miércoles, 19 de septiembre de 2012

UN SIGLO Y MEDIO DE PATADAS EN LOS HUEVOS


Buen tiempo.
Esto es una absurda crueldad. O una broma macabra.

Me resulta curioso que en la tablilla del plan de vuelo del Enola Gay remarcaran en el centro de la pizarra, en letra bastante más grande que el resto de las palabras escritas, que el tiempo climatológico en el vuelo había sido bueno.

Al observar esa pizarra, como una radiografía unidimensional de la infamia y de la crueldad, la vista llega directamente hasta ese “Good”, como si fuera algo más importante de reseñar que la propia misión, el lanzamiento de la primera bomba atómica, o el lugar elegido para el impacto: Hiroshima.

Me cuesta, en ocasiones, entender a los hombres. Más aún a los belicosos. ¿Cómo es posible que ante una brutalidad tal como lanzar una bomba atómica contra una población, alguien tuviera la entereza, o incluso el humor, de ponerle un nombre a la bomba y, más aún, utilizando el sarcasmo y la ironía? ¿Acaso ponerle un nombre a la bomba, y sobre todo uno como Little Boy (o lo que es lo mismo, Chiquillo), no obedece a una ferocidad absoluta y macabra?

Imaginad por un momento a un asesino cargando las seis balas de su revólver y bautizando a los proyectiles, con los que tiene la seguridad de que va a matar, con nombres como Princesita, Chiquitita, Cuchi-cuchi, o qué sé yo. ¿No nos parecería, todavía, más enfermo? Porque matar es una brutal barbaridad, pero lo es mucho más haciéndolo con sorna y burla.

El Coronel Paul Tibbets era el piloto y responsable de la infame misión, quien decidió llamar al bombardero B-29 con el que lanzaría a Little Boy con el nombre de su amada madre: Enola Gay. Imagino al hijoputa abriendo la compuerta para liberar la bomba y gritando una especie de dedicatoria, algo así como: “¡Mamá, esto va por ti!”

Ahora, quiero imaginar a la orgullosa madre hablando por teléfono con sus amigas, o mejor alrededor de una mesa tomando con ellas el té. No, no, me quedo con la conversación telefónica: “¿Has visto lo de mi hijo, Helen? ¡Qué cariñoso y qué atento es! Me ha dedicado algo que no se olvidará nunca y que quedará para siempre en los libros de Historia: 120.000 muertos, casi medio millón de heridos y daños biológicos y anatómicos para cientos y cientos de años más. ¿No te mueres de envidia?”
Lástima que ese hombre, Tibbets, y el propio presidente Truman, que fue quien ordenó el lanzamiento, no hubieran vivido en tiempos de paz. Porque si es cierta aquella frase de Nietzsche que dice que “en tiempos de paz el hombre belicoso se abalanza contra sí mismo”, les hubiera tocado, probablemente, causarse daño a sí mismos.

Por si acaso pudiera valer, les dejo a ellos in memoriam 120.000 gritos, medio millón de alaridos, mil millones de maldiciones y un siglo y medio de patadas en los huevos. Eso sí, con buen tiempo.

3 comentarios:

  1. José, qué gran entrada!! Me ha encantado!

    Es increíble que la gente sea capaz de matar, pero más increíble me resulta que la gente sea capaz de planificar el asesinato de otras personas. Estoy de acuerdo contigo en lo que dices de que al ponerle nombre a la bomba parece más perturbado aún. Hay gente que realmente da mucho miedo.

    Besos!

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    1. Muchas gracias por tu comentario. Hoy no se por que me ha llegado esta reflexión. Quizá recordé esa fría pizarra escrita... Es increíble el comportamiento del Hombre!
      Bss,
      J.

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  2. Genial como siempre José.
    A ver si te llamo uno de estos días y charlamos que no se nada de vosotros.

    Un abrazo:

    Guille :-)

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