de esos cuarenta kilos no fuera suficiente para poder entrar en el cable y reptar y volar a largo de él, y posiblemente fuera necesario mucho más; dejar sólo el peso mínimamente necesario, quizá poco más que el peso del esqueleto, de los músculos disminuidos y de la mínima sangre posible para hacerlo funcionar. ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Eran los doscientos seis huesos del cuerpo fundamentales? ¿Y los más de setecientos músculos, por menguados que estuvieran, no serían excesivos? ¿Y cuáles eran los órganos vitales de los que no podría prescindir? ¿Y cuánta sangre podría eliminar de los cerca de seis litros que recorrían mis venas y arterias?

  Surgieron muchas preguntas y estas fueron algunas sobre las que a partir de entonces traté de hallar respuestas en las distintas enciclopedias y libros de anatomía y de ciencia que pude encontrar. Aprendí todo lo necesario sobre el cerebro, el corazón, los pulmones, el hígado, los riñones, la vejiga, los intestinos y los órganos reproductores, así como sobre la piel, la sangre y todo lo relacionado con los músculos y sus funciones. Además, fui adentrándome de manera urgente y vertiginosa en el mundo de los regímenes de adelgazar, en el estudio y conocimiento de las comunicaciones telefónicas y en el aprendizaje de memoria de los trazados laberínticos de hilos conductores, prestando una especial atención a los distintos cableados entre las ciudades de Madrid y Nueva York, que terminé por conocer hasta el punto de poder describirlos y delinearlos con los ojos cerrados sin temor a equivocarme.

  Tras estudiar detalladamente los diferentes regímenes de adelgazamiento, opté por el agresivo método de choque del afamado doctor Julián Bodoque, al tratarse de una dieta de impacto que podía generar la pérdida de peso de manera rápida y continuada, y que consistía en una única comida al día basada en el zumo de una sola fruta, como por ejemplo podría ser el de una cereza o el de una ciruela o el de un par de uvas. La efectividad del régimen quedó patente al poco tiempo, cuando la báscula mostró una pérdida de más seis kilos en los tres primeros días, aunque esta disminución no vino sólo acompañada de la ansiada mengua de volumen de mi cuerpo, sino que también de una pérdida de masa muscular que me produjo un quebranto de las fuerzas y un detrimento de mi ánimo que en ocasiones llegaba al punto de debilitarme de tal manera que no consentía mantenerme en pie, siendo foco de terribles y extrañas visiones además. Aún así, y a pesar de los numerosos desmayos y lipotimias, seguí el régimen estrictamente, manteniendo la pérdida de peso a la misma velocidad con la que había comenzando, a pesar de acompañarme a diario de un surtido de pastillas y píldoras de aporte vitamínico y de haber sustituido el agua corriente que bebía por líquidos energéticos e isotónicos.

  Fui ultimando los pequeños detalles del viaje que ahora, en mi mente, cobraban la dimensión formidable de una admirable odisea o de una singular epopeya. Eran esos detalles, a primera vista superfluos, los que podrían hacer que la aventura finalizase como éxito o como fracaso, por lo que así fui fijando y decidiendo todo aquello que me permitiera minimizar al máximo los riesgos que pudiera hallar en el periplo a través de los hilos que conducen la voz, bien agarrado a las palabras o bien reptando a través de las gomas de colores de sus intrincados senderos laberínticos de tiniebla.

  Decidí rasurar mi cuerpo por entero, de la cabeza a los pies, y embadurnar complemente mi piel con vaselina para un mejor deslizamiento por el cableado y prevenir así las posibilidades de atoramiento en los túneles de goma. Así mismo, decidí fabricar unas pequeñas pesas de metal para acoplar a la altura de mis riñones, por si la ligereza de mi cuerpo fuera mayúscula y no me permitiera volar en equilibrio en el impulso feroz de las ondas, y que, llegado el caso, podría soltar y dejar atrás si su uso no fuese necesario. De esta manera fui solucionando todos aquellos inconvenientes que pude imaginar, así como fui preparando mi cuerpo y entrenándolo diariamente para el viaje, instruyéndolo a base de gimnasia sueca y ejercicios de yoga y Zen que, además de mejorar en algo mi desplomada forma física, consiguieron dar a mi mente un equilibrio y una armonía espiritual que presentía que podrían ser importantes para mantener la serenidad y la tranquilidad durante la ansiada y escabrosa travesía que en breve emprendería.

