jueves, 9 de agosto de 2012

Kubrik: La vida es una partida de azar jugada con dados trucados


Cuando Billy, el proyeccionista, atravesó con su furgoneta la plaza de El Laberinto Visceral, los chicos más jóvenes de La Canalla se acercaron para conocer qué película traía esta vez para ser desenvuelta en la penumbra de los inicios de la noche del sábado.

Una película en la noche es un sueño antes de irse a la cama y soñar. Y el haz de luz blanca del proyector, cuando recorre el camino de aire hasta impactar en la pantalla, es un cable trenzado con imaginaciones y fantasías que percuten en nuestros sentidos dejando muescas impresas en la conmoción de nuestros sentimientos. Agitan la imaginación. Nos transportan a través de partículas de ficción a un mundo que bien podría ser el nuestro; aunque no lo es. Mejor o peor. Quizá eso de igual. Es un elixir agitado con fuerza tras añadir en el matraz los elementos medidos que despertarán nuestras emociones. Buenas o malas. Tal vez, también, eso de igual.

La respuesta de Billy no se hizo esperar. «Atraco perfecto». Y desenrolló el cartel publicitario de la película ante la expectación resuelta en la suspensión de la respiración de la chiquillería, con la pausa armoniosa de dedos intranquilos, o ansiosos, como quien desenvuelve un precioso regalo. «¡Con toda su furia y violencia… como ninguna otra película desde “Scarface” y “Little Caesar!». El rostro impávido de Sterling Hayden nos mira desde el vientre plano del papel, mientras sujeta un rifle entre las manos. Parece un tipo duro que, sin embargo, no guarda en su cara ninguna de las señales del hijoputa.

El rumor vibrante del proyector comienza su rotación a eso de las nueve. Billy se acomoda tras la cinta y enciende su puro que le cuelga del labio inferior a medio fumar. Entonces, el silencio se desgrana entra las filas de sillas de tijera que se han dispuesto por la plaza ante la gran pantalla. El cinematógrafo empieza a dormirse. Comienza su sueño que nos deja compartir. Nos convierte en observadores de la ficción anclados en un mundo demasiado real.

Stanley Kubrik filmó esta película en 1956, con el blanco y negro de las luces y de las sombras. Billy dijo que se trataba de un atraco a un hipódromo. Lo que no nos contó es que presenta una historia fragmentada. Un punto de vista coral que no llega a completarse si no atendemos a la óptica de cada uno de los protagonistas. Si no escudriñamos por el visor que enfoca y desenfoca sus razones, sus argumentos, sus sentimientos sinuosos y malabares. Puntos de vista cruzados que se encuentran en una intersección maldita en un momento dado. No llegaremos a estar cerca de la realidad hasta que no conozcamos la narración de cada uno. Esta narración de geométrica espiral, sin un argumento lineal, ya fue ensayada en 1950 por Kurosava en Rashomon, y más tarde será repetida con efectivo éxito por Tarantino en Reservoir Dogs. Puzzles estructurales que se completan a través de flaskbacks interpuestos.

Kubrik, con solo 27 años, firmó así uno de sus grandes trabajos. Una de las mejores películas de género negro jamás realizadas.

La vida es una partida de azar jugada con dados trucados. No nos encontramos ante gánsteres o tipos retorcidos por la maldad. No existe la ambición por la simple ambición. Son sólo hombres abocados al fracaso por esa partida de dados que es la vida en sí. Si deciden atracar ese hipódromo, es porque cada uno de ellos tiene una razón poderosa escondida en los bolsillos de sus almas de chicle. Almas masticadas, encogidas y estiradas, que llegarán un día a ser escupidas tras haberles extraído todo el sabor. Hombres a los que la vida exprime con la ironía de las circunstancias. Con la misma ironía que desvelan en sus máscaras de payaso cuando asaltan la caja del hipódromo. Payasos con fusiles de asalto. Y en este camino serpenteante de fotogramas sucedidos en cambios de tiempo y espacio, lo previsible se hace imprevisible, o quizá sea al revés, y la meticulosidad de un golpe perfectamente trazado, termina por convertirse en un sueño perdido, como dos millones de euros haciendo espirales hacia el cielo desde una maleta abierta.
Cuando la cinta de 35 mm deja de girar en el rollo, el silencio aún es compacto, como la ceniza en la colilla del puro de Billy que aún mantiene suspendida entre sus labios, como lo son los sentimientos comprimidos en la mentes de La Canalla, que se recogen a sus casas cuando la noche avanza contra el día con la furia y la violencia de un payaso armado con un rifle. 

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