martes, 31 de julio de 2012

DAVID FOSTER WALLACE; EL REY PÁLIDO


La mayor ambición del Hombre es la evasión de la tristeza. Llegar a lo más próximo posible de esa idea añil y cóncava que es la felicidad. A perder la preocupación por vivir. Vivir sin más, como un acto reflejo de la vida. Del día a día. Vivir sin detenerse apenas en lo que vivimos, ni en como lo vivimos. Solo vivir. Tener la mente despejada de aflicciones. Poder soñar aun sabiendo que lo sueños no son más que eso, que nunca serán realidad. Lo contrario a esto es el dolor. La crueldad más cruda e hiriente de la mente que se autoaflige hasta la autoexterminación. Nadie lo busca; algunos lo encuentran. Aunque no  lo deseen, se encuentran cara a cara contra la desolación y ésta se pega al rostro y se cose al alma sin que exista posibilidad de separación. De evasión. Y ya no es posible huir. La mente se recrea con la autodestrucción. La intuye y la enerva.
Nosotros somos la mente, pero la mente se desdobla y decide extirpar una parte de sí para rebelarse contra la otra, que sabe más débil, y que esa debilidad es la refutación absoluta de su gran fortaleza. De su dominio.

Este pensamiento me llega cuando pienso en el último libro de David Foster Wallace.

Y Pensar en el ultimo libro de David Foster Wallace, es pensar de un modo u otro en esa batalla de la mente fragmentada y en la victoria de una sobre otra para conseguir la derrota más absoluta.


El rey pálido salió a la luz como un libro inconcluso, como la sombra de la muerte de uno de los mejores escritores, y más sorprendentes, de las últimas décadas. En uno de esos tipos que son capaces de alzarse entre los que, un día, se atrevieron a enriquecer con éxito la palabra en la literatura. Son muy pocos los que han llegado hasta ahí, y DFW es uno de ellos. Queda, entonces, entre mas de quinientas páginas una obra imposible, inacabada. Un enorme mosaico al que le faltan piezas. Y se extiende, inevitablemente, el foco de penumbra de una muerte que no debería haber ocurrido. No ahora. No así. Nunca de esta manera.

El reto de escribir una (otra) obra brillante, minuciosa y detallada, quizá fue el tacto último que le hizo anudar la soga de su desesperación. La tormenta desatada en un puñado de palabras para narrar, con suma maestría, una novela basada en el tedio, suspendida en la burocracia y en el aburrimiento de los datos fiscales y sus poco atractivos economistas. Y aunque aburrimiento es una palabra que se extiende como un bostezo, nada de esto hay en El rey pálido. Sino lo contrario. Volvemos a encontrar el intachable dominio del lenguaje, de las situaciones, de las construcciones perfectas, incluso cuando se trata de desarrollar un dialogo que, a primera vista, puede carecer del mínimo interés para el lector. La novela te atrapa. Te sumerge y te golpea contra su fondo. No te deja volver a salir a la superficie.

Aun así, no es la mejor novela de DFW, ni mucho menos. Aunque, quizá, lo podría haber sido si esta hubiese sido terminada y nos hubiese llegado con el "montaje" del escritor. Pero lo que si encontramos en ella, es de las mejores páginas escritas jamás por el autor. Páginas que nos devuelven y superan al mejor DWF de La Broma Infinita o de sus magníficos artículos y relatos.

Cuando conocí a DFW me pareció un joven introvertido, un poco raro y con un extraño sentido del humor. Tomó uno de los sándwiches del catering y se acercó hasta donde yo estaba para preguntarme si teníamos algo de soda. Soda y hielo. Yo no tenía ni idea de quien era aquel hombre y pensé que tal vez se tratase de algún actor de reparto o de alguien próximo a Lynch. Quizá un técnico, un ayudante de cámara o de script. Me pareció lo bastante joven como para pensar en el como en alguien más relevante. Entonces, a decir verdad, tampoco lo era. Simplemente un joven escritor, desconocido,  que estaba allí para escribir un artículo sobre el rodaje de Carretera secundaria. Nada más que eso.

Una vez que le acerqué un Sprite, lo más parecido a la soda que pude encontrar, me preguntó de que era el  sándwich que estaba comiendo. No podía acertar el sabor que tenía. «Es un sándwich abstracto -le dije-, que contiene esa parte del sueño o de la fantasía que te permite imaginarte o decidir sobre qué es, o de qué esta hecho, o cuál es su sabor». Me miró en una sonrisa esbelta, llenado el vaso con hielo y con el Sprite, y me susurro: «Oye, muchacho, si puedes trame ahora un sándwich de realidad, aunque sea inventada. Ya me nutro a diario de demasiada fantasía».

No volví a ver a DFW nunca más. Pero supe de él por sus libros, que fui leyendo tan pronto conocía que salían a la venta. Y ahora, al leer una vez más su último libro, inacabado por su violenta y autoinfringida muerte, pienso en aquella conversación, y en como me engañó: en su vida había excesivo peso de la realidad. Tanto como para terminar aplastado por ella.

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