  Por otro lado, solucioné otros aspectos que al principio del plan me parecieron menores y a los que sólo al final del proyecto presté la atención suficiente como para decidirme a la búsqueda de un remedio eficaz: la alimentación en el transcurso del viaje, que tal vez pudiera alargarse durante días o incluso semanas, y la evacuación de la misma a través de mi organismo. La ingestión de alimentos se convirtió entonces en una preocupación a resolver en los últimos días antes de emprender la aventura, ya que era consciente de que la debilidad de mi cuerpo se haría mayor con el esfuerzo que habría de realizar en la fantástica travesía. Pero, por otra parte, la elección de los alimentos adecuados y el espacio que acarrearlos pudiera necesitar, se convirtieron en nuevos problemas que requirieron una inmediata solución. Finalmente, me decidí por comida en pastillas y barritas energéticas que podrían aportarme de inmediato los valores alimentarios necesarios para recuperar las fuerzas, y que además, llevaría en un pequeño bolsillo hecho con la propia piel de mi espalda.

  Finalmente, y como última decisión antes de emprender el deseado viaje, determiné que los excrementos los dejaría atrás en el camino, en bolsas de plástico que llevaría debidamente enrolladas dentro de un orinal que encajaría en mi cabeza como si fuera un sombrero hongo. Y así fue, con todos los preparativos finalizados, cuando fijé al fin el día del inicio del viaje para el dieciséis de agosto de 1995, fecha en las que las hazañas de los más grandes pioneros y aventureros, de los más arriesgados y audaces navegantes y aviadores, quedarían empequeñecidas y eclipsadas.

  A un paso de entrar en el misterioso trazado telefónico, pienso, no por primera vez, si todo esto no será realmente una locura, o si quizá la locura ya llegó hace tiempo a este hombre del que poco queda tras perder más de cincuenta kilos y que posee una debilidad manifiesta que aumenta los delirios extraños y absurdos. Dentro de esas visiones terroríficas que sufro, siento que mi cuerpo se ha divido en dos y que una parte se ha perdido para siempre. Es como una dualidad que finalmente se queda en uno solo, como un Mr Hyde que hubiera perdido a su Doctor Jekyll, porque si alguna parte de mí he perdido, tengo la seguridad de que habrá de ser la más bondadosa y amable, que se ha esfumado dejándome en este eterno estado de irritación e ira que últimamente me acompaña y que me arrastra a la exasperación.

  He llegado hasta ese punto de confusión en el que ya ni siquiera sé quién soy realmente; no sé qué parte de mí sigue y cuál es la que se ha perdido. Y ahora, con Susana esperando al otro lado del hilo, totalmente desnudo y con el cuerpo esquelético rasurado y untado de vaselina, con las pesas metálicas incrustadas en los costados y con las pastillas de alimento en el bolsillo hecho con la piel de mi espalda, con el orinal por sombrero y con un miedo terrible impreso en el cadavérico rostro, me adentro en el teléfono con la incertidumbre de si llegaré o no al otro lado, y con la inquietante duda de no saber qué parte de mí viaja conmigo. 





Relato incluido en la antología "Nueva York" de M.A.R. Editor
Fotomontaje: José G. Cordonié

5 comentarios:

  1. Muy guapo Jose. A tu estilo aunque me he quedado con las ganas de saber si lo consigue o no. Un Abrazo

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    1. Gracias, Willi. Quizá la gracia esté en dejar al lector sacar sus propias conclusiones. Abrazo!

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  2. Muy kafkiano, en tu linea...a ver si empiezas a escribir cosas menos desasosegantes y descorazonadoras, quienes te leemos antes de dormir tenemos luego noches inquietas.

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  3. El relato anterior era incluso romántico, el de Praga...

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  4. Me parece un relato espectacular!! Que mantiene el interés hasta el final
    Estoy de acuerdo en que lo mejor es dejar que cada lector imagine el fin del relato.

    Un saludo

